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DECIMOTERCERA ENTREGA

Cuentos & versos en cuarentena

18.07.2020

Les presentamos los textos de Sergio Nicolás Mato y de Alfredo Fernández Vicente. Seguimos recibiendo textos en: uypress@gmail.com.  

 

Los textos de este sábado son:

Un poema sin título, de Sergio Nicolás Mato

"Alarma", de Alfredo Fernández Vicente

 

Sergio Nicolás Mato

Quién de nosotros

hubiera sospechado 

Que las paredes colgaban

de los cuadros 

Ni en los sueños más desterrados

Y desde el otro lado del océano 

Las golondrinas llegaban por telégrafo 

En pleno otoño

y se morían 

No fue suficiente

En el curso de alguna

de sus heladas sangres

perdí una sábana 

Y lo supe

Anduve entonces con su esqueleto

en el bolsillo del corazón 

Un día 

con polvo de huesos en la camisa 

quité el cuadro

Y descubrí un clavo.

Alarma

Alfredo Fernández Vicente

 

        "Alarma! La inseguridad...

        Todos morimos de miedo.

       Alarmalarma!. La inseguridad."

        

                             Alarma, tema del disco "432" de Fernando Cabrera.

 

Ojos de pájaro asustado

-"El es el vecino impar y, seguramente, se le va a presentar". Francés de origen como la propia Geraldine a quien le pagué el alquiler de su villa cerca del mar y me devolvió cien dólares que se me habían pasado desapercibidos de tan nuevecitos.

Aún no había hollado mi nuevo temporario hogar cuando, en el jardín de enfrente, la vi conversando animadamente con él. Me adelanté cruzando el pedregullo que crujía bajo mis pies. -"Mesié Caché", dije y le extendí la mano presentándome como su vecino por quince días.

"Le ha ganado de mano" y agregó: "Es hombre de leyes". Entre las cejas y bigotes grises, un resplandor  como rayo de sol asomando entre nubes haciendo brillar el dorso metálico de un escarabajo. Su perrita salchicha allá abajo, me olfateaba y, cuando le mostré mi mano abierta, estalló en ladridos neuróticos

Dos mujeres gordas y grises, una más vieja que la otra, conversaban cosas sin importancia con Geraldine. Caché comento "No sólo me ganó de mano sino que se me presentó como vecino por quince días... ", dicho con una sonrisa muy suya.

Sonia me dijo que, según conversaciones del verano pasado,  por esa zona el vecino más connotado era un policía jubilado. "Policía jubilado en el 21, represor en  el 20", le comenté.

Esa mala relación de mutua desconfianza entre abogados y policías; quizás Geraldine había hablado de más. Es muy de las mujeres el no hablar de menos, por más universitaria que es.

¿Qué seguirá pasando con M. Caché, a dónde nos llevará el relato? Nada quizás y mi lápiz deberá afilar la imaginación. O tendremos algún encuentro más significativo y, por ahí, inquietante. ¿Qué hace, qué ha hecho este hombre allí, con apariencia de abuelo jubilado y buen vecino con casa propia, en la playa bajo los pinares, con su parpadeo de pájaro asustado? ¿Llevará este relato, acaso, a un encuentro silbando en la iglesia, o al alerta  de una víbora bajo un banco del parque? ¿Qué tercero nos vinculará de alguna manera a modo de un ocasional zapatero remendón como el engendro de Felisberto en "El pájaro asustado"? ¿Querrá que me vaya sin consumir la quincena estival?  ¿Con mi pereza y mi disgusto, podré darle una respuesta fallida o, quedaré meramente pensando en él?

-"Decidí sentarme en el primer banco que encontré. Antes saludé a un hombre que estaba sentado en la otra punta. Él apenas me contestó; le quedaba un solo mechón de pelo encima del cráneo; sus ojos chicos, pero muy abiertos, parpadeaban a largos intervalos y lo hacían con gran rapidez; los movimientos de la cabeza también eran rápidos y parecía un pájaro asustado".  

Los túmulos verdes del jardín

Esta tarde Caché pasó caminando lentamente, como amortiguando sus pasos contra el amarillo pedregullo del camino. No miró para mi casa ni tampoco hizo ningún gesto significativo. Su vista se desviaba hacia las lomadas verdes engramadas de su jardín y, más rápido que la vista, bajaba sus ojos al camino. ¿Por qué desviaba su mirada atraída por los túmulos verdes?

Defendiendo a un jerarca policial de Minas, me había presentado a un amigo, tras almorzar en su casa. Eso fue antes de que fueran ambos procesados penalmente y presos. Era pequeño algo encorvado, de mirada turbia y huidiza, ojos de pájaro asustado, sí. Era Pajarito Silveira y me dio la mano, yo no sabía quién era.

Otra vez, en una empresa, mientras el dueño del frigorífico exportador, almorzaba un jugoso bife con el maridaje de una coqueta botella de tinto, me había presentado a su Jefe de Seguridad. Lo maltrató delante mío pero al otro no le importaba; al modo de méeme patrón, cágueme encima. Me comentaron que siempre portaba una pistola de alto calibre. También me dio la mano y tampoco sabía que era el coronel Gavazzo.

Por entonces los empresarios tenían Contador, Abogado y Coronel, éste último encargado de las relaciones públicas con los jerarcas castrenses de la burocracia oficial. En otra reunión casual en mi estudio hablaban sueltamente de sus cosas; comentaban que las guerrilleras eran peores y más duras que los hombres. "Que le habrían hecho ustedes para eso", no pude evitar el espontáneo comentario. Huyeron la vista y cambiaron de tema. Uno de ellos afirmaba con entonación de rígida certeza  que "la mujer no había muerto". Era Elena Quinteros y sabían que mentían. Se trasparentaba nítidamente que los desaparecidos estaban muertos aunque no les permitieran estarlo.

Esos ojos de pájaro asustado, esos labios apretados en línea recta y horizontal; esos hombros hundidos de Caché, los reconozco. Intuyo que no soporta que me le haya adelantado a presentarme y a darle la mano aun sabiendo quien es. ¿Qué esconde su chalet playero de burguesía burocrática o empresarial? ¿Qué se oculta bajo los túmulos verdes?

Hay días en las vacaciones del balneario cuando se recibe gente. Otros en que se sale y la casa queda sola aunque sea por parte de la jornada. Pensé en controlarlo, no para entrar a la finca sino para cavar en los túmulos verdes de su jardín, orlados de hortensias y de estambres extendidos de los hibiscos rojos como bayonetas ensangrentadas.-

Destellos sobre el lomo de un escarabajo

Tal vez Caché no sea un policía jubilado, ni un represor, ni un torturador, ni patotero, ni asesino, ni cobarde. Podría ser otra cosa. Todavía estoy tratando de averiguarlo. Lo único que por ahora tengo claro es que no se trata de un abuelo bueno, ni tan sólo artrítico, ni mucho menos, inocente.

Le advierto un aura inquietante, casi diría, siniestra. Lo siniestro es más inquietante que lo monstruoso; es el monstruo que regresa, esto es, después que escapamos, o simplemente se desinteresó de nosotros, regresa. La alarma después de la quietud.

Dice Sonia que es un empresario jubilado, pero no puede ser. Un empresario auténtico nunca se jubila, aunque cobre una o más jubilaciones. Siempre es un depredador de las majadas de dinero; un vampiro de los flujos monetarios; especulador y usurero. No desprecia ningún medio para su único objetivo de vida y de muerte. El negocio más lucrativo -no importa cual- será siempre su objetivo estratégico. La fiera depredadora nunca se retira.

Desde escolar juega a mover las albas tizas del pizarrón para jugar a mercader del polvo blanco. Y hasta fingiría olfatearlo sin aspirarlo, sólo soplándolo con una sonrisa abyecta. De grande, repetiría el gesto: no consumo, merco. Que trabajen los giles, que consuman los pobres de espíritu, yo comercio y acumulo capital.

Caché no está solo. Tiene un tercero, oscuro y delgado, que lo sigue discretamente como guardándole las espaldas. Hoy Sonia vio llegar el auto. El guardián abrió y luego cerró el portón. Caminó como contando los pasos hasta el contenedor municipal y arrojó allí una botella vacía de agua mineral, pero también una bolsita de nylon opaco.

"Desechos corrientes de compras en supermercado", dijo Sonia. Pero ella no sabe cómo se la gastan. La bolsita del disimulo, quién sospecharía cuerdamente de una común bolsita de abasto, restos de leche, migas de pan, quizás...

