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imagen del contenido Cuentos & versos en cuarentena

SEXTA ENTREGA

Cuentos & versos en cuarentena

30.05.2020

MONTEVIDEO (Uypress) - Les presentamos los trabajos de Héctor Gomez Mego y Rodolfo Leizagoyen. Seguimos recibiendo textos en: uypress@gmail.com.  

 

Los textos de este sábado son:

Realidad autónoma, de Héctor Gomez Mego

Simbiosis, de Rodolfo Leizagoyen.

 

Realidad autónoma

Hector Gomez Mego

 

El moderno auto de conducción autónoma transitaba una noche con su pasajero por la angosta ruta.

 

Alcanza al bus y se dispone a pasarlo, se abre y sus 

sensores detectan un camión que viene de frente, 

disminuye la velocidad y se encolumna con el bus.

 

Este frena con violencia y aparece un niño en bicicleta por la derecha. 

La computadora de a bordo en una milésima de segundo 

hace todos los cálculos posibles para las alternativas.

 

Para frenar no da el tiempo, chocaría al bus y muere su 

pasajero.

 

Si esquiva hacia la izquierda, se estrella con el camión que viene de frente y también muere el pasajero.

 

Si vira a la derecha, embiste la bicicleta y el niño muere.

 

Esa noche, en algún lugar del planeta, en las próximas dos milésimas de segundo, una computadora decidirá......

a quien mata.  

 

Simbiosis

Rodolfo Leizagoyen

 

Siempre me llamaron la atención esas parejas a las que el tiempo parece ir aproximando en apariencia. Matrimonios que parecen más hermanos que esposos. Como si tantos años de convivencia tendiera a unirlos en un solo organismo.

Con el tiempo, a mí mismo me fue dado el experimentar un extraño fenómeno similar, aunque ya no en los cuerpos, sino en las mentes.

Tras treinta años de matrimonio hemos llegado a desarrollar con Lorena una especie de comunicación telepática que se ha ido consolidando. 

Empezó al poco tiempo de casarnos, con algunos hechos que nos sorprendieron y ayudaron a reafirmar la elección de cada uno, eso de ser "el uno para el otro", porque tal  rasgo de comprensión no podía señalar otra cosa que una singular conexión.

Cuando uno se casa joven, suelen surgir dudas: ¿no nos estaremos equivocando? Y esas muestras extrasensoriales de unión se convirtieron en una garantía.

Nunca fueron grandes revelaciones, ni coincidencias, sino detalles nimios. Por ejemplo, que uno estuviera pensando en ir al cine al día siguiente y antes de verbalizarlo, que el otro diga: ¿Qué te parece si vamos al cine mañana?

O, en otros casos, que uno dijera que estaría bueno para comer un guiso de lentejas, diez segundos después que el mismo deseo se hubiera formalizado en el pensamiento del otro.

También decir en un momento: ¿Qué habrá sido del primo Alex, que hace tanto que no sabemos nada de él?, en el mismo momento en que la figura de Alex había pasado por el cerebro del otro surgido de la nada.

Estos sucesos menores pero inexplicables se fueron dando cada vez con mayor frecuencia. La transmisión de pensamientos se hizo indiscutible.

Eso sí: no se podía manejar voluntariamente como una forma de  comunicación telepática. Eso le restaba espectacularidad al "don", que no era compartible con nadie, y le quitaba toda posibilidad de uso práctico. Era solo una curiosidad. 

Ya había dejado de ser un "fenómeno". Era un  hecho habitual. Estábamos conectados en pensamiento, quizás por gustos compartidos, por una larga experiencia de vida en común. Pero no era posible explicarlo por casualidades, porque a lo largo de los años fueron tantos los episodios similares, que no se podía atribuir a coincidencias.

Nos causaba gracia cada repetición de hechos similares a lo largo de más de treinta años.

Una noche, mientras miraba televisión, me sobresaltó un sonido extraño. No fue estridente, pero lo suficientemente fuerte en el silencio, como para darme un buen susto.

Me asustó por la sorpresa, pero también porque lo escuché muy cerca, como si hubiera sido en una mesita que estaba a mis espaldas en la que había una lámpara apagada y que guardaba las cosas "de paso": los teléfonos celulares, estados de cuenta, facturas, lentes de repuesto y los más variados adornos.

Contribuyó a la sensación de miedo traducido en un frío que me corrió por la médula, la imposibilidad de determinar de qué ruido se trataba. No era una caída de un objeto, ni una corrida de un ratón, ni un golpe.

Pensé que Lorena -que hacía rato estaba durmiendo- se pudiera haber levantado y produjera ese ruido, pero ¿cómo, con qué?

Me levanté de mi sillón para acercarme a la mesita y observar si había algo que explicara ese ruido. Al mismo tiempo, desde esa posición, pude ver a través de la puerta del dormitorio que Lorena seguía profundamente dormida y que no había escuchado nada, y mucho menos provocarlo.

