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Sobre mi amigo Jorge, sus padres y los años de la dictadura

Héctor Musto

16.07.2020

Ayer tuve una alegría enorme: me llamó mi querido Jorge Martinovic. Con él, compartimos un montón de cosas. Desde la militancia clandestina en el círculo de la UJC en Veterinaria (único círculo definido por dos puntos... en realidad, éramos una línea recta).

Más allá de las estrictas reglas de la clandestinidad, nos hicimos amigos, preparamos materias juntos. Y luchamos contra la dictadura, y contra nuestra incomprensión de cómo se elaboraban los quesos (nos resultó más fácil y entendible la primera). Recuerdo alguna pintada en los muros cercanos a la Facultad. Y dividirnos la tarea era fácil: uno era campana y el otro pintaba.

Cuando nos juntábamos con nuestro "responsable" (el gran "Aníbal") nos daba decenas de "Cartas", "Liber Arce", y tantos otros materiales... no teníamos ni idea de a quién darle ese material. La mayoría de las veces, lo dejábamos en el baño. Respetábamos tanto las reglas del buen comportamiento clandestino, que nos sentábamos juntos en los teóricos. Y hay uno que nunca olvidaré, que nunca olvidaremos. La clase era algo así como "tecnología de la leche".

El teórico esa sobre quesos. Jorge sacaba apuntes... yo jamás tuve esa habilidad. Habrá pasado una hora de la clase, cuando Jorge me mira y me dice, "Bo, te interesa esto". "No", le dije, "es insoportable... me importa un huevo cómo se hacen los quesos". "¿Y qué mierda estamos haciendo acá?", me preguntó. Nos empezamos a reir. Y nos fuimos de la clase. Fue mi último teórico en Veterinaria. Yo me fui exiliado en el 81, y él cayó en el 83. Pero nuestra amistad siguió. El, con su talento, mientras estudiaba Veterinaria arrancó en Medicina. Y, luego, al ser liberado, se recibió de médico. Y arrancó para el lado de la Ginecología.

Cuando fue liberado, allá a fines del 84, yo ya había vuelto... y seguimos militando en Veterinaria (aunque yo ya no daba exámenes... estaba solamente para militar en la UJC y en la FEUU). A la caída de la dictadura, él fue el primer delegado comunista por la FEUU al CDC. Jorge, un cuadro de primera. Seguimos siendo amigos, y entre sus enormes méritos, se cuenta el haber sido el ginecólogo que estuvo en el nacimiento de mis primeros nietos (mellizos ellos, Pipo y Nina).

Y lo hizo sin cesárea, cosa no habitual. Un fenómeno, desde todo punto de vista. Una parte muy importante de mi vida fue con Jorge. Y hoy me llamó. Nos reímos, como hacemos siempre. Lo solemos hacer de cosas distintas. Hoy fue de su infarto. Por suerte, está bien. Pero hay que sentirlo hablar. No sé en que país de Africa le dio el infarto y lo llevaron de urgencia a Sud Afríca, donde le hicieron, a corazón descubierto, 4 by-pass. Me dijo que en un momento, le dio un beso a Mandela... y se lo creo. Hoy me llamó Jorge. Un grande. Parte de mi historia, de mi presente, y, a través de mis nietos mayores, de mi futuro. Es un tipo como pocos. De repente un día, con gran respeto, estudiamos quesos y nos recibimos, ambos, de Veterinarios. Estoy feliz. Ayer me llamó Jorge Martinovic.

Pero también están sus padres...

Mientras militábamos con Jorge y estudiábamos, yo estaba dando mis primeros pasos como "pichón de científico" en el Clemente Estable. Era ayudante honorario. Y en el 80, debe haber sido en agosto o setiembre, me salió una beca de un mes para ir a la Universidad de San Pablo. Mi compañera de entonces (madre de mis tres hijos) estaba embarazada de nuestra primer hija, y la fecha para el nacimiento era mediados de noviembre. Pues bien, me fui para la USP.