Pero el leve polvillo blanco no requiere mucho espacio, sólo necesita disimularse y qué mejor que tras objetos inocentes del cotidiano quehacer.

Si, definitivamente, Caché no es un policía represor sino un delincuente común. Lo cual no cambia demasiado las cosas. Pero no del común, de la élite delictiva, de la más lucrativa y dura, lo cual tampoco cambia mucho las cosas

Sigue siendo siniestro e inquietante. Sonia no advirtió como en la profunda obscuridad artificial de sus gafas, brillaba un fino destello. Sí, era un rayo de sol reflejando en el lomo metálico y movedizo de un escarabajo. Su rostro inalterable flasheaba de soslayo para mirarme furtivamente. ¿Qué quiere Caché conmigo, por qué me persigue?

Como "El Perseguido" de Horacio, en él destacaban los ojos de fijeza atónita y brillo arsenical, los sentía reflejar en mis pupilas.

-Continuaba caminando y pronto estuve a dos pasos detrás de él. Uno más y lo podía tocar. De pronto se me ocurrió que podría darse vuelta y la angustia me apretó instantáneamente la garganta. Pensé que con la laringe así oprimida no se puede gritar y mi miedo único, espantablemente único, fue no poder gritar cuando se volviera.

Me lanzó a los ojos una fugitiva mirada de soslayo. El loco asesino continuaba agazapado como un animal sombrío y recogido que envía a la descubierta a los cachorros de la disimulación.

A los pocos metros pisé con fuerza dos o tres pasos seguidos y volví la cabeza; Díaz se había vuelto también. Cambiamos un último saludo, él con la mano izquierda, yo con la derecha, y apuramos el paso al mismo tiempo.

Cuando bajé los ojos a él, me miraba. Hacía seguramente cinco segundos que me estaba mirando. Detuve inmóvil mi vista en la suya y desde la raíz de la médula me subió un tentacular escalofrío. En su mirada no había nada, nada fuera de su fijeza asesina. "Va a saltar", me dije angustiado.-

Trocitos de maní sobre rodajas de pan

Como destellos de sol filtrados entre el follaje que se mece, así pasan mis mariposas amarillas. Me reconcilian con los insectos, esos judíos de los animales.

Cuando me acerqué a esta reposera amarilla, en un hueco soleado, estaba habitada por un insecto con dorso de cucaracha y patas de araña. Con este mismo lápiz lo desprendí y arrojé al piso. Después lo pisé. Quedó una franja oscura contra las baldosas anaranjadas.

Después de todo es probable que Monsieur Caché no sea un narcotraficante ni un loco maniático. Cada mañana sale con su paso bamboleante fingiendo hacer mandados. Regresa con una bolsita de nylon opaco como si trajese pan, leche o bizcochos. Pero no se sabe lo que en realidad transporta, ni de dónde viene.

Considero que si trajese algún objeto siniestro lo portaría de la misma manera inocente. Por supuesto.

De todos modos, una nueva teoría veo con mis oídos, huelo con mis ojos, mientras mi palomita torcaza picotea las migas que le dejo en un pequeño plato blanco; picotea y embucha.

Ave gourment. Ahora le serví una rodaja de pan lactal con riego de maní tostado molido. Espero que le guste. Se lo alcanzo más cerca de mí. El maní fue un éxito, aquí está ella.

Sospecho que nuestro vecino temporal sea mucho más que un empresario jubilado y que un narcotraficante. Podrá ser todo eso, pero es algo más, sin duda. Su apariencia común e inofensiva de abuelito artrítico no me engaña

Lo he visto salir caminando con su tranco lento y fingidamente inseguro. Excelente disfraz para un móvil oculto. Sale por el camino que va a la Sierra. Esta mañana lo seguí disimuladamente, por momentos se detenía y fingía reconocer y juntar yuyos, carqueja, llantén, marcela, manzanilla y menta. El camino largo, hace una curva y deja el cerro a la derecha. Demasiado largo para un abuelo verdaderamente artrítico.

Al final del camino, pasando la escuela, un recodo y a la derecha está el portal. Observo de reojo mientras  me inclino para recoger una ramita en la canterilla con una margarita blanca, botón amarillo.

