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Encendamos el cerebro

Daniel Mordecki

12.04.2020

Estamos inmersos en un volumen de información inmanejable, que resulta un narcótico contra nuestra capacidad de razonar. Y no razonar es lo peor que podemos hacer en el medio de una crisis.

Hay dos formas de desinformar: una es ocultar la información, la otra es saturar. Y mientras la primera se basa en esconder para resistir el escrutinio del razonamiento más agudo, la segunda, la de nuestra era de redes y cyber-toneladas de datos, se basa en transmitir un relato completo y plausible, que tranquiliza y adormece la razón para que no se preocupe en buscar la información que falta. Esta última es el caldo en el que nadamos día a día. 

Vivimos insertos en un menú supercargado de relatos elaborados y pulidos, que en un extremo tiene a los que afirman que el Coronavirus es una epidemia diseminada artificialmente para poder sacar la gente de la calle y así poder instalar las "letales" antenas 5G, así como lo oye, hasta las que afirman que esto es gripe, nada más que gripe, y no hay que hacer nada, pasando por la dominante de achatar la curva y esperar la vacuna.

Los seres humanos no evolucionamos rodeados de estos volúmenes de información y por tanto la selección natural no nos proveyó de herramientas para lidiar adecuadamente con la pantalla, ni la de 5 pulgadas, ni la de 42, mucho menos si está conectada a Internet. Es por ello que en las sociedades se generan burbujas de todo tipo, donde cantidades ingentes de individuos actúan al unísono en contra de sus propios intereses, dirigidos por la batuta mágica de un relato completo, plausible, y erróneo. La historia moderna nos aporta una sucesión incontable de estos fenómenos de todo tipo. No se necesita una conspiración maléfica para que sucedan: está en nuestro ADN. 

La receta para salir de la burbuja: encender el cerebro. 

Para muestra basta un botón: el tapabocas

Durante semanas y semanas, fuimos bombardeados por un relato erróneo, pero tan completo y plausible como adormecedor que nos exigía no usar tapabocas. 

En el mismo artículo, en un párrafo explicaba que los médicos protegían a sus pacientes del contagio con tapabocas y en el siguiente decían que no servían para nada. Que poner el codo al estornudar sí protege (100%, obligatorio), pero que un tapaboca de tela no protege (0%, inadecuado). Llegamos a leer y escuchar verdaderas idioteces, como que el Coronavirus no se transmite por el aire. Y si no se transmite por el aire, ¿Por dónde se transmite? ¡Por Tutatis! 

(si, si, entiendo exactamente lo que pretendieron decir, pero lamentablemente no lo dijeron, la realidad es que algún ignorante con derecho a titular de diario tradujo "airborne transmission" como "air transmission", para configurar un disparate de proporciones y daño significativo, que los medios que lo publicaron no se tomaron el trabajo de desmentir o corregir, ni antes ni después de que la OMS y los gobiernos rectificaran su posición). 

Para desentrañar esta burbuja, lo único que hacía falta era razonar: si lo que preciso es distancia para que mi aliento no llegue a los demás, bloquear mecánicamente mi boca y mi nariz surtirán ese efecto. Así de simple. Y alguien lo transformó en eslogan: "tu tapaboca me protege, mi tapaboca te protege". Cuando una cantidad suficiente de personas encendió su cerebro y razonó el problema, la propia OMS y de ahí en adelante todos los gobiernos y autoridades de la salud comenzaron a recomendarlo, inclusive en muchos casos de forma obligatoria. 

Razonar, discutir colectivamente con el cerebro encendido, produce resultados positivos 

Los problemas sobre los que tenemos que razonar

Estamos viviendo una crisis mundial de proporciones extremas y de características desconocidas. Independientemente de que el Coronavirus sea una conspiración del imperio que usted prefiera, que sea solo gripe, o que tenga la causa que tenga, la realidad es que la mitad de los habitantes del planeta están encerrados en su casa, las sociedades y sus gobiernos tienen la definición de combatir la pandemia, y las consecuencias sanitarias, sociales y económicas ya están instaladas. Tanto la velocidad de la salida como la profundidad del daño dependen fuertemente de nuestra capacidad de razonar, esta vez a nivel planetario. 

Va aquí una lista de preguntas que faltan en el barullo interminable de memes, artículos sesudos, opiniones de expertos que este sí que es el posta posta y reportajes por WhatsApp a estrellas del espectáculo y el deporte. Va de suyo que si tuviera la respuesta, ya la hubiera escrito. 

Pregunta 1: ¿Cuánto es mucho? ¿Cuánto es poco?

Diariamente tenemos el reporte más detallado que se pueda imaginar de lo que sucedió hasta ese instante, pero nunca sabemos si eso es mucho, es poco, o es lo adecuado.

¿Qué objetivo estamos persiguiendo? Cero infectados durante un tiempo X. Que los pacientes en el CTI se reduzcan de forma constante durante un tiempo Y. Que los contagios lleguen a un valor J. ¿O qué otro parámetro?

Navegar sin rumbo tiene múltiples consecuencias, y salvo en el amor o en la poesía, son todas negativas. Cito solo dos. 

La primera es que sin objetivos no hay estrategia, solo táctica. Salvo los seres humanos, y en una medida ínfima algunos mamíferos, el resto de los animales (y el jefe Gorgori) resuelven un problema por vez, el que tienen en frente en ese instante. Eso es la táctica, resolver el problema que tengo en frente en este instante. Pensar a largo plazo, y renunciar a un beneficio hoy por un beneficio mayor mañana (cosas como estudiar, hacer ejercicio, ahorrar, etc.) es una habilidad privativa de los humanos. Eso es la estrategia, lo que ha hecho que los humanos lleguemos hasta donde estamos. Ya hace 2.500 años desde que Sun-Tzu lo puso sobre papel, y nos enseñó que avanzar sin estrategia es siempre un error. 

La segunda tiene que ver con nuestra salud mental. Son numerosos los desórdenes y enfermedades que derivan de la falta de perspectiva, de la incapacidad de las personas para figurarse un objetivo para su vida. En el momento en el que la realidad los priva de sus afectos, de sus rutinas y en muchos casos de sus ingresos, la salud mental de todos nosotros iría mucho mejor si el contexto nos aportara objetivos que nos permitieran entender la magnitud del esfuerzo requerido y valorar si estamos avanzando, construir nuestra perspectiva. El resultado día a día sin marco de referencia solo contribuye a generar miedo, angustia y ansiedad.

¿Cómo llegamos hasta acá sin un objetivo definido? ¿Cómo nos podemos valorar a nosotros mismos como sociedad, sin una vara de medida? ¿Cómo no tomamos nota de este problema, y nos limitamos a consumir el torrente de lo que supuestamente está pasando en este instante?

Razonemos: sin marco de referencia no hay estrategia.  

Pregunta 2: Y después de la cuarentena, ¿qué viene?

En el fárrago de información diaria sobre nuevos casos, fallecimientos, pacientes en el CIT y personas recuperadas, hay un dato que no cierra, para nada.

Si en China hay 1.400 millones de habitantes y al día de hoy 11 de abril de 2020 tienen 82.000 casos, ¿Cómo no están igual que el primer día? ¿Qué es distinto hoy, cuando hay 1.399.918.000 de habitantes de china que no tienen ninguna inmunidad contra el virus que permita cambiar la estrategia y retomar de a poco la vida normal? ¿Por qué no aplicaron al principio las mismas medidas que ahora? ¿Por qué no se aplican ahora en otros países las mismas medidas que aplica China? 

Entendámonos bien: con todo el cyber-control y el confinamiento obligatorio-policíaco-persecutorio, en China el virus se propagó muy rápido en los lugares en los que se formaron focos. Y si ahora hay casos, ¿por qué no sucede exactamente lo mismo?

Y la pregunta vale para todos los demás países. Ok, acabamos de terminar una cuarentena fantástica, somos unos crás, nos aplaudimos los unos a los otros durante media hora porque hace un mes que no hay ningún caso, y salimos a la calle. Con el primer caso que aparezca, y es seguro que va a aparecer, volvemos al principio, como cuando en el ludo te toca la casilla roja. ¿Y entonces? 

Razonemos: la cuarentena sola no es suficiente. Se necesita algo más, y tenemos urgencia en descubrirlo.

Pregunta 3: ¿qué hay en el otro plato de la balanza?

Los economistas desaparecieron del ruedo. Siempre tan locuaces para hacer pronósticos, hace un mes que se limitan a opinar si las medidas tomadas son adecuadas / suficientes / convenientes. Pero de pronósticos, nada. Ni siquiera los que opinan que es mejor un pronóstico con errores que no tener pronósticos (sic) han dicho algo. ¡Y ahora sí que hacen falta pronósticos y escenarios económicos!

Porque estamos todos de acuerdo que la salud está primero, pero ¿qué hay en el otro plato de la balanza? ¿No habrá también salud? ¿No será que el daño económico y social también depreda la salud? 

Los números de los efectos económicos no solo no son alentadores, son más bien aterradores: los números de seguro de desempleo, por ejemplo, son comparables a los de la crisis del 2002, se los mire por donde se los mire. Y eso nos retrotrae a una crisis profunda y devastadora. Podremos discutir si fue la peor de la historia o una de las peores, pero nadie discute que el costo en todos los aspectos de la sociedad, y en particular en la salud, fue gigante. 

¿Ir hacia una crisis de las proporciones de la del 2002 está entre los escenarios probables? ¿Con qué probabilidad? ¿Cuánto cuesta a la economía una semana de confinamiento? ¿Cuándo los daños económicos se tornan irreversibles? ¿Qué indicadores podemos utilizar para valorar una u otra cosa? 

Razonemos: cada medida tiene su costo, si no se evalúa es imposible saber si el remedio no es peor que la enfermedad.

El valor de los argumentos que contradicen lo que vemos y escuchamos

El psicólogo Daniel Kahneman, que entre otros muchos galardones recibió el Premio Nobel por su estudio del comportamiento de los individuos cuando razonan y cuando no lo hacen, nos enseña que solo la razón es capaz de negar evidencia

Si el relato que escuchamos es coherente, completo y plausible, y además coincide con nuestra visión del mundo, el cerebro, que es el más haragán entre los haraganes, siempre estará tentado de darlo por válido y hacerlo propio, sin razonarlo. 

Cuando entra en juego la razón aparecen ideas alternativas al relato original, otros relatos que intentan contradecirlo, que intentan por ejemplo pensar otras causas para la misma consecuencia, o efectos secundarios que deberían estar pero no aparecen, como forma de probar su veracidad. Es exactamente eso lo que tenemos que hacer: razonar, encender el cerebro, intentar negar la evidencia. Porque cuando estamos enfrascados en contradecir lo que nos ponen delante de la nariz podemos estar seguros de que estamos razonando, de que nuestro cerebro está encendido. Y de eso depende la calidad de la salida de esta crisis. 



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