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NOVENA ENTREGA

Cuentos & versos en cuarentena

18.06.2020

MONTEVIDEO (Uypress) - Les presentamos los textos de Julieta Bareño Sciambra y de Rodolfo Leizagoyen. Seguimos recibiendo textos en: uypress@gmail.com.  

 

Los textos de este viernes son:

"Un arcoiris de un solo color", de Julieta Bareño Sciambra

"No quiero verte nunca más", de Rodolfo Leizagoyen

Un arcoiris de un solo color

Julieta Bareño Sciambra

Había una vez un arcoíris que tenía solo color: Amarillo.  Siempre  preguntaba a sus amigos si habían visto a varios colores pasar. Esos colores eran Rojo, Naranja, Verde, Azul, Lila y Morado.

Siempre le respondían que no.

Hoy jueves, el color Amarillo fue a preguntarle a su amigo el Cocodrilo: (dibujo del cocodrilo y el arcoíris amarillo).

¿Oye Cocodrilo, has visto algunos colores pasar?  Y como siempre le respondió que no.

(Se incluye dibujo de un cocodrilo y el arcoíris amarillo)

El viernes, fue a preguntarle a su amiga la Abeja y le preguntó:

¿Oye Abeja, has visto algunos varios colores pasar?  Y la Abeja, con una voz chillona, le respondió que no.

(Se incluye dibujo de una abeja y el arcoíris amarillo)

Arcoíris se despidió y se fue por su camino.

El sábado se encontró con el hermano de su amiga la Abeja, al cual conocía, y Arcoíris le preguntó: 

"Oye Nacho, ¿has visto algunos varios colores pasar?  Y como siempre, la respuesta fue no.

El domingo fue a preguntarle a su amiga la Hormiga Roja y le dijo:

Hola, Hormiga Roja, ¿has visto pasar algunos varios colores?  Y como siempre le respondió que no.

(Se incluye dibujo de una hormiga y el arcoíris amarillo)

Pero, le dijo: yo conozco a alguien que sí vio tus colores pasar.  Y Arcoíris le preguntó:

¿Y quién es ese que vio mis colores pasar?

La Hormiga Roja le contestó: es la Polilla!!!

Bueno, seguiré por mi camino hasta llegar a la casa de la Polilla.  Se despidió y se fue.

El lunes terminó su camino y llegó hasta la casa de la Polilla y le preguntó: ¿Oye Polilla tú has visto mis seis colores pasar?

(Se incluye dibujo de una polilla y el arcoíris amarillo)

Al fin obtuvo por respuesta un sí !!! 

Arcoíris entonces le pregunto: ¿y dónde fueron los colores?

La Polilla le respondió: sigue derecho y a 20 metros dobla a la derecha.

"VOY PARA ALLÍ!!!" Chau!!!

MORALEJA: "Si te esfuerzas en ponerle más colores a tu vida, siempre habrá alguien que te ayudará" 

No quiero verte nunca más

Rodolfo Leizagoyen

Jamás creí en el amor a primera vista. Es más: ni siquiera sabía qué era el amor.

Pensé que era amor lo que sentí por Silvio. Yo era ya una mujer independiente, formada, que a mis veinticinco años tenía una carrera; unos padres algo mayores pero que me adoraban; una situación económica desahogada. Los hombres no habían sido un motivo de interés y mi adolescencia transcurrió con rapidez, entre campeonatos de vóleibol durante la temporada, que en verano se trasladaban a los partidos para duplas en la arena.

Silvio era un maestro que cayó al pueblo ya con treinta y pico, con perspectivas de solterón y algo amanerado.

Nos conocimos en forma casual, empezamos a salir y encontré en él a un compañero inteligente, bueno, solidario y culto. Mucho más viril de lo que aparentaba. Aprendí a compartir muchas cosas con él y creí que ese afecto, ese respeto y el placer que me daba su compañía, eran amor.

Y lo creí hasta hace poco. Hasta que conocí el verdadero amor, que me llegó como un rayo que te parte los huesos, como un relámpago que te deslumbra y te atonta.