Mi paloma da vueltas picoteando pequeños insectos por el pasto pero siempre vuelve al maní. Llegó otra paloma pero la corrió a picotazos, con un sentido posesivo del lugar y de mí.

Los chingolos saltan al platito cuando la paloma no está, pero se disparan como flechas aladas cuando ella regresa a su plato con pan y maní.

Es un momento decisivo. Está en el portal, con el portero y los guardias de seguridad, conversan y se van como pericos para su casa. Qué fea expresión vulgar, ¿cómo lo diría mejor? Sencillamente como si fueran de la casa, la de un amigo o de un jefe. Digamos mejor, como paloma en su plato.

Detrás del portal, pasando la escuela, está la mansión del mafioso argentino preso, con sus guaridas, sus tejados y ventanillas que dan a las piscinas, al lago y a las verdes lomadas, como túmulos.

Detrás de un peculador están la represión, las drogas y cada crimen que imaginarse pueda. Su acercamiento a este lugar supera a las dos hipótesis anteriores. Lo he encontrado. Lo descubrí! Lo atrapé!

Ahora mi paloma me mira desde allí arriba y enfrente, desde la gruesa y rugosa rama de la vieja anacahuita, mientras estira su emplumada ala para picotear molestos piojillos y exhibe al sol su buche abombado y satisfecho.

Allá iba Mr. Caché, el correo del jefe, tal como ese casal de chingolos que teclean saltitos y estallan volidos  en torno a la paloma o más bien, al platito con pan lactal y trocitos de maní tostado sin sal, mi éxito gastronómico de la temporada.

Alarma! Alarma!

Arena más fuego, vidrio. Vidrio más azogue, espejo. El espejo es veraz y mentiroso. Devuelve fielmente la apariencia, pero esconde la realidad y, además, da una imagen invertida, la diestra a siniestra. El reflejo es igual pero no es real.

Hoy me asaltó una sensación desasosegante. ¿Y si en vez de estar espiando a Caché, fuera él quien me espía?

También yo había podido ver en Montevideo mismo, y por entonces, como salían del portón trasero de Garibaldi y Boulevard Artigas obreros de overol, estudiantes melenudos y prostitutas exhibicionistas, cada uno de ellos apto para camuflarse en realidades diferentes. ¿Por qué no en abuelitos artríticos de ojos hundidos y nariz aguileña?

Reconozco ese brillo fugaz de sol deslumbrante reflejado en el espejo metálico del lomo del escarabajo oculto entre la hierba. El reojo invasivo que me explora y registra. Mesié Caché me espía, me persigue.

¿Con qué objeto? En primer término, para descubrir si lo estoy espiando. Anunciado por Geraldine como un vecino comedido y conversador que vendría a presentarse sólo con pretensión de contertulio cotidiano, resulta que no se me ha acercado  y ni me habla, solamente me espía.

Soy un cazador cazado. Me he encerrado en mi propia trampa. ¿Soy esa gaviota blanca que aletea contra el viento del este en la playa y sólo consigue flotar en el mismo sitio; una nube más flotante en el azul?.

El espionaje puede tener por objeto una cosa,  quizás para robármela. Pero también su finalidad puede consistir en observar y registrar una relación del espiado con terceras personas o, sencillamente, en averiguar si merezco la pena ser espiado. Es inquietante ignorar cuál de esas alternativas sea.

Días atrás un coche bomba estalló en un cuartel de la autocracia oficial colombiana disfrazada de democracia. ¿Estará Caché preparando un atentado similar contra mí? Me veo saltando en pedazos y consumido por el fuego y mi viejo Renault Megane convertido en brasa refulgente en medio de las llamaradas.

¿O, simplemente, planea robarme mi paloma torcaza, el casal de chingolos o el maní molido sobre el pan lactal servido en el platillo blanco?

Deberé tomar medidas defensivas urgentes ante la alarma de inseguridad. ¡Alarma! O quizás anticiparme con un atentado violento y espectacular para adelantarme a su propósito, aunque para ello tenga que presentarme y extenderle mi mano. Represor, narco o maniático, en todo caso debo adelantarme pero sin advertirle ni perder la ventaja de la alevosía, aunque deba fingirme un vecino de vacaciones, un perseguido. Este es el final de Mesié Caché.

 

 



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