El sonido se podría haber producido afuera, porque la mesita estaba junto a una ventana que da hacia el costado de la casa, sobre un pasillo abierto que conecta con la calle. Aunque seguía sin explicarme qué podría haberlo producido.

Me tranquilicé y continué mirando televisión por un buen rato más.

Al día siguiente, apenas me senté para compartir el desayuno con Lorena, me comentó:

- Anoche soñé que estaba revisando el teléfono en la mesita chica y de pronto se me cortaba el collar y caían todas las piedritas.  

Una luz se encendió en mi cerebro: ese era el sonido que me había sobresaltado anoche: las piedras cayendo en cataratas sobre la madera.

- Me pasé la noche enhebrando las cuentas para rearmar el collar. 

- Los sueños duran segundos, algunos minutos si querés-  le aclaré sin motivo mientras mi cabeza era un volcán-. Te pareció que era mucho rato...

¿Cómo había escuchado despierto un sonido producido en la cabeza de mi esposa dormida?

 

En los últimos años esa simbiosis entre ambos cerebros se fue incrementando cada vez más. Ya no eran pensamientos paralelos y simultáneos. Eran sueños compartidos. Pero no como la expresión de una metáfora que suele utilizarse, sino realmente soñábamos ambos lo mismo en el transcurso de una noche.

Recuerdo que en una ocasión estábamos desayunando y Lorena me dijo:

- Ayer me comentaron que Celia se divorció y se viene a vivir aquí de nuevo.

Me quedé helado. Celia había sido una compañera en la Cooperativa que durante un  tiempo me tuvo medio desestabilizado y la noche anterior había soñado con ella.

- A vos te gustaba Celia, ¿no?

- ¡Tas loca...! -me apresuré a desmentir mientras pensaba si Lorena habría podido soñar lo mismo que yo -.

El tema murió allí sin mayor insistencia por parte de Lorena. Luego, más tranquilo, pensé cómo se había dado esa transmisión: ¿Lorena también había soñado con Celia? ¿O el dato sobre Celia que Lorena incorporó la tarde anterior a su pensamiento había producido un recuerdo en mí y se transformó en el sueño?

Por suerte, mi vida es muy cristalina y no tenía nada que ocultarle a Lorena, si no me podría haber visto en problemas.

Creo que Lorena pensará lo mismo, porque le hubiera sido difícil mantenerme alejado de algún secreto en su vida.

En determinado momento empecé a ver con los ojos de ella. 

La primera vez fue tan traumática que no la olvidaré. Estaba trabajando en mi computadora cuando vi que en la pantalla se me aparecía un ómnibus que venía directo hacia mí. Pero la imagen duró un segundo y desapareció. Me di cuenta que no se había producido en la pantalla sino en mi mente. Fue como si mis ojos se vieran impresionados por una imagen desde adentro, directamente sobre el nervio  óptico, sin existir en la realidad. Una especie de alucinación.

Ya me había olvidado del nimio incidente, cuando llegó mi esposa y se me arrojó a los brazos llorando.

Cuando pudo tranquilizarse me contó que casi la había atropellado un ómnibus. Se distrajo porque puso un pie en el pavimento para cruzar la calle, sonó su celular y trató de extraerlo de la cartera. Escuchó un estridente bocinazo y cuando levantó la mirada se le venía un ómnibus encima. Pero ella ya había saltado instintivamente hacia atrás por el sonido de la bocina.

Desde aquel día se produjeron varios hechos parecidos. No de casos dramáticos como el del ómnibus. Simplemente visiones parciales que ella o yo teníamos: un paisaje, un automóvil especial, una persona que ambos conocíamos...

En los últimos tiempos Lorena cambió mucho. Yo lo atribuía a la menopausia, pero los meses pasaban y la situación lejos de solucionarse, se agravaba. Empezó a levantarse cada vez más tarde; le costaba realizar las tareas de la casa; no hablaba; estaba siempre cansada, desganada, ausente.

La convencí para que consultara a un profesional. Su médico le dio pase al sicólogo y éste al siquiatra. Hablé con él y me dijo que estaba pasando por una muy severa depresión. La medicamentó y me recomendó que la mantuviera vigilada, por cualquier cosa.

Una tarde regresé a casa y Lorena no estaba. Me extrañó mucho, porque hacía tiempo que no salía sola a ninguna parte.

Me preparé un café y me senté en la mesa de la cocina. Llamé al celular de Lorena, pero no contestó.

Bebí lentamente. Mi pensamiento lejos. Estaba preocupado.

De pronto, una imagen apareció en mi mente. Era un puente que se acercaba. Después, mi visión cambió concentrándose en uno de los muros de cemento del puente. Y finalmente, un panorama de la orilla de un río, piedras, arena, matorrales, que empezó a venírseme encima en forma vertiginosa, hasta que una oscuridad total me cegó por un momento.

Y solo tuve que esperar que me vinieran a avisar.

 



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