El iceberg de la adicción: cuando el privilegio no es escudo y la calle es el espejo

24.09.2026

MONTEVIDEO (Uypress) - Venir de una familia de origen trabajador enseña temprano el valor del esfuerzo. En casa nunca sobraron los lujos extravagantes, pero siempre sobraron la ética, los valores morales y las ganas de salir adelante a pesar de los tropiezos. Crecimos en Pocitos, muy cerca del Montevideo Shopping, con la convicción profunda de que el trabajo honesto era el único camino válido. En mi familia nadie había pisado la universidad; yo fui el primero.

Trabajaba en la empresa familiar mientras estudiaba. Podría pensarse desde afuera que eso significaba tener privilegios o la vida regalada, pero la realidad era muy distinta: por ser el hijo del jefe, la exigencia de dar el ejemplo pesaba doble. La empresa siempre se caracterizó por cuidar a su gente, por ser justa y fomentar el crecimiento de los trabajadores, y conmigo no fue la excepción; me dio la flexibilidad necesaria para estudiar. Sin embargo, esa misma bondad venía acompañada de una carga de responsabilidad donde no había margen para fallar.

Me metí en la UdelaR a estudiar Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Empecé a los 23 años y me recibí a los 28; una carrera de cuatro años que saqué en cinco, con ganas, esforzándome todos los días y rodeado de buenos amigos que hacían el camino más liviano. Fue recién en el último año cuando realmente me enamoré por completo de la profesión, sintiendo que había encontrado mi lugar.

A esa altura, mi vida parecía encausada en el carril perfecto: un título universitario bajo el brazo, una familia que me respaldaba incondicionalmente, estabilidad laboral y un horizonte sumamente prometedor. Pero la vida tiene formas silenciosas, casi imperceptibles, de torcerse. A los 26 años, por pura curiosidad o vaya uno a saber por qué, la cocaína hizo su primera aparición en mi mundo. Al principio parecía una curiosidad inofensiva, un desliz sin mayores consecuencias en medio de una rutina ordenada y prolija. Creía que la podía llevar bien, que incluso me ayudaba a rendir y enfrentar los problemas más rápido. Pero el verdadero peligro de esta sustancia es su sigilo: pasar de usarla para "resolver" a usarla para olvidarse de los dolores es un paso tan sutil que lo das sin darte cuenta.

Poco después, el destino me cruzó con Giovana, directora de comunicación de una conocida ONG en Uruguay. Nos conocimos en la facultad -ella empezaba la carrera mientras yo cursaba el cuarto año- y se convirtió, sin exagerar, en el amor de mi vida. Todo parecía tomar un sentido luminoso, un orden ideal. Pero de golpe, el castillo de naipes se derrumbó: la relación con Giovana se rompió y, casi al unísono, el mundo entero se paralizó con la llegada de la pandemia de COVID-19.

Fue en ese preciso cruce de caminos, con el corazón roto, el encierro y un mundo en pausa, donde mi vida se convirtió en un iceberg. Por fuera, ante los demás, seguía mostrando una fachada ordenada y funcional; por dentro, la realidad era cada vez más oscura. Me fundí por todos lados, el aislamiento de mi familia se profundizó, y terminé de perderme por completo en la droga. Ya no consumía para rendir; me drogué para no sentir.

Superada la barrera de los 30 años, el consumo ya era un problema inmanejable y los golpes de la vida empezaron a llover. Fui jefe de ventas en una empresa del medio hasta que terminó cerrando en 2022. En ese mismo lapso, la salud de mi padre empeoró gravemente. Estuve meses sin trabajar, desde septiembre hasta marzo, y para poder sostener las cosas conseguí un puesto como guardia de seguridad en el turno de 22:00 a 06:00 horas, lo que me permitía cuidarlo durante todo el día.

La salud de mi padre se deterioró hasta que falleció. En medio de ese dolor inmenso, conocí a mi exnovia, una relación atravesada por la toxicidad y el consumo mutuo. Me mudé a Ciudad de la Costa y conseguí un excelente trabajo como ejecutivo de ventas para una hormigonera en Maldonado, pero la adicción no perdonó: lo perdí, y perdí el empleo que le siguió. El ciclo se cerró con la separación de esa pareja, un golpe anímico devastador que me empujó al borde del abismo.

La muerte de mi padre fue el detonante definitivo. Al ver que ya no tenía su respaldo -él, que nunca me había soltado la mano-, entendí que había tocado fondo de la peor manera. Intenté quitarme la vida, no salió como esperaba y, por primera vez, pedí auxilio. Gracias a un amigo del alma, logré internarme en un centro evangélico en Villa Soriano. Fueron cuatro meses donde no solo logré limpiar mi cuerpo, sino algo mucho más difícil: enfrentar a mis tormentos, mirar de frente los problemas que siempre había evitado, llorarlos y ver que no eran el fin del mundo. Al ver los manejos oscuros y los abusos del pastor, que se beneficiaba de todo lo que podía pellizcar a pesar de haberme matado arreglándole la casa, decidí irme.

Pude caer en la casa de un amigo de la familia que me aguantó absolutamente todo, a pesar de no tener por qué hacerlo ni contar con la capacidad económica. Pero los sótanos del fondo a veces son más profundos: pasé siete meses sin conseguir empleo y las discrepancias de convivencia terminaron rompiendo el vínculo. Me echó, y el único destino posible fue la calle. En septiembre del año pasado ingresé a un refugio. Vivir ahí es chocar contra una realidad durísima: convivir en el patio y en el cuarto con otros adictos, lidiar con el consumo indirecto y ver vidas rotas que, a pesar de ser totalmente distintas, comparten un mismo e inexorable denominador común.

Sin embargo, ese proceso de salir adelante no llegó por una epifanía luminosa, sino casi en el final de la carrera, cuando miré alrededor y entendí el precio de todo lo que había tenido que perder para darme cuenta de que la forma en que venía viviendo no llevaba a ningún puerto. Pesar en la balanza el saldo de mi destrucción pesó tanto como la constatación más cruda de la soledad: si me pasaba algo, ya no tenía a nadie a quien correr a pedir auxilio. Mi padre ya no estaba, mi madre había muerto hacía mucho tiempo, y mi hermano tenía su propia familia armada a la que no podía ni quería cargar con mis ruinas. Pedirle ayuda implicaba no solo el riesgo de terminar de romper el vínculo, sino peor aún, romper su familia. Supongo que, en medio de los escombros, todavía me quedaba algo de dignidad.

A esa fuerza de voluntad nacida de la intemperie se le sumaron motores vitales inquebrantables: la responsabilidad de darle la mejor vida posible a mi perra, el deseo de ser un ejemplo de lucha para mis sobrinas, y haber tenido la enorme fortuna de conseguir trabajo con una persona muy querida de mi familia que, a pesar de mi pasado, decidió creer en mí.

Hoy sigo cargando con el peso de saber que la angustia generada terminó deteriorando indirectamente la salud de mi padre. Sigo luchando todos los días con mis demonios internos. Pero tengo una certeza y una oportunidad sagrada: no volver a fallarle a quien hoy actúa como una figura paterna para mí. Si esta historia sirve para que alguien entienda que la adicción no distingue clases, títulos ni familias, y que tocar fondo -por más oscuro que sea el refugio o la calle- no es el final, sino el punto de partida para reconstruirse, todo este dolor habrá valido la pena.

 

Salud
2026-09-24T09:18:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias