INTERNACIONALES / A 25 AÑOS DEL 11-S

El día que terminó una época: cómo el 11-S transformó a Estados Unidos y al mundo

11.09.2026

NUEVA YORK (Uypress) – Hace 25 años, el mundo cambió en cuestión de horas. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocaron la muerte de 2.977 personas, destruyeron las Torres Gemelas, alcanzaron el Pentágono y terminaron con la sensación de invulnerabilidad que acompañaba a Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.

Cuatro aviones comerciales fueron secuestrados por 19 integrantes de Al Qaeda. Dos impactaron contra las torres del World Trade Center, uno alcanzó el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que sus pasajeros intentaran recuperar el control.

La magnitud de la tragedia convirtió al 11-S en uno de los acontecimientos más determinantes del siglo XXI. Pero su importancia histórica no se limita al número de víctimas ni a las imágenes de los edificios derrumbándose.

Ese día también terminó una época.

Estados Unidos se encontraba en la cima de su poder. La Unión Soviética había desaparecido diez años antes, Europa profundizaba su integración y ninguna potencia parecía capaz de disputar seriamente la supremacía militar, económica y tecnológica de Washington.

Al Qaeda demostró, sin embargo, que esa superioridad tenía un límite inesperado. No era necesario que otro Estado movilizara ejércitos, aviones o misiles para atacar el territorio estadounidense. Una organización terrorista relativamente pequeña podía aprovechar las vulnerabilidades de una sociedad abierta y convertir aviones civiles en armas.

La respuesta que modificó el orden internacional

El Gobierno de George W. Bush respondió declarando una “guerra global contra el terrorismo” que no tendría una frontera ni una fecha precisa de finalización.

Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001 con el objetivo de destruir a Al Qaeda y derrocar al régimen talibán que protegía a Osama bin Laden.

La operación inicial consiguió expulsar a los talibanes del Gobierno, pero se transformó en la guerra más prolongada de la historia estadounidense. Veinte años después, las tropas se retiraron y el movimiento recuperó el poder.

En 2003, Washington invadió Irak bajo el argumento de que el Gobierno de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Esas armas nunca fueron encontradas y tampoco se demostró una participación iraquí en los atentados del 11-S.

La guerra de Irak se incorporó políticamente a la lucha contra el terrorismo, aunque respondía a decisiones y objetivos diferentes. La invasión destruyó al régimen de Saddam, pero también desestabilizó al país, intensificó las divisiones sectarias y creó condiciones que facilitaron posteriormente el surgimiento del Estado Islámico.

Vigilancia, prisiones y guerras sin fronteras

Los atentados también transformaron la relación entre seguridad, tecnología y libertades individuales.

Estados Unidos aprobó la Ley Patriota, amplió las facultades de vigilancia de sus organismos de inteligencia y estableció nuevas herramientas para rastrear comunicaciones, movimientos financieros y actividades digitales.

Los aeropuertos cambiaron sus controles, los Gobiernos aumentaron el intercambio de información y numerosas prácticas de vigilancia que antes habrían resultado excepcionales pasaron a formar parte de la vida cotidiana.

Washington abrió el centro de detención de Guantánamo, utilizó prisiones secretas y desarrolló programas de interrogatorio que incluyeron prácticas denunciadas como tortura.

La utilización de drones armados permitió atacar objetivos en países donde Estados Unidos no había declarado formalmente una guerra. La lucha contra el terrorismo se extendió desde Afganistán e Irak hasta Pakistán, Yemen, Somalia, Siria y diferentes regiones de África.

La distinción entre el campo de batalla y el resto del mundo se volvió cada vez menos precisa.

El costo de dos décadas de guerra

Las intervenciones iniciadas después del 11-S consumieron billones de dólares y provocaron centenares de miles de muertes directas, además de desplazamientos masivos, destrucción de infraestructura y consecuencias sanitarias que continúan hasta el presente.

Miles de soldados estadounidenses murieron y muchos más regresaron con lesiones físicas o trastornos psicológicos.

La población civil de Afganistán, Irak y otros países soportó la mayor parte del costo humano.

Estados Unidos consiguió debilitar a Al Qaeda y mató a Osama bin Laden en Pakistán en 2011. También impidió nuevos atentados de una escala comparable dentro de su territorio.

Sin embargo, no consiguió establecer un orden estable en los países intervenidos ni eliminar las organizaciones extremistas. Algunas desaparecieron, otras se fragmentaron y nuevos grupos ocuparon su lugar.

La guerra contra el terrorismo demostró que la superioridad militar permite destruir Gobiernos y organizaciones, pero no garantiza la construcción de Estados legítimos y duraderos.

Mientras Washington combatía, el mundo cambiaba

Durante más de dos décadas, Estados Unidos concentró recursos, atención política y capacidad militar en Medio Oriente y Asia Central.

Mientras tanto, China desarrolló la mayor transformación económica de la época moderna. Se convirtió en la principal potencia industrial, amplió su presencia comercial y tecnológica y comenzó a disputar la influencia estadounidense en Asia, África y América Latina.

Rusia recuperó parte del poder perdido después de la disolución soviética, modernizó sus Fuerzas Armadas y volvió a utilizar la guerra como instrumento para modificar fronteras y reconstruir su área de influencia.

Irán aprovechó la caída de sus adversarios en Afganistán e Irak para ampliar su presencia en Medio Oriente mediante alianzas políticas, milicias y organizaciones armadas.

La paradoja fue evidente: Estados Unidos inició sus guerras para proteger su supremacía, pero el desgaste generado por esas intervenciones contribuyó a acelerar la formación de un escenario internacional más fragmentado.

América Latina diversificó sus relaciones

El 11-S también modificó indirectamente la posición de América Latina.

La concentración de Washington en la lucha contra el terrorismo redujo durante varios años la atención estratégica dedicada a la región, aunque Estados Unidos mantuvo su influencia política, comercial y militar.

En ese período, China se convirtió en uno de los principales socios económicos de numerosos países latinoamericanos, especialmente mediante la compra de materias primas, el financiamiento de infraestructura y las inversiones.

La región también desarrolló nuevos mecanismos de integración y diversificó sus vínculos con Europa, Rusia, India, Medio Oriente y otras economías asiáticas.

Esa ampliación no eliminó la centralidad estadounidense, pero terminó con una etapa en la que Washington podía actuar como la única referencia externa decisiva para el continente.

Una superpotencia en un mundo diferente

Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar del planeta, conserva el dólar como moneda central del sistema financiero y mantiene una capacidad tecnológica, diplomática y cultural sin equivalentes.

Pero ya no ocupa la posición indiscutida que tenía en septiembre de 2001.

China disputa su liderazgo económico y tecnológico. Rusia desafía el orden de seguridad europeo. Irán y sus aliados alteran el equilibrio de Medio Oriente. Potencias intermedias como India, Turquía, Arabia Saudita y Brasil buscan mayor autonomía.

El terrorismo tampoco desapareció, pero dejó de ser el único eje organizador de la política internacional. La competencia entre grandes potencias, las guerras convencionales, los ataques informáticos, los drones y la inteligencia artificial ocupan ahora el centro de las preocupaciones estratégicas.

Las consecuencias todavía continúan

Estados Unidos conmemoró el aniversario con ceremonias en Nueva York, el Pentágono y Shanksville. Los nombres de las víctimas volvieron a ser leídos y las campanas marcaron los momentos en que impactaron los aviones y se derrumbaron las torres.

El recuerdo permanece también en las enfermedades sufridas por rescatistas, trabajadores y habitantes expuestos al polvo y las sustancias liberadas durante el derrumbe del World Trade Center.

Veinticinco años después, el 11-S continúa presente en los aeropuertos, en las leyes de vigilancia, en los conflictos de Medio Oriente y en la forma en que los Estados conciben las amenazas a su seguridad.

Los atentados no pusieron fin inmediatamente al dominio estadounidense, pero revelaron sus límites y provocaron decisiones que contribuyeron a transformar el orden internacional.

Estados Unidos sigue siendo una superpotencia. Sin embargo, el mundo en el que ocurrió el 11 de septiembre ya no existe.

Comprender las guerras, los temores y los cambios que comenzaron aquel día ayuda a entender el escenario de competencia, fragmentación e incertidumbre que caracteriza al mundo actual.

Historia
2026-09-11T12:55:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias