El secuestro del Papa, un drama histórico muy actual.

21.07.2026

MONTEVIDEO (Uypress – EV)- En los domingos de cine de Eurochannel se proyectó ayer un film de Marco Bellocchio, El secuestro del Papa. Fue estrenado en el año 2023 en el Festival de Cine de Cannes.

 

A sus más de ochenta años, el viejo león del cine italiano sigue teniendo las garras afiladas, y con esta película nos demuestra que su furia contra las instituciones sigue intacta. No estamos ante un simple drama histórico de época, y quien espere una lección de historia de manual se equivoca de film. Esta película es, en su esencia más pura, un thriller gótico, una pesadilla operística envuelta en nubes de incienso y terciopelo carmesí. Bellocchio no filma el pasado; filma la asfixia. Convierte los pasillos del Vaticano en una prisión de claroscuros que le debe tanto a las pesadillas de Caravaggio como al terror psicológico.

El gran triunfo de esta película es cómo retrata el secuestro no como un mero acto físico, sino como una vampirización del alma. El Papa Pío IX, interpretado con una monstruosidad melancólica casi shakespeariana, no es retratado como un santo ni como un villano de caricatura, sino como un tirano aterrorizado. Es el líder de un imperio decadente que, al ver cómo Italia se unifica y su poder terrenal se desmorona, se aferra a un niño judío de siete años con la desesperación de quien se aferra a un último trozo de omnipotencia divina.

¿Es una película perfecta? En absoluto, y ahí radica su belleza rabiosa. Bellocchio peca por momentos de excesivo. La sutileza huye por la ventana cuando el director decide abrazar el melodrama desatado, casi verdiano, con una partitura musical que a veces subraya la tragedia con un trazo demasiado grueso. Hay secuencias oníricas que rozan lo grotesco, delirios febriles donde el simbolismo católico es llevado a un extremo surrealista que puede alienar al espectador más purista. No es exacta, no es contenida, no tiene miedo de ser ruidosa.

Pero en un cine contemporáneo tan domesticado, tan obsesionado con la pulcritud y la corrección, la osadía de Bellocchio es un bálsamo. El secuestro del Papa es una película que suda, que grita, que huele a cera derretida y a dogmas oxidados. Es una feroz bofetada al poder absoluto y a la arrogancia de la fe cuando se convierte en ley. Un cine inmenso, visceral y descaradamente italiano que te agarra por el cuello desde el primer fotograma y no te suelta hasta dejarte exhausto en la butaca.

La actualidad de esta película radica en las relaciones entre católicos y judíos a lo largo de la historia y su disputa por el dominio del alma, pero finalmente del cuerpo, ya sea por un papa tirano, asustado y oxidado, o con tanques y aviones destruyendo Gaza.

¿Esa historia, repetida mil veces desde el nacimiento del catolicismo y de Cristo en la cruz, admite los sufrimientos de los judíos en toda Europa durante siglos y vuelve a reinterpretarse con los actos de venganza de los judíos contra los palestinos en pleno siglo XXI?

No es una lucha entre religiones por el dominio de las almas; es un choque entre instituciones opresivas -en Bolonia y Roma de 1858 a 1870, y en Palestina e Israel desde hace 70 años- que se manifiesta a través de un episodio: el rapto de un niño judío de seis años, la imposición de la religión católica y la definitiva separación de su familia.

Caben también otras preguntas incómodas: ¿las violencias practicadas por el Estado de Israel y sus potentes fuerzas armadas pueden justificarse por el clima europeo -que incluso llegó a Estados Unidos- contra las colectividades judías, en muchos casos recluidas en un gueto, como el de Roma, servil al Papa y luchador contra el Vaticano?

Es una película donde el cine asume un nivel dramático simple, llano, pero pleno de una profundidad en los sentimientos y en la propia historia.

El drama íntimo de Edgardo Mortara, ese niño arrancado de los brazos de su madre, funciona como un espejo aterrador de la condición humana bajo el yugo del absolutismo. Bellocchio no se conforma con mostrarnos el desgarro de la separación física; su cámara penetra, sin piedad, en la mutilación de la identidad. Vemos cómo el adoctrinamiento se infiltra en la mente infantil, cómo el síndrome de Estocolmo se disfraza de revelación divina. El niño, atrapado en esa jaula de oro, mármol y rezos en latín, termina internalizando a su propio verdugo. ¿No es esta, acaso, la victoria más perversa de cualquier régimen totalitario? La anulación total de la voluntad hasta lograr que la víctima bese, con devoción genuina, la mano que la encadena.

El contexto histórico que abraza la trama no es un telón de fondo inerte. El declive de los Estados Pontificios, asediados por las tropas garibaldinas y el imparable avance del Risorgimento, explica la brutalidad de Pío IX. Los imperios, ya sean terrenales o espirituales, muerden con mucha más fuerza cuando se sienten acorralados por la historia. Ese Papa, aferrado a sus privilegios feudales, dictando condenas mientras el mundo moderno derriba a cañonazos los muros de Roma, es una metáfora sangrante. Nos habla de la profunda ceguera del poder que, para sostener una ilusión de control, está dispuesto a sacrificar a los más vulnerables. Ayer era un niño judío en la Italia del siglo XIX; hoy son miles de civiles bajo los escombros en Medio Oriente.

Y es precisamente aquí donde la película resuena con una vigencia que hiela la sangre. La transformación del oprimido en opresor es el gran fantasma que recorre nuestra civilización. Ese gueto judío de Roma, asfixiado por las leyes papales que humillaban a sus habitantes obligándolos a la sumisión absoluta, encierra la semilla del trauma secular. Sin embargo, la historia contemporánea nos escupe una paradoja atroz: ¿cómo el dolor infinito, heredado de siglos de persecución y exterminio, se transmuta en la aceitada maquinaria bélica que hoy arrasa territorios en Gaza? La violencia, parece advertirnos esta puesta en escena, es un virus mutante. 

Cambian los uniformes, cambian los libros sagrados que se esgrimen como justificación moral, pero la maquinaria de aplastar al "otro" permanece inalterable. El Estado moderno, armado hasta los dientes, ha reemplazado al báculo papal, pero la arrogancia mesiánica y la impunidad siguen siendo exactamente las mismas.

En definitiva, El secuestro del Papa no ofrece redención alguna. Bellocchio nos deja a la intemperie, huérfanos de respuestas fáciles y de finales felices, obligándonos a mirar de frente las costuras putrefactas de nuestras instituciones. Con una estética que es puro barroquismo fúnebre, el director italiano firma un manifiesto contra la ceguera dogmática. Es un cine necesario y urgente, un recordatorio brutal de que las guerras libradas por el supuesto dominio de las almas siempre terminan, inexorablemente, masacrando los cuerpos.

 

 

 

 

A sus más de ochenta años, el viejo león del cine italiano sigue teniendo las garras afiladas, y con esta película nos demuestra que su furia contra las instituciones sigue intacta.

No estamos ante un simple drama histórico de época, y quien espere una lección de historia de manual se equivoca de film. Esta película es, en su esencia más pura, un thriller gótico, una pesadilla operística envuelta en nubes de incienso y terciopelo carmesí. Bellocchio no filma el pasado; filma la asfixia. Convierte los pasillos del Vaticano en una prisión de claroscuros que le debe tanto a las pesadillas de Caravaggio como al terror psicológico.

El gran triunfo de esta película es cómo retrata el secuestro no como un mero acto físico, sino como una vampirización del alma. El Papa Pío IX, interpretado con una monstruosidad melancólica casi shakespeariana, no es retratado como un santo ni como un villano de caricatura, sino como un tirano aterrorizado. Es el líder de un imperio decadente que, al ver cómo Italia se unifica y su poder terrenal se desmorona, se aferra a un niño judío de siete años con la desesperación de quien se aferra a un último trozo de omnipotencia divina.

¿Es una película perfecta? En absoluto, y ahí radica su belleza rabiosa. Bellocchio peca por momentos de excesivo. La sutileza huye por la ventana cuando el director decide abrazar el melodrama desatado, casi verdiano, con una partitura musical que a veces subraya la tragedia con un trazo demasiado grueso. Hay secuencias oníricas que rozan lo grotesco, delirios febriles donde el simbolismo católico es llevado a un extremo surrealista que puede alienar al espectador más purista. No es exacta, no es contenida, no tiene miedo de ser ruidosa.

Pero en un cine contemporáneo tan domesticado, tan obsesionado con la pulcritud y la corrección, la osadía de Bellocchio es un bálsamo. El secuestro del Papa es una película que suda, que grita, que huele a cera derretida y a dogmas oxidados. Es una feroz bofetada al poder absoluto y a la arrogancia de la fe cuando se convierte en ley. Un cine inmenso, visceral y descaradamente italiano que te agarra por el cuello desde el primer fotograma y no te suelta hasta dejarte exhausto en la butaca.

La actualidad de esta película son las relaciones entre católicos y judíos a lo largo de la historia y su disputa por el dominio del alma, pero finalmente del cuerpo, por un papa tirano asustado y oxidado o con tanques y aviones destruyendo Gaza. 

¿Esa historia repetida mil veces del choque desde el nacimiento del catolicismo y de Cristo en la cruz, admite los sufrimientos de los judíos en toda Europa, durante siglos y vuelve a reinterpretarse con los actos de venganza de los judíos contra los palestinos en pleno siglo XXI?

No es una lucha entre religiones, por el dominio de las almas, es un choque entre instituciones opresivas, en Boloña y Roma del 1858 a 1870 y en Palestina e Israel desde hace 70 años y que a través de un episodio, el rapto de un niño judío de seis años, y la imposición de la religión católica y la definitiva separación de su familia. 

Caben también otras preguntas incómodas ¿Las violencias practicadas por el Estado de Israel y sus potentes fuerzas armadas, pueden justificarse por el clima europeo y que incluso llegó a Estados Unidos, contra las colectividades judías en muchos casos recluidas en un gueto, como el de Roma, servil al Papa y luchador contra el Vaticano?

Es una película donde el cine asume un nivel dramático simple llano pero pleno de una profundidad en los sentimientos y en la propia historia.

Cine
2026-07-21T05:12:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)