El mundo finito y exhauto
08.02.2026
COLONIA (elecodigital/Daniel Roselli*) - El libro Austeridad o Barbarie del biólogo uruguayo Mauricio Lima(1) interpela y cuestiona nuestro diario vivir, y nos dice que estamos "enfermos" con el derroche del consumismo.
Y en una parte puntualiza que "década tras década, algunos de esos niños nacidos en la mayor ola expansiva de la historia, se están dando cuenta de que la civilización que hemos construido pareciera no entrar en el planeta".
El delirio del consumo frente al colapso climático
Los fenómenos de "El Niño" y "La Niña" han dejado de ser anomalías para convertirse en protagonistas habituales de nuestra crisis climática. El escenario es de extremos violentos: desde nevadas que paralizan por completo potencias como Nueva York, hasta la cruda realidad del deshielo polar. No hablamos de una amenaza futura; es una sentencia dictada que condena a la desaparición bajo el agua a innumerables islas del planeta. Mientras tanto, el desierto de Atacama en Chile se expande sin tregua, devorando territorios donde la lluvia es ya un recuerdo lejano.
En Uruguay, la lógica del agronegocio profundiza la herida. Los grandes exportadores, dueños de enormes extensiones de tierra, no esperan al cielo; ante la sequía, optan por el saqueo silencioso del Acuífero Guaraní, extrayendo gratuitamente un recurso vital mediante riegos artificiales para sostener su rentabilidad.
Además, en la mañana del lunes 2 de febrero ingresó al puerto de Montevideo el buque BGP Prospector que ha sido contratado por la empresa Viridien (ex CGG), una de las cuatro compañías autorizadas por el gobierno uruguayo para la realización de tareas de prospección petrolera en aguas territoriales del Río de la Plata y del Océano Atlántico.
Esta ambición convive con un mundo de contrastes brutales: lluvias torrenciales que borran ciudades del mapa y olas de calor en Europa que vuelven la vida cotidiana biológicamente insostenible.
Todo este caos es el precio del aceleramiento desenfrenado y un consumo voraz que se empeña en desafiar a la naturaleza. Construimos puentes de vidrio y ciudades pretenciosas en medio del desierto, alimentando una fantasía de mundos artificiales. Sin embargo, el costo de este "progreso" es el desmantelamiento del ecosistema: una sobreexplotación obscena de la tierra, el agua y los yacimientos petrolíferos y minerales. Estamos agotando los cimientos de la vida en nombre de una modernidad insostenible.
La generación del abuso
Mauricio Lima en el capítulo "Los niños de la gran aceleración" especifica que "ninguna civilización de la historia se había expandido y florecido de esa manera en solo treinta años. Mi generación es, en gran parte, la responsable de agregar a este mundo, año a año, más seres humanos, vacas, pollos, cerdos, motores de combustión, fertilizantes, redes de cables eléctricos, autopistas, teléfonos, computadores y trillones de dólares. Empujados por el inmenso flujo de energía de los combustibles fósiles, primero el carbón y después el petróleo, hemos construido una civilización gigante, como nunca se había conocido. Sin embargo, me da escalofríos pensar en el precio que pagaremos por eso.
Mientras nos expandimos, fuimos modificando la composición química de la atmósfera a tal punto de que en los últimos sesenta años la temperatura terrestre se ha incrementado en más de un grado. De hecho, el 2023 fue el año más caluroso desde que hay registros -en 1880-, y la concentración de CO, en la atmósfera es la más alta de los últimos tres millones de años. Hemos triplicado la captura de peces desde los océanos, duplicado la tasa de deforestación de los bosques, perdiendo la mitad de la biomasa de plantas terrestres".
"Soy parte de una generación privilegiada que ha disfrutado de un efímero y extravagante período de prosperidad"
El autor analiza que "el 96 % de la biomasa viviente de mamíferos somos los humanos y los animales domesticados para nuestro alimento -vacas, cerdos, ovejas-, mientras que el 70 % de la biomasa de aves de la Tierra la constituyen las aves de corral domésticas para consumo humano. Por si fuera poco, desde que comenzamos la agricultura, hace más de diez mil años, hemos convertido en monocultivos gran parte de la superficie de la Tierra y duplicamos la degradación de los ecosistemas terrestres, desencadenando una extinción masiva de especies.
Soy parte de una generación privilegiada que ha disfrutado de un "efímero y extravagante período de prosperidad', tal como lo expresó hace un siglo el inglés Frederick Soddy, Premio Nobel de Química. Soy parte de una generación que creció pensando que el mundo era solo una enorme cantidad de recursos disponibles. Creíamos que era un mundo externo, alejado y separado de nuestra condición de humanos, de seres cercanos a dios, con quien compartimos su alma, su razón y su mente, mientras que de la naturaleza solo tenemos la carne, el cuerpo. los apetitos. Una dualidad que nos tiene atrapados y separados del mundo biológico y físico que nos sostiene. Una dualidad que nos ha comenzado a corroe a medida que el mundo se hace cada día más finito y reactivo".