Con Silvio fundamos un hogar sereno, de personas adultas, seguras de sí mismas, capaces de mirar juntas hacia adelante y de construir un futuro sólido. Tuvimos dos hijas que hoy son  adolescentes y las criamos con mano firme, con normas morales quizás algo obsoletas para las costumbres modernas, pero que les han permitido crecer en un  hogar que les da amor, las contiene y les pone límites para desarrollarse como robles, fuertes y rectos.

La familia navegó en un mar pacífico, en el que apenas si leves brisas enturbiaron sus aguas: un permiso negado a las chicas para ir de camping con los compañeros de clase; la decisión sobre el momento para comenzar a salir a bailar; algunas olas de rebeldía que se estrellaron contra la solidez de nuestros principios y se deshicieron sin mayor resaca, como una espuma que pronto desapareció.

Es cierto que tampoco vivimos emociones fuertes, nada que sacudiera en serio nuestras vidas, que  nos generara adrenalina, que le diera color y calor a esa rutina; pero nuestra familia podía ser mirada desde afuera como un modelo de armonía.

Pronto la mayor se iría a Montevideo para comenzar sus estudios universitarios, así que pasábamos el último verano unidos. En tres años deberíamos reestructurar nuestra casa, para compartirla nuevamente en soledad con Silvio.

Pensé que debía encontrar nuevas formas de emplear mi tiempo libre, ahora que mis hijas eran cada vez más independientes y autosuficientes. Empecé a hacer deporte nuevamente. Me incorporé a un grupo mixto y muy  heterogéneo, que se reunía dos veces por semana para jugar al vóleibol.

En esa actividad nos conocimos. Nunca nos habíamos visto antes. Nos tocó jugar en el mismo equipo en un par de partidos; bromeamos, nos reímos y hasta nos abrazamos en una pelota dividida que finalmente perdimos.

Compartimos una cerveza y esa misma noche, en la segunda semana después del primer encuentro, nació un amor como una llamarada que consumió el pasado y nos iluminó un  futuro que jamás habíamos vislumbrado. 

Fueron varias semanas de fiebre. Una pasión como no había sentido antes y que era inimaginable a mis cuarenta y pico, con una familia de la que estaba orgullosa y un marido que de golpe pasó a ser el enemigo.

Nos encontrábamos en una casa en la playa; el vóleibol se convirtió en una coartada e inventamos pretextos también para disfrutar un fin de semana inolvidable.

Fue lo que me decidió: ahora que había descubierto el amor, tan tardíamente, no podía dejar que pasara y desperdiciar el resto de mi vida. Sabía que tendría que dejar muchas cosas por el camino. Tenía que destruir mi hogar, cargar con el odio de Silvio y quizás la incomprensión de mis hijas. Mis padres estaban muertos, así que no tendrían que sufrir lo que para ellos habría sido un golpe insoportable.

Siempre he sido firme en mis resoluciones. No tuve dudas: después de reflexionar profundamente sobre la situación y mis perspectivas; después de poner en la balanza todo lo que tendría que abandonar para vivir mi amor; todo lo que tendría que sufrir y todo el dolor que iba a causar; saqué a Silvio de casa, lo llevé a un parque solitario y allí, en el auto, le conté todo.

Él se enfureció, me insultó, después lloró, me rogó, puso a nuestras hijas por delante, pero yo estaba preparada para esa escena y dispuesta a no ceder.

Mucho más difícil fue enfrentar a mis hijas. Lo hice esa misma noche, porque el estado en que había quedado Silvio, no me permitía dilatar más la situación. 

Yo sabía que iba a ser muy duro, pero no pude imaginarme hasta qué punto.

Las dos lloraron desconsolada, histéricamente. Quise explicarles, hacerles ver que un sentimiento así no puede evitarse y tampoco se elige: cae, golpea, arrasa con todo lo que hay. Y si es compartido, nada puede detener al destino.

La más chica se fue a su habitación arrasada en llanto y antes de encerrarse con un portazo, me gritó que para ella no existía más. Y lo creo.

La mayor se serenó; secó sus lágrimas; me miró a los ojos y me dijo:

- No quiero verte nunca más.

Esa misma noche preparé mi equipaje. Puse lo más esencial en un par de valijas. Ya tendría tiempo de separar mis cosas para llevármelas definitivamente.

Al día siguiente amanecimos juntas con Alicia. No fue la primera vez, pero ambas sabíamos que era el comienzo de una nueva vida.

 



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