A eso de las tres semanas que estaba allá, llega al apartamento que alquilaba un tipo veterano, flaco, bien trajeado, fumando. Con un acento medio extraño, me preguntó si yo era Héctor Musto. Le dije que si. Me dijo "me llamo Slavko Martinovic, soy el padre de Jorge" y me dio una carta (que las vueltas que dio para que me llegara, daría para otra historia). Estaba escrita por Jorge. En ella me decía algo así como "a vos te gusta la biología, acá no hay posibilidades, no te vas a poder realizar. Te recomiendo enfáticamente que te quedes en San Pablo, y ni vuelvas, no pienses en volver... acá los tiempos para la biología molecular pintan muy mal, y no vas a poder hacer lo que te gusta. Quedate. Quien te da la carta es mi padre, él te va a ayudar".

El mensaje era obvio: me estaban buscando y tenía que quedarme allá. Lo miré, y Slavko me dijo "no te quedes acá, vamos para casa", mientras encendía otro cigarrillo. No fue una sugerencia, fue una orden... y dada en un acento centroeuropeo. Obviamente, me asusté. Pero insistió... "vamos". Como yo sabía que la letra era de Jorge le di bola. Y me llevó, en taxi, fumando, a su casa. Cuando llegamos, prendió otro pucho, y me presentó a su esposa: "ella es mi esposa, Ruth, madre de Miriam y Jorge... y es traductora". Por qué me dijo el oficio de su esposa, nunca lo sabré. Cuando vi fotos de Jorge y Miriam me tranquilicé algo.

Para hacerla corta, me dieron un cuarto, me trataron bárbaro. Si bien estar en San Pablo, en casa de amigos, me venía bárbaro, estaba el tema del nacimiento de mi hija. Así que más allá de las recomendaciones (órdenes) de quedarme allí, resolví igual volver.

Y un día, acompañado por Slavko, fui a las oficinas de PLUNA y saqué un boleto de vuelta para Montevideo, para tres o cuatro días después. A partir de ese momento, Slavko (siempre fumando) insistió en jugar conmigo al ajedrez. Yo jugaba mal, y él realmente bien. Y me daba paliza tras paliza. Y Slavko siempre me explicaba mis errores. Y me aburrí... y en un momento le dije "perdone, pero ¿por qué insiste en jugar conmigo si siempre me gana y Ud. sabe que me va a ganar? Esto no sirve para nada". "Estás equivocado", me dijo. "El ajedrez es táctica y estrategia. Vos decidiste volver al Uruguay. Y cuando llegues, te van a llevar preso y te van a torturar mucho. Y para no hablar, tenés que aprender táctica y estrategia. Por ahora soy pesimista. No pensás... no tenés ni táctica ni estrategia. Mi ayuda es enseñarte eso: a pensar. Cualquier pieza que muevas, cualquier cosa que digas, tiene consecuencias. Pensar... hay que pensar. Te estoy enseñando". Y me siguió ganando, y explicando mis errores. Cuando me estaba por ir al aeropuerto me dijo "acordate del ajedrez".

Por suerte Slavko se equivocó, y no me llevaron en cana. Y pude estar en Montevideo cuando nació mi hija mayor. Pude estar y, tiempo después, militar algo hasta que me tuve que ir en el 81. Pero vaya este recuerdo, emocionado, a Slavko y Ruth, que en un momento jodido, me trataron como a un hijo, probablemente por ser amigo y camarada de Jorge y Miriam. Fueron unos gigantes. Partisanos en la lucha antifascista en Yugoeslavia durante la segunda guerra mundial, pero, casualidad entre casualidades, se conocieron en Uruguay. Haberlos conocido fue, y es, un orgullo. Y tuvieron dos hijos maravillosos. Slavko y Ruth, estén dónde estén, les mando un abrazo emocionado. Durante unas semanas, fui hijo de ustedes. Gracias, y descansen en paz. Y Slavko, seguro, sigue fumando.

Héctor Musto



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