Las preguntas que se amontonan
"¿Cómo compatibilizar estos dos mundos? Por un lado, está el mundo en el que vivimos como personas, trabajadores, padres, madres e hijos, donde podemos delimitar un territorio, una bandera, una misma lengua, una historia común y donde gozamos de libertad política y de consumo. Por otro lado, está el mundo del que vivimos como seres vivos dependientes de otros organismos, consumidores de energía y materiales, y donde no somos libres ni autónomos, por el contrario, somos dependientes y heterónomos. Se produce una especie de esquizofrenia entre el supuesto hogar que habitamos -el mundo urbano de las leyes, del Estado, de las reglas de trabajo- y ese otro lugar del cual dependemos íntimamente, desde el cual extraemos nuestra comida, el agua, los materiales más básicos, donde vertemos nuestros desechos y desde donde extraemos la energía que nos sostiene.
¿De dónde provienen nuestros alimentos y energía? ¿Qué otros seres vivos, entidades, paisajes y territorios estamos devorando para satisfacer nuestras necesidades? ¿Podemos sobrevivir solos en el mundo en el que vivimos? Si cerramos las fronteras, ¿entramos todos?, ¿hasta dónde llegan nuestras libertades individuales en estos dos mundos? Durante décadas hemos sido incapaces de reconocer ese otro «mundo», el mundo del que vivimos, el mundo con límites finitos, donde unas enormes diversidades de organismos cohabitan el planeta con nosotros".
El mundo y la indiferencia: "algunos de esos niños nacidos en la mayor ola expansiva de la historia, se están dando cuenta de que la civilización que hemos construido pareciera no entrar en el planeta".
"Hasta ahora, la mayoría de las entidades no humanas con las que convivimos -como los microorganismos, las plantas, los animales, los hongos, los océanos o el clima- eran percibidas como «inertes» a nuestras acciones, eran 'recursos naturales' para ser explotados; siempre externos, extraños e infinitos. La primera tarea es reconocer que estamos encerrados en un sistema complejo, una civilización enorme, energéticamente expansiva y que necesita alimentarse de otras vidas. Tardamos más de doscientos mil años en alcanzar un tamaño poblacional de mil millones de personas -a principios del siglo XIX-, y en apenas dos siglos nos hemos multiplicado por ocho. Ahora estamos pagando las cuentas de nuestro tamaño. Es urgente que nos demos cuenta del problema más apremiante que enfrentamos: si no somos capaces de cambiar nuestra trayectoria, como humanidad vamos camino a un colapso inminente.
Década tras década, algunos de esos niños nacidos en la mayor ola expansiva de la historia, se están dando cuenta de que la civilización que hemos construido pareciera no entrar en el planeta. Los yacimientos de petróleo, además, son cada vez más difíciles de explotar. Al menos desde principios de la década del setenta, vemos cómo unos pocos se reparten las sobras del botín y se multiplican las historias de precariedad en las orillas más desfavorecidas de nuestra sociedad. En paralelo, algo extraño y nuevo ha comenzado a ocurrir con esa parte del mundo que llamamos «naturaleza». Pareciera que ha comenzado a reaccionar a nuestras acciones. En estos días ya no es posible permanecer indiferente, descansar relajado y disfrutar del mundo que habitamos, porque se ha vuelto un lugar agresivo, peligroso e impertinente. De repente, comenzamos a darnos cuenta de que el planeta tiene a otros «habitantes» que nos interpelan de manera directa y se meten en nuestras vidas, como los insectos polinizadores que se extinguen, el borde costero que se degrada, el océano que se acidifica, el clima que se calienta, el desierto que avanza y los bosques que desaparecen".
Los antiguos "recursos se encarnan", toman nombre y destino propio. Se nos meten de manera prepotente en nuestras vidas. De esa manera, nos resulta cada día más difícil reconocer los territorios que habitamos. Nuestros hijos y nietos no se enfrentarán a una crisis que está por venir ni a una amenaza que los acecha en el futuro, sino a eventos que están detrás de ellos, en su pasado, a las consecuencias de una revolución o, mejor dicho, a una metamorfosis que ya ocurrió. Se tendrán que enfrentar al mundo sobrepoblado y exhausto que les hemos dejado para ser habitado", afirma en el final de este capítulo.
*Daniel Roselli, codirector de semanario EL ECO
(1) Mauricio Lima es profesor de la Universidad Católica de Chile, se doctoró en Ciencias Biológicas en 1998. Ha desarrollado su carrera académica en Chile, investigando la dinámica de poblaciones de diferentes tipos de organismos y estudiando las fluctuaciones en el tamaño de dichas poblaciones y su relación con el cambio global. En los últimos quince años su trabajo se ha enfocado principalmente en los procesos que gatillan los colapsos demográficos en las sociedades agrícolas del pasado y los desafíos del nexo entre dinámica poblacional, económica y energética.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias