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Las verdades de la Historia

Sergio Rodríguez Gelfenstein

06.07.2020

Durante la Cumbre de las Américas, realizada en Panamá, en abril de 2015, el presidente Barack Obama llamó a los mandatarios de la Región a "olvidarse de la Historia", para pensar en un futuro promisorio que Estados Unidos ofrecía a la Región.

Tuvieron que salir al paso la presidenta argentina Cristina Fernández y el de Ecuador, Rafael Correa, para decirle a Obama que era imposible para nuestros países olvidar dos siglos de afrentas, porque, como dijo el filósofo y poeta español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana "Quien olvida su historia está condenado a repetirla".

 Previo a la Cumbre, el día 6 de abril, en un artículo publicado en el periódico El Mundo, de España, en el que vislumbraba los principales asuntos a tratar en el evento, el periodista argentino y conocido apologista del terrorismo Andrés Oppenheimer recordaba que en una anterior cumbre, la de Trinidad y Tobago, realizada seis años antes, el Comandante Hugo Chávez "... le regaló un libro antiestadounidense" al presidente Obama.

 Se trataba de Las venas abiertas de América Latina, uno de las más hermosas e interpretativas obras jamás escrita acerca de la epopeya de los pueblos latinoamericanos y caribeños, a través de su historia; en tal sentido, el libro de Eduardo Galeano se ha transformado en documento identitario de lo que fuimos y de lo que somos, para intentar proyectar lo que queremos ser. El propio autor, al referirse al hecho acaecido en Puerto España el 18 de abril de 2009, expresó "La única manera para que la Historia no se repita es manteniéndola viva".

 Obama refrendó su prédica al visitar La Habana, un año después de la Cumbre de Panamá. Al hacer un llamado al pueblo cubano, durante su visita a ese país, expuso que había que "... olvidar los más de 50 años de ruptura y enfrentamientos entre Cuba y Estados Unidos, y de no ser rehén de ese pasado...".

 ¿Por qué ese afán del presidente de Estados Unidos por olvidar la Historia?, ¿por qué el tarifado argentino periodista de Miami se refiere a las Venas abiertas como un libro anti estadounidense?, tergiversando, con ello, la Historia. ¿Por qué algunos países de la Región, gobernados por la ultra derecha más cavernaria, como Colombia o Chile, han eliminado o intentado eliminar los estudios de historia de los programas de la enseñanza media? ¿Por qué se tiene tanto miedo de que los pueblos conozcan su historia?

 Todas estas interrogantes, y otras, han venido a mi mente en días recientes, cuando estamos siendo testigos de la forma burda y arrogante con que se pretende tergiversar la historia de la Segunda Guerra Mundial, a fin de opacar y minimizar el extraordinario y protagónico papel que jugaron el Ejército Rojo y los pueblos de la Unión Soviética en la derrota del nazismo, del expansionismo y de la guerra, posibilitando, de esa manera, que en el mundo se abriera una esperanza de paz y concordia para los pueblos.

 El 30 de junio, una vez más, el presidente Trump se ufanaba de que el Ejército de Estados Unidos había ganado dos guerras mundiales. Como ya es su costumbre, una vez más miente sin la menor impudicia. Las cosas hay que decirlas por su nombre. Estados Unidos permaneció al margen de la Segunda Guerra Mundial y solo se incorporó tras permitir el sacrificio de cientos de jóvenes soldados y ciudadanos de su país, muertos por permitir que se realizara el ataque a Pearl Harbor, por parte de Japón, en diciembre de 1941. Hoy, está absolutamente demostrado que los aviones japoneses que, como un enjambre se acercaban a la isla estadounidense en el Pacífico, fueron avistados por los radares sin que el alto mando político y militar estadounidense hicieran algo por evitarlo: necesitaban una justificación, ante su opinión pública para involucrarse en una guerra que les era completamente ajena.

 Aspiraban a la destrucción de la Unión Soviética y de Europa, para emerger como potencia única e indesmentible del planeta, de manera de no tener contrapesos que le permitieran fijar las pautas del comportamiento internacional y establecer, bajo sus criterios, la estructura del sistema mundial de la posguerra.

 Por eso, no se involucraron con los acontecimientos que ocurrían en el territorio continental europeo, donde se libraban los combates decisivos y donde la Unión Soviética recibía los golpes más contundentes de parte del ejército nazi. Estados Unidos, como todo Occidente, albergaba el deseo de que, finalmente, Moscú cayera y el poder soviético se derrumbara bajo el peso de las hordas fascistas.

 Por el contrario, trasladaron el grueso de sus fuerzas al Pacífico para confrontar al más débil Japón en un espacio que le permitiera -tras la derrota del ejército nipón- desatar sus ánimos expansionistas en una región estratégica para su ambición imperial.

 Mientras tanto, la Unión Soviética resistía los embates de la aplastante maquinaria de guerra alemana que, sin respuesta alguna de Occidente, avanzaba rauda hacia su objetivo de capturar la capital del gran país euroasiático. Al respecto, en un reciente artículo escrito por Vladimir Putin y publicado con el título El 75º aniversario de la Gran Victoria: responsabilidad colectiva ante la historia y el futuro, el presidente ruso rememora que el general Alfred Jodl, jefe de operaciones de las Fuerzas Armadas de Alemania, admitió, durante el Juicio de Nuremberg, que la " ... única razón por la que no habíamos sido derrotados ya ,en 1939, [fue] sólo porque alrededor de 110 divisiones francesas y británicas, desplegadas contra 23 divisiones alemanas durante nuestra guerra con Polonia en Occidente, permanecieron completamente inactivas".

 Todo eso, a pesar de las opiniones de quien en ese momento era Primer Lord del Almirantazgo y, poco tiempo después, Primer Ministro británico, Winston Churchill, quien, desde posiciones más realistas, creía que se debía establecer una alianza antinazi que incluyera a la Unión Soviética.

 Todo el año 1942 fue de continuo avance alemán en suelo soviético, sin embargo los generales alemanes se vieron enfrentados a una resistencia inaudita que tuvieron en la defensa de Leningrado y Moscú, sus valladares más reconocidos -pero, no los únicos- durante los primeros meses de la Guerra... hasta que los nazis fueron detenidos en Stalingrado y, definitivamente, derrotados en esa ciudad heroica, en febrero de 1943.

 Pero, la batalla no se libraba sólo en los frentes de combate: todos los pueblos de la Unión Soviética se implicaron, de una u otra manera, en la que, con justicia, han dado en llamar la Gran Guerra Patria. En el mencionado artículo, el presidente Putin recuerda: "En un año y medio, el pueblo soviético hizo algo que parecía imposible, tanto en el frente como en la retaguardia. Y todavía es difícil comprender, entender, imaginar los increíbles esfuerzos, coraje, abnegación necesarias para esos grandes logros".

 Stalingrado significó el inició de la contraofensiva. Sólo cuando se desarrollaba la crucial Batalla de Kursk, en julio de ese año, la mayor de la Historia en cuanto a aviación y tanques participantes, Gran Bretaña y Estados Unidos desembarcaron en Italia, por Sicilia. Si Stalingrado fue el inicio del fin, Kursk fue la confirmación de que la derrota alemana era únicamente asunto de tiempo.

 Sólo entonces los aliados occidentales se apresuraron a preparar un desembarco, para combatir a la Alemania desde el oeste, el mismo se vino a producir apenas en junio de 1944, cuando ya estaba a punto de comenzar la Operación Bagration, la mayor en toda la historia de la Guerra, con participación de 3.5 millones de soldados, 4.500 tanques, 6.500 aviones y 35.500 piezas de artillería, mediante la cual el territorio soviético quedó prácticamente liberado, dando inicio a la persecución de los alemanes hasta su madriguera, en Berlín.

De la Derrota a la Victoria examina el modo en el que el Ejército Rojo de la Unión Soviética ejecutó las operaciones militares en Europa oriental, desde finales de junio a septiembre de 1944. Resurgiendo de las cenizas de las vergonzosas y costosas derrotas de 1941 y 1942, el Ejército Rojo tomó la iniciativa estratégica a finales de 1942, consolidó sus éxitos en 1943 y se embarcó en una serie de ofensivas estratégicas en 1944 que pusieron a la Wehrmacht de rodillas y dejaron el camino expedito hacia la victoria total, en 1945.

 Según el Balance de la Guerra, publicado por el investigador holandés W. Van Mourik, para el pueblo soviético la Guerra significó la pérdida de 32 millones y medio de sus hijos entre soldados muertos o desaparecidos y civiles muertos en acciones de guerra. Estados Unidos tuvo 174 mil bajas, el Reino Unido 430 mil, Francia 240 mil y Alemania, casi siete millones. Estas cifras, por si solas, dan una idea del horror de la conflagración y del aporte que cada quien hizo para llegar al fin de la pesadilla.

 En cuanto al origen de la misma, el presidente Putin también dio su opinión: "Fue resultado de muchas tendencias y factores en la política internacional de la época. Todos los acontecimientos de antes de la Guerra formaron una cadena de eventos, fatal. Pero, por supuesto, el factor principal que predeterminó la mayor tragedia de la historia de la humanidad es el egoísmo del Estado, la cobardía, la indulgencia del agresor ganando fuerza, la falta de voluntad de las élites políticas para encontrar un compromiso".

 Las evidencias son claras, intentar falsear la Historia, o negarla, sólo se puede entender como el intento de crear las bases para redundar en los errores, como repetidamente se ha mencionada. En el caso de la Segunda Guerra Mundial como en el de la historia de agresiones contra América Latina hay actores comunes, siempre presentes: Estados Unidos y Europa, cunas de la destrucción y la muerte, de las violaciones más despiadadas a los Derechos Humanos, origen de las teorías y doctrinas más atrasadas y reaccionarias de la Historia, soporte de la agresión, la invasión y la intervención, progenitoras del irrespeto de la voluntad de los pueblos, precursores del avasallamiento de la dignidad, el honor y los principios.

 La tergiversación de la Historia sólo puede servir a oscuros intereses, que son expresión de lo maligno y lo retrógrado que, a su vez, manifiestan lo peor de la condición humana. Y ello está indisolublemente ligado al supuesto éxito del capitalismo como manifestación extrema del intento de imponer la verdad de una minoría sobre la verdad de la humanidad, que es la verdad de todos.

 

Sergio Rodríguez Gelfenstein



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