La ladrona de libros, desgraciadamente tan actual. Esteban Valenti
14.04.2026
MONTEVIDEO (Uypress/Esteban Valenti) - El domingo pasado escribí una de las columnas más duras y más difíciles de mi vida, sobre los seres humanos y como pueden transformarse en lo más bajo de la especie. Y de noche, casualmente, en un canal cable vi la película La ladrona de Libros. No hay un solo disparo y es uno de los mejores films sobre la guerra y sobre la muerte.
Es una película de 2013 basada en la novela homónima de Markus Zusak. Es una historia conmovedora que utiliza la literatura como un refugio frente a la brutalidad de la guerra y sobre la ferocidad del nazismo, sin caricaturas y sin piedad.
A Zusak, el autor australiano de origen húngaro lo conocí a través de su último libro, Tres Perros. Es un gran autor que se merece plenamente sus éxitos literarios, los más importantes, sus millones de libros vendidos.
Ambientada en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, la historia sigue a Liesel Meminger, una niña enviada a vivir con una familia de acogida (Hans y Rosa Hubermann). Tras la muerte de su hermano y bajo el estrés del régimen nazi, Liesel encuentra consuelo robando libros y compartiéndolos con otros. La situación se vuelve aún más peligrosa cuando su familia decide esconder a Max, un joven judío, en el sótano de su casa.
Aunque no aparecen físicamente más que en recuerdos o en sueños, la identidad de los padres de Liesel marcan su destino. Su padre es la figura más misteriosa. Se insinúa fuertemente que era comunista. En la Alemania de finales de los años 30, ser comunista era considerado un crimen de alta traición contra el Estado nazi. De hecho, desaparece mucho antes de que comience la narración principal, probablemente ejecutado. Su madre, Paula que compartía las mismas inclinaciones políticas y el destino de su marido, está enferma, desnutrida y también perseguida por el nazismo.
El régimen fomentaba que niños de "sangre pura" pero con padres "problemáticos" fueran reubicados en hogares alemanes que siguieran las normas del partido (como el de los Hubermann, aunque Hans no resultara en absoluto ser el ciudadano nazi modelo).
Este abandono forzado es lo que genera en Liesel esa sensación de vacío que intenta llenar con los libros. Ella no entiende por qué su madre la deja en una casa extraña con una mujer que le grita (Rosa) y un hombre que toca el acordeón (Hans) y la adora.
En el libro, hay un momento clave donde Liesel finalmente une los puntos, durante una quema de libros por los nazis, escucha un discurso contra los "comunistas" por parte del alcalde y comprende que esa palabra es la razón por la que perdió a su madre y a su hermano. Es ahí donde nace su odio real hacia Hitler. Sophie Nélisse como Liesel entrega una actuación maravillosa y con una gran emotividad natural.
Para el rodaje de La ladrona de libros, la actriz Sophie Nélisse tenía entre 12 y 13 años. Dado que la película cubre un periodo de varios años (desde que Liesel llega a la calle Himmel hasta el final de la guerra), su cambio físico natural ayudó a mostrar el paso del tiempo y la madurez del personaje. Siempre fue la misma actriz a lo largo de los 6 años de la historia.
Al igual que en el libro, la historia es narrada por la Muerte, lo que le da una perspectiva única y filosófica sobre la humanidad y la guerra. El tema central es cómo la lectura y la escritura pueden preservar la identidad y la humanidad en tiempos de oscuridad.
Geoffrey Rush, un actor brillante alcanza los máximos niveles como el padre adoptivo Hans Hubermann. Emily Watson interpreta a la estricta y gritona pero profundamente humana y cariñosa Rosa.
Rudy, el niño amigo de Liesel, fue interpretado por el actor alemán Nico Liersch. En el momento del rodaje, Nico tenía unos 13 años. Su actuación fue muy elogiada porque logró capturar esa mezcla de energía infantil, picardía y la madurez forzada que imponía la guerra.
John Williams, el legendario compositor de Star Wars, aceptó hacer la banda sonora de esta película porque se enamoró del el libro que quiso participar en la adaptación al cine, siendo una de las pocas veces que trabajó fuera de las franquicias de Spielberg o Lucas en esa década.
Es fascinante cómo la película logra equilibrar la inocencia de la infancia con la presencia constante de la muerte.
El papel de los judíos en La ladrona de libros es el motor moral de la historia. Aunque la película se centra en una familia alemana, la figura del judío -encarnada principalmente en Max Vandenburg como Max- es lo que obliga a los protagonistas a pasar de la pasividad a la resistencia cuando lo esconden en la casa.
Él es quien le enseña a Liesel que las palabras pueden "pintar" la realidad. Cuando ella le describe cómo está el cielo afuera, él recupera un poco de la libertad que le han robado.
Liesel y la Muerte están conectadas por los libros. La Muerte encuentra el diario de Liesel entre las cenizas y es a través de sus palabras que nosotros, los espectadores, conocemos la historia. Es, en esencia, la Muerte contando la vida de alguien que se negó a ser silenciado.
La voz de la Muerte cambia de tono cuando se refiere a los niños en comparación con los adultos en la guerra
En la película, el régimen nazi no es solo un contexto histórico, sino una fuerza omnipresente que actúa como el verdadero antagonista. Se presenta como una "máquina" que intenta moldear la mente de los niños y castigar cualquier rastro de humanidad.
La película muestra con escalofriante claridad cómo el régimen se enfocaba en los más jóvenes para asegurar su futuro. Vemos a Rudy y Liesel vistiendo el uniforme y participando en entrenamientos. Para ellos, al principio, es casi un juego o una obligación social, pero la película subraya cómo se les enseña a cantar himnos de odio y a marchar con precisión militar.
El aula es un espacio de propaganda donde se vigila que los niños aprendan la ideología del partido. La presión para "encajar" es constante; cualquier desviación (como el interés de Rudy por Jesse Owens) es vista como una debilidad o una traición.
El régimen nazi se define por lo que prohíbe. Los libros son el símbolo máximo de esta lucha. Una de las escenas más potentes es la hoguera pública. Aquí, el régimen intenta destruir las ideas que considera "degeneradas" o "no alemanas". Para Liesel, este evento es el punto de quiebre: ve el fuego y comprende que el Estado tiene miedo de las palabras.
A diferencia de otras películas de guerra que se enfocan en los campos de batalla, aquí vemos el "nazismo cotidiano".
Hitler nunca aparece físicamente como un personaje, pero su voz está en la radio y su imagen en los cuadros de las paredes. Es tratado como una figura casi religiosa que exige devoción absoluta. La película muestra cómo el régimen intentó reemplazar la conciencia individual por la voluntad de un solo hombre.
La película logra demostrar que el nazismo no solo destruía a sus enemigos directos (como los judíos o los comunistas), sino que también destruía la integridad y la infancia de los propios alemanes al obligarlos a vivir en una mentira de odio.
En La ladrona de libros, los libros no son solo objetos con papel y tinta; son símbolos de resistencia, identidad y supervivencia. En un mundo que se está desmoronando y donde el odio es la norma, los libros actúan como el ancla de Liesel.
Para Liesel, cada libro que roba está vinculado a una persona o a un momento crucial. No los roba por codicia, sino para retener algo que el mundo le está quitando. El Manual del sepulturero, (no tiene un autor reconocido) y lo roba de los restos de libros quemados por los nazis. Es su primer robo. Representa su última conexión física con su hermano y su madre. Al aprender a leerlo con Hans, transforma un recuerdo traumático en el inicio de su educación y su nueva vida.
Bajo el régimen nazi, leer ciertos libros era un crimen. Robar un libro de una hoguera es un acto político de desafío. Mientras el Estado intenta quemar las ideas para unificar el pensamiento bajo el odio, Liesel las rescata para mantener viva la diversidad del pensamiento humano.
La relación entre la niña alemana y el refugiado judío se construye a través de la literatura.
Uno de los gestos más potentes es cuando Max pinta sobre las páginas de Mein Kampf (Mi Lucha) de Hitler para que Liesel pueda escribir su diario.
Los libros permiten a los vecinos de la calle Himmel olvidar el terror de las bombas mientras están en el refugio antiaéreo. Liesel les lee en voz alta, usando las historias para calmar el miedo colectivo.
Al final, es el acto de escribir su propio libro, su diario en el sótano de su casa es lo que le salva la vida a Liesel durante el bombardeo final. Las palabras, literalmente, la mantienen en un lugar seguro mientras el mundo exterior desaparece.
El final de la película con las tropas norteamericanas ocupando Molching, un pueblo imaginario de Alemania, un punto de paso de los prisioneros judíos a pie hacia el campo de concentración de Dachau, cuyos pobladores reciben a los aliados como liberadores y con la ciudad bastante entera, no es muy creíble. Mejor dicho, no es cierto.
Para que hacer comparaciones, alcanza con pensar los millones de adultos y niños que viven hoy bajo el terror de la muerte, que perfectamente podría ser la relatora de nuestra trágica historia actual. Y centenares de miles han muerto en muy pocos años a manos de regímenes que van perdiendo totalmente un mínimo de humanidad.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias