Gioia mía. Una gran alegría. Esteban Valenti

01.08.2026

MONTEVIDEO (Uypress/Esteban Valenti) - Hace mucho tiempo que no me reencontraba con el gran cine italiano, el que marcó mi vida y la de muchas personas en los años 60 y 70, y que ha decaído de manera notoria. Y nada menos que con una película que se llama Un verano en Sicilia, de la que estoy tan unido y tan distanciado.

Es una historia filmada en primer plano absoluto, de rostros que ocupan toda la pantalla -cinco abuelas y cinco niños- que transcurre en Palermo. Pero como yo huelo el ambiente de una de mis patrias, fui a buscarla porque no está filmada en esa ciudad maravillosa, sino en Trápani. El mar y las fortalezas no son palermitanas, pero el ambiente sí ha sido recreado maravillosamente.

Es la historia de un niño inquieto, Nico, de diez años, que es enviado desde el norte por sus padres a pasar el verano con su tía abuela Gela, una mujer mayor, devota y de carácter gruñón que vive en un antiguo palacio en Palermo. El viaje, obligado porque la niñera del niño va a casarse, provoca el choque entre dos mundos generacionales opuestos: la celeridad, la tecnología y el apego digital del niño frente a la lentitud, el silencio, las estrictas reglas y los recuerdos anclados en el pasado de su tía y sus cuatro vecinas de su misma generación.

Nico se encuentra con tres niños y una jovencita de su edad, con la que establece una amistad tensa, complicada, fruto del choque de dos mundos tan diversos, del apego de Nico por su celular y la niña a la que le niegan comprarle uno. Exploran juntos el viejo edificio en sus rincones ocultos, el apartamento desocupado, el último piso; una aventura totalmente nueva para Nico, que descubre otro Palermo y otra forma de amistad, que termina con un beso furtivo a Rosa mientras juegan a las escondidas.

Hay un protagonista omnipresente: la comida, como corresponde también en la Sicilia de hoy, que no es igual al norte de Italia. La comida está en todos lados, inclusive en el luto de su abuela por la muerte de Frank, un bulldog francés. El luto es un despliegue solidario de platos en los que Nico también interviene, con su primera vez ante las hornallas.

La religión católica, presente de manera prepotente en la casa de Gela, de una manera casi opresiva, choca con otros protagonistas: los espíritus que circulan por el edificio de apartamentos, señoriales pero venidos a menos, con una vista sobre el mar que le da un tono veraniego que solo al final se encuentra con el protagonista venido de Milán.

Los fantasmas, los espíritus que Nico tiene el don de percibir, han llegado supuestamente por los pecados de su tía abuela Gela en su juventud. Hay una profanación de una gran caja de recuerdos, con una vieja máquina fotográfica, pero sobre todo con las fotos de Gela y de la abuela de Nico, que murió en un parto prematuro, muy joven.

Gela le confiesa a Nico, con el que va construyendo una relación cada día más próxima e íntima -lo que no le confesó a nadie-, que los rumores sobre una relación demasiado íntima con la abuela del niño fueron determinantes en su vida: nunca se casó y la mandaron a vivir a Caltanissetta para apartarla del pecado de amarse con otra mujer. Ella lo niega totalmente, pero obliga a los espectadores a conocer lo que era, en los años 60, la sospecha de una relación lésbica en Sicilia. Todo es tratado con extrema delicadeza e inteligencia.

Los dos personajes centrales, Nico y Gela, son excelentes actores, con rostros que cumplen exactamente con el papel: una tía vieja que se ve que fue hermosa, que vive sola y con una tragedia familiar, y un niño enamorado de su niñera, que se casa y se irá a vivir a París, y que asume su nueva residencia a pequeñas porciones, entre la comicidad y la desfachatez. La frase que le dice a su madre por teléfono sintetiza todo: "Me mandaste al medioevo". No hay una sola imagen de la ciudad origen del niño; solo se puede imaginar por sus gestos, su conducta, su rechazo a esa nueva realidad tan lejana, tan al sur.

Si tuviera que sintetizar lo diferente de esta película -que admito que puede impactarme solo a mí- es que me emocioné como hacía mucho tiempo. Por Palermo, por sus habitantes, pero también por todo el sur de Italia y sus miles de viajeros que poblaron una parte de Uruguay. No creo ser el único que se emocione.

La tía abuela Gela era mi abuela Felicetta, la madre de mi padre, a quien conocí a los 5 años en Roma; una mujer amorosa, entrañable, analfabeta -si no fuera por mi prima Laura- y de la que recuerdo muchos pequeños detalles, pero sobre todo el perfume de sus salsas y de sus platos romanos. Es que Italia no es solo el sur.

El buen cine tiene necesariamente que emocionar.

 

Cultura
2026-08-01T11:31:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias