Salud en evidencia: El cáncer. Carlos Starling
28.10.2026
MINAS DE GERAIS/BRASIL (Uypress/Carlos Starling*) - El cáncer está hecho de nosotros. Es nuestra propia célula que un día deja de obedecer a la asamblea de los tejidos y decide crecer por cuenta propia.
El solo nombre hace que el individuo tiemble de pies a cabeza. Asusta a griegos y troyanos. Digo la palabra en el consultorio y veo que la silla frente a mí se queda súbitamente vacía, aunque el paciente siga sentado en ella. Sin embargo, el cáncer es hoy, en casi todas sus formas, una enfermedad prevenible, tratable y curable, siempre y cuando se diagnostique a tiempo y hora. El problema nunca fue la palabra. Fue la demora.
Pero hay otro cáncer, que no aparece en ninguna tomografía, y que he visto corroer a la sociedad de manera profunda y devastadora. También ese se puede prevenir, tratar y curar cuando se diagnostica a tiempo.
Vale recordar qué es un tumor. No es una invasión, no es un virus ni una bacteria que llega de afuera con bandera extranjera. Pasé la vida entre los invasores y los, "creo", casi honestos: se anuncian con fiebre, y uno sabe de qué lado está. El cáncer está hecho de nosotros. Es nuestra propia célula que un día deja de obedecer a la asamblea de los tejidos y decide crecer por cuenta propia. No hay enemigo. Hay deserción.
Y está la angiogénesis, la más exacta de las metáforas políticas. Solo, el tumor moriría de hambre; para crecer, necesita convencer al tejido vecino -sano, de buen comportamiento, de buena familia- de construir para él carreteras y vasos sanguíneos. Y el tejido los construye: fabrica arterias para alimentar aquello que lo va a matar. Ningún tumor prospera sin colaboración.
Ahora, el caso. Un banco ofrecía títulos al 140% del CDI, garantizados por el fondo que nos garantiza a todos nosotros: rendimiento de aventura, riesgo de libreta de ahorro, perjuicio ajeno. Y el perjuicio llegó. Las investigaciones describen carteras de crédito inexistentes, empresas fantasma, miles de millones en activos ficticios vendidos a un banco público. Liquidada la entidad por el Banco Central, el agujero financiero superaba los cuarenta mil millones. Vorcaro fue detenido en Guarulhos, camino a Dubái -una escena tan de telenovela que es la parte menos interesante de la historia.
La parte interesante son los vasos sanguíneos. Fue necesario que alguien, en el Congreso, propusiera cuadruplicar la garantía pública de los depósitos, en la enmienda que se quedó con el nombre del banco; que quien debía fiscalizar no fiscalizara; que institutos de previsión social de estados pobres compraran papel podrido con la jubilación del empleado público de Amapá, de Río. El tumor no conquistó la República: la sedujo, vaso por vaso.
Maquiavelo, hombre sin ilusiones y buen clínico, escribió en El príncipe lo que les repito a los residentes: los males del Estado son como la tisis, "que al principio es fácil de curar y difícil de diagnosticar, y, con el tiempo, se vuelve fácil de diagnosticar y difícil de curar". Él estaba describiendo la estadificación de un problema clínico crítico y más complejo aún desde el punto de vista político.
Sería cómodo cerrar con el villano esposado. El banquero es la mutación; la enfermedad es el tejido que lo aceptó. Nadie se corrompe de golpe: no existe un hombre que despierte ímprobo un martes por la mañana. Existe la anaplasia lenta, la célula que va perdiendo la forma y el oficio -un pequeño favor, un aventón en avión, la vanidad de ser llamado "gran amigo de la vida" por quien tiene demasiado dinero. Cada paso es defendible. Solo el conjunto es monstruoso.
Conviene registrar, a efectos de la anamnesis, que buena parte de esa gente andaba con la Biblia bajo el brazo -y la llevó en el equipaje de mano, para conocer a las muchachas suizas, alegres, bellas y fiesteras, en lo que los expedientes judiciales algún día llamarán "agenda institucional". En Minas Gerais, por oficio se desconfía de esa gente: hombre de mucha rezo y poca cuenta es como la guayaba bonita por fuera -el gusano solo aparece después del primer mordisco.
Nietzsche advirtió: "Quien lucha con monstruos debe cuidar de no convertirse en uno. Y si miras fijamente al abismo, el abismo también te mirará a ti". Lo que no se dice lo suficiente es que el abismo es educado. No grita ni huele a azufre: ofrece asiento, un cafecito y la sensación agradabilísima de que solo estás siendo práctico.
Peor aún: la metáfora de la metástasis alcanzó a la propia sucesión presidencial. Uno de los candidatos mejor posicionados en las encuestas aparece empantanado en la misma lama, con su Dark Horse -una película de decenas de millones que la Policía Federal rastrea. Dice que es página vuelta. Ahora bien, un nódulo no es una página: no se da vuelta, se extirpa. Y un tumor declarado curado sin informe médico suele volver más grande y peor.
Entonces, ¿qué hace un médico? Rastrea -no porque espere el cáncer, sino porque, al principio, no duele. La República tiene sus exámenes: la prensa libre, los tribunales de cuentas, la auditoría a la que nadie invita a la fiesta. Y cuando un país pasa a odiar sus propios exámenes -cuando se persigue al periodista que investigó, cuando se cambia la ley para que el hallazgo no aparezca en el diagnóstico-, no es un país inocente: es un paciente que rechaza la biopsia. Y el médico sabe lo que eso suele significar.
La profilaxis cabe en la urna y tiene fecha fijada. Se vota como se hace una biopsia: sin prisa, con la aguja en el lugar correcto, dispuesto a aceptar el resultado incluso cuando contradiga a la hinchada. Nadie elige un patólogo por carisma de estrado, sino por la honestidad del informe médico.
Y cierro con lo que la oncología me enseñó y la política finge no saber: nadie se cura solo. Existe la familia que se turnó las noches, la enfermera que encontró la vena difícil a las tres de la mañana. La cura es una obra colectiva -y es ese el tejido que la corrupción corroe primero, porque corromperse es la decisión solitaria de salvarse solo y votar sin darse cuenta de que se está alimentando el tumor maligno.
Guimarães Rosa, minero que entendía de gente inacabada, escribió que lo más bonito del mundo es que las personas aún no han sido terminadas. La frase sugiere un buen pronóstico. El informe ya salió; falta el tratamiento, largo, y el seguimiento -palabra clínica para no olvidar.
Porque es así como se pierde a un enfermo curable. No en la cirugía. En la consulta a la que no volvió y no votó.
*Carlos Starling. Médico, infectólogo y epidemiólogo, escritor y poeta, autor del libro "Tempo sem tempo" (Editora Autêntica).
https://www.pressreader.com/foryou?aid=281956024681350
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias