CULTURA / BIENAL DE VENECIA Y CONFLICTO GEOPOLÍTICO
La Bienal de Venecia entra en crisis entre huelgas, protestas y polémica por Israel y Rusia
09.05.2026
VENECIA (Uypress) – La Bienal de Venecia 2026 atraviesa una de las mayores crisis políticas y culturales de su historia reciente. Huelgas de trabajadores, cierre de pabellones, renuncia del jurado internacional y protestas masivas marcaron una edición atravesada por la participación de Israel y Rusia en medio de las guerras en Gaza y Ucrania.
La situación escaló este viernes cuando 27 pabellones nacionales cerraron temporalmente sus puertas en el marco de una huelga impulsada por trabajadores culturales italianos y colectivos vinculados al movimiento Art Not Genocide Alliance (ANGA). La protesta cuestiona especialmente la presencia israelí en la muestra, aunque también apunta contra la reincorporación de Rusia después de dos ediciones de ausencia tras la invasión de Ucrania.
La Bienal de Venecia, considerada la exposición de arte contemporáneo más importante del mundo, quedó así convertida en un escenario de confrontación política internacional. Manifestaciones, acciones performáticas, boicots y protestas se multiplicaron en distintos puntos del evento desde el inicio de las jornadas previas de apertura.
El eje principal del conflicto es la decisión de mantener los pabellones de Israel y Rusia pese al contexto bélico y a las investigaciones internacionales contra sus liderazgos políticos. Más de 200 artistas, curadores y trabajadores culturales vinculados a la Bienal firmaron cartas públicas reclamando la exclusión israelí, mientras grupos ucranianos y organizaciones europeas cuestionaron el regreso ruso.
La tensión llegó a un punto inédito con la renuncia en bloque del jurado internacional de la Bienal. Los cinco integrantes anunciaron que no entregarían premios a países cuyos líderes estuvieran investigados o bajo órdenes de arresto internacionales por presuntos crímenes de guerra o de lesa humanidad, una posición interpretada como referencia directa a Israel y Rusia. Días después, el jurado abandonó completamente sus funciones.
La salida del jurado obligó a modificar completamente el sistema de premios de la Bienal. Los tradicionales Leones de Oro quedaron suspendidos y serán reemplazados por un mecanismo de votación del público visitante. La ceremonia oficial de premiación también fue postergada hasta el cierre del evento en noviembre.
El presidente de la Bienal, Pietrangelo Buttafuoco, defendió públicamente la permanencia de ambos países y rechazó excluir pabellones por razones políticas. Según argumentó, la Bienal debe seguir siendo un espacio universal donde “el mundo se reúne incluso cuando está desgarrado”. Para Buttafuoco, seleccionar artistas según nacionalidad o pasaporte destruiría la esencia histórica de la muestra.
Sus declaraciones, lejos de apaciguar el conflicto, intensificaron las críticas. Sectores artísticos europeos consideran que la Bienal está intentando sostener una falsa neutralidad frente a guerras y violaciones de derechos humanos. El debate atraviesa una pregunta incómoda para el mundo cultural: si el arte puede realmente separarse de las responsabilidades políticas de los Estados que representa.
La controversia también alcanzó dimensión institucional europea. La Comisión Europea advirtió sobre posibles conflictos con el régimen de sanciones impuesto contra Rusia y amenazó con retirar financiamiento al evento. Parte de esos fondos ya comenzaron a ser revisados.
El pabellón ruso se convirtió en uno de los focos más sensibles. Aunque permanecerá cerrado al público durante buena parte de la Bienal, fue abierto durante jornadas de prensa y quedó visible desde el exterior mediante instalaciones florales y proyecciones. El colectivo Pussy Riot encabezó protestas frente al pabellón con bengalas, consignas contra Putin y acusaciones de “propaganda cultural” vinculada a la guerra en Ucrania.
Israel enfrenta una presión todavía mayor. El pabellón israelí ya había permanecido cerrado en 2024 por decisión de su propia artista, Ruth Patir, hasta que existiera un acuerdo de alto el fuego en Gaza. Este año, el regreso israelí reactivó protestas más amplias y organizadas. Manifestantes denunciaron que la Bienal funciona como mecanismo de “artwashing”, es decir, utilización del arte para suavizar o distraer de conflictos y violaciones humanitarias.
La guerra terminó atravesando completamente el evento artístico. En distintos pabellones aparecieron referencias directas a Gaza, Ucrania, colonialismo, migraciones y violencia estatal. Artistas palestinos y ucranianos realizaron intervenciones diarias, mientras colectivos internacionales organizaron acciones sonoras, performances y marchas dentro de los espacios expositivos.
El contexto vuelve especialmente simbólica esta edición porque la Bienal estaba concebida originalmente bajo la curaduría de Koyo Kouoh, la influyente curadora camerunesa fallecida en 2025. Su propuesta, titulada In Minor Keys, buscaba explorar calma, escucha y reflexión frente al ruido global. Pero la realidad internacional terminó transformando la muestra en un espacio de confrontación política permanente.
La crisis actual reabre además un debate histórico sobre el modelo de pabellones nacionales. Creada a fines del siglo XIX, la Bienal sigue organizada en representaciones estatales separadas, una lógica que algunos artistas consideran incompatible con un mundo globalizado y atravesado por conflictos internacionales. Para muchos críticos, el sistema convierte inevitablemente al arte en una extensión de la diplomacia y la geopolítica.
La edición 2026 deja así una pregunta de fondo: si la neutralidad cultural todavía es posible en un escenario internacional marcado por guerras, sanciones, genocidios denunciados y polarización global. La Bienal de Venecia, que durante décadas funcionó como símbolo de intercambio artístico internacional, aparece hoy como un reflejo directo de las fracturas políticas del mundo contemporáneo.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias