La Odisea, Nolan y la poesía
14.08.2026
MONTEVIDEO (Uypress/por Daniel Feldman) – No es este un análisis del film de Christopher Nolan. Sí, atentos a la repercusión que está teniendo, una breve recorrida por algo de la poesía que ha dialogado con la clásica obra de Homero
"Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria".
Así nos introduce Homero en la rapsodia I de La Odisea, obra presente a través de los siglos y que hoy, Christopher Nolan mediante, da vuelta al mundo, tal vez como una reedición del viaje original.
"No leí el libro", escuchaba la confesión de un joven a otro, cuando salía de asistir al preestreno de la película en una función especial de Cinemateca. "Pero", continuaba, "te confieso que me emocionó, y sobre el final, se me piantó un lagrimón", afirmó no sin cierto dejo tanguero.
No es para nada intención de estas líneas hacer un análisis de la obra de Nolan; eso corresponde a los especialistas en el séptimo arte. Aprovechando el furor que produce el film, simplemente quisimos actuar de puente entre Homero, su relato, y cómo los poetas de nuestra época -unos más actuales, otros no tanto- palpitaron la aventura y la tomaron como fuente de inspiración para su escritura.
ÍTACA (Konstatínos Kaváfis, Egipto/Grecia, 1863 - 1933)
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues - ¡con qué placer y alegría! -
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias a aprender,
a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
EL HUMO DE ÍTACA (Jorge Urrutia, España, 1945)
¿Hay un hogar? ¿Se parte de algún sitio?
Siempre de las ruinas, pero exigen
las ruinas hogar un día construido.
Se parte de algún sitio, del derrumbe
del manto, de la saya
caída,
de la camisa rota,
del ánimo cortado por no se sabe qué,
por no se sabe quién.
Y se encamina uno hacia el pasado.
PEREGRINO (Luis Cernuda, España, 1902 - 1953)
¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia
De su tierra, su casa, sus amigos,
Del amor que al regreso fiel le espere.
Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
Sino seguir libre adelante,
Disponible por siempre, mozo o viejo,
Sin hijo que te busque, como a Ulises,
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
LA OTRA ÍTACA (Lilián Hirigoyen, Uruguay, 1957)
He visitado, madre, tierras que no
imaginabas
conocido el perfume de las ruinas
a los pies de montañas
donde guerreros y mujeres de largos cabellos
veían transcurrir sus días
he caminado, madre, por sendas milenarias
y tropezado con rocas antiguas llenas de rezos proféticos
he tocado con tus dedos de otro mundo
la piel frágil de lo bello
columnas sosteniendo templos que intuyo
y estatuas perfectas como el sueño
parecían decir, contar su historia, cada golpe de cincel
una muda palabra en labios de piedra.
Madre,
he recorrido el viejo trayecto el largo camino de Ulises
pero no pisé Ítaca
me duelen, madre, los lestrigones y las sirenas
que no cantan
aúlla el perro fiel a su dueño
pero no está, madre, no está
no lo veo
y aunque Penélope teje y teje
un tapiz invisible que se llena de polvo
y los pretendientes gimen su muerte inútil
en silencio
he caminado, madre, por esos caminos viejos.
ODISEA, LIBRO VIGÉSIMO TERCERO (Jorge Luis Borges, Argentina, 1899 - 1986)
Ya la espada de hierro ha ejecutado
la debida labor de la venganza;
ya los ásperos dardos y la lanza
la sangre del perverso han prodigado.
A despecho de un dios y de sus mares
a su reino y su reina ha vuelto Ulises,
a despecho de un dios y de los grises
vientos y del estrépito de Ares.
Ya en el amor del compartido lecho
duerme la clara reina sobre el pecho
de su rey, pero ¿dónde está aquel hombre
que en los días y noches del destierro
erraba por el mundo como un perro
y decía que Nadie era su nombre?
ÍTACA (Sophia de Mello Breyner Andresen, Portugal, 1919 - 2004)
Cuando las luces se reflejan inmóviles en las aguas
verdes de Brindisi
Dejarás el muelle confuso donde se agitan palabras pasos remos
y grúas
La alegría estará en ti ardiente como un fruto
Irás a proa entre las negruras de la noche
Sin ningún viento sin ninguna brisa solo un susurrar de caracola
en el silencio
Pero por el repentino balanceo presentirás los cabos
Cuando el barco gire en la oscuridad cerrada
Estarás perdida en el interior de la noche en el respirar del mar
Porque esta es la vigilia de un segundo nacimiento
El sol rozando el mar te despertará en el intenso azul
Subirás despacio como los resucitados
Habrás recuperado tu sello tu sabiduría inicial
Emergerás confirmada y reunida
Asombrada y joven como las estatuas arcaicas
Con los gestos envueltos aún en los pliegues de tu manto.
CANTO DE SIRENA (Margaret Atwood, Canadá, 1939)
Esta es esa canción que todos
desean aprender: la canción
que es irresistible:
la canción que fuerza a los hombres
a saltar por la borda en escuadrones
aunque puedan ver cráneos en la arena
la canción que nadie conoce
porque cualquiera que la haya oído
está muerto, y los demás no pueden recordarla.
¿Puedo contarte un secreto,
y si lo hago, podrías sacarme
de este traje de pájaro?
No disfruto de estar aquí,
encuclillada en esta isla
viéndome pintoresca y mítica,
con estas dos maníacas emplumadas,
no disfruto cantar
este trío, fatal y valioso.
Te diré el secreto a ti,
a ti, solamente a ti.
Acércate. Esta canción
es un grito de ayuda: ¡Ayúdame!
Sólo tú, solamente tú puedes,
tú eres el único,
finalmente. Por desgracia
es una canción aburrida,
pero funciona todas las veces.
PENÉLOPE (Joan Manuel Serrat, España, 1943)
Penélope, con su bolso de piel marrón
Y sus zapatos de tacón y su vestido de domingo
Penélope se sienta en un banco en el andén
Y espera que llegue el primer tren meneando el abanico
Dicen en el pueblo que un caminante
Paró su reloj una tarde de primavera
Adiós amor mío no me llores
Volveré antes que de los sauces caigan las hojas
Piensa en mí volveré por ti
Pobre infeliz se paró tu reloj infantil
Una tarde plomiza de abril cuando se fue tu amante
Se marchitó en tu huerto hasta la última flor
No hay un sauce en la calle Mayor para Penélope
Penélope, tristes a fuerza de esperar
Sus ojos parecen brillar
si un tren silba a lo lejos
Penélope uno tras otro los ve pasar
Mira sus caras, les oye hablar, para ella son muñecos
Dicen en el pueblo que el caminante volvió
La encontró en su banco de pino verde
La llamó: Penélope mi amante fiel, mi paz
Deja ya de tejer sueños en tu mente
Mírame, soy tu amor, regresé
Le sonrió con los ojos llenitos de ayer
No era así su cara ni su piel
Tú no eres quien yo espero
Y se quedó con el bolso de piel marrón
Y sus zapatitos de tacón sentada en la estación
(*) Artículo originalmente publicado en CONTRATAPA, suplemento de temas culturales de UYPRESS
Daniel Feldman | Periodista