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Historias Reales. Capitulo 36. Guerreras en la calle

Juan Pedro Ribas

30.09.2020

Durante siglos la mujer ha sido oprimida por el hombre, desde el punto de vista religioso, político y económico.

Del religioso, cuando los hombres muy sueltos de cuerpo afirmaban que provenían de una costilla varonil y agotaban páginas proclamando la sumisión como un hecho natural y benévolo.

Desde el punto de vista político, no solo cuando las Monarquías y diferentes formas de gobierno, bendecidas o no por el poder divino, ignoraban sus derechos, sino en pleno  siglo XXI debieron entablar duras batallas por ejemplo por algo tan elemental como el voto que en el caso de Arabia Saudita, un símbolo de escarnio de la humanidad,  hace algunos pocos años se le permitió voto para las Municipales.

Y desde el punto de vista económico, cuando careció de las posibilidades de acceder a las grandes fortunas; en primer lugar por no poder trabajar y en segundo lugar por no poder acceder a las riquezas marginales, aquellas que están emparentadas con las armas y con las drogas.

Mujeres sublimes y preparadas a lo largo de la historia marcaron caminos que son luces encendidas para toda la humanidad y con mucho esfuerzo y sacrificio fueron ocupando espacios en un mundo agresivo e inhóspito.

Pero mujeres sencillas, fuera del mundo convencional y de las posibilidades mínimas, a su manera combaten, esquivan el sistema y soslayan sus parámetros; solo que las guerras no las libran como epopeyas que trascienden en poemas, ni son Amazonas o Walquirias que quedan en la historia por motivos heroicos, sino que luchan por la vida por el pan nuestro de cada día que no les envía el Señor y ese es su botín de guerra.

Una reina sin corona

Porque cuando caminaba por Palermo era literalmente eso y además había logrado una figuración destacada en uno de los concursos de  la "Reina de las llamadas".

Accedió a contarnos su historia con la condición de que ni siquiera podíamos describirla.

"Yo no me paro en ninguna esquina ni miro ni le sonrío a nadie, voy caminando a hacer mis cosas porque siempre estoy ocupada y siempre también algún auto se detiene y su conductor me invita a subir, le miro la cara y subo, o no, porque no soporto a los desagradables. Y subo cuando las calles están transitadas y se producen tapones, apenas me siento y sin colocarme el cinturón de seguridad, le digo "sos divino, debes tener algo muy interesante aquí" y me le tiró encima como para hacerle sexo oral.

El punto se desespera, me dice "¡estás loca!" "la gente parada en los semáforos nos ve" "hay inspectores" "todavía me van a multar".

Le digo entonces "cómprame una cerveza" entre para,  me da el dinero con gesto de dolor y de temor y luego respira con tranquilidad cuando vuelvo con la cerveza y con el cambio, que guarda apresuradamente en el bolsillo.

Traigo vasos y tapo el pico de la botella con los vasos y vuelvo a la escena manoteándole el pantalón y vuelve a desesperarse y me aleja, pero conseguí bajárselo, entonces toma rumbo a la Rambla.

Al pasar frente al conventillo, le digo "espérame que voy a buscar algo, vuelvo en dos minutos" y el punto espera, espera, espera con los pantalones bajos, la botella de cerveza y el vaso en la mano".

Cuando pasa el tiempo y decide irse, coloca la cerveza en el piso se sube los pantalones y se da cuenta de que no tiene un solo peso ni en el bolsillo ni en la chaqueta.

Nunca toque a nadie que no me gustara.

El cuento de la Tía

La encontré en la Cárcel de Cabildo, su porte no se adecuaba a la circunstancia, su pelo azabache enmarcaba un rostro bonito y simpático y sus ojos verdes e inquietos, su sonrisa contagiosa, no condecían con la miseria de una Cárcel.

La había conocido fugazmente años atrás, pero nada había cambiado.

"¿Cómo estás acá?"

"Es una larga historia, nuestra profesión era en el BPS, pero vine a parar acá"

¿Qué profesión?

"Y bueno tomábamos unas copas con los veteranos de billeteras gordas en los bares del alrededor, cuando nos querían llevar al mueble, le decíamos que teníamos que pasar por nuestra tía que nos esperaba en una esquina porque veníamos realizando tramites desde la mañana, el veterano obedecía sin chistar y cuando llegábamos al lugar privado, la tía decía "bajen y disfruten que los espero".

Cuando volvíamos al auto la tía ya tenía cualquier documentación que obtenía de la cajuela del auto y les decía: tenés que darnos cinco mil pesos porque si no vamos a la policía, ella es menor y además discapacitada.

Y bueno el negocio nos dio, nos dio, hasta que termine acá.

Yo tengo para unos meses más, la tía ya salió y lo está haciendo con mi compañera, una rubiecita con pinta de angelita".

"¿No me digas? Sabes que a mí me quisieron hacer el cuento".

¡No te puedo creer!

"Si me abordaron frente a mi casa".

"Pero mira si serán bichas que una vez pasamos por allí y yo les dije con el Señor de acá que tiene una camioneta blanca, no se vayan a meter que es muy bueno".

"Bueno se metieron".

Tiempo después concurrí a la Jefatura, puesto que las habían detenido y me citaron para devolverme un carnet.

Yo no formule denuncia, pero había una cola de damnificados que sentados y resignados, esperan sus documentos, todos en silencio, salvo un buen samaritano que refunfuñaba y reclamaba por la impudicia de las guerreras de modo tal que a cada momento crecía su cólera que seguramente no pararía con la cárcel de las chicas sino que un poco más la silla eléctrica y todavía el infierno cuando dejaran esta vida.

 

Del urbano al rural

Caminaba más de treinta cuadras por la zona de las quintas para llegar al liceo, con su tabla y su funda azul al hombro y la mochila a la espalda.

Con un tono de tierra adentro y cachetes sonrojados "mi novio se horrorizó y me dejo, él quería acostarse conmigo y yo le explicaba que era virgen.

Un día que estaba más insistente, le pregunte que si hacia lo que él quería, que me daba, me contesto, te doy mi amor y yo le dije que garantía tengo de lo que es tu amor y si la tuviera, eso no te cuesta nada, en cambio yo perdería mi virginidad y eso duele así que tenés que darme algo que duela, por ejemplo dos mil pesos, si me das eso yo también te doy mi amor.

Se fue.

Con el tiempo y con una virginidad discutible encaro diferentes invitaciones de diferentes hombres, desde el que decía "no puedo darte plata, seria manchar nuestra relación", al que decía "no ando con dinero encima, solo tengo mi tarjeta".

"Yo no estoy por la plata, soy una empresaria, cómprame huevos, ración para gallinas, pollo así me apoyas en mi emprendimiento en la chacra, y eso lo podes hacer con tarjeta".

Pronto creció la chacra, lechones, algún cordero y hasta una vaca lechera.

De este emprendimiento disfrutaron hasta sus hermanos y sus padres.

Un día, con apenas más de veinte años, paso un comunicado, "un hombre me regalo flores", trascartón, un segundo comunicado, "Me casó, cambio el teléfono y si me ven por la calle ni siquiera me saluden".

De todas maneras, me aclaró "y si mi marido quiere que me quede en casa a lavar los platos y hacer las tareas del hogar, me voy a fijar un sueldo de gerente y registrarlo en el BPS".

 


Que se embromen, ellas saben lo que hacen

Fin de semana largo, en el bolso con los tacones, los mejores vestidos y el maquillaje, en el viaje en el colectivo a Punta del Este, vaquero y zapatillas.

La mayor, Clara, con casi veinte años dejo a sus pequeñas hijas a cargo de su madre.

Había intentado abandonar el oficio y para ello consiguió un trabajo de mala muerte, mal pago y un grueso consumo de horas.

Era tal el mal humor del marido, suegro y familia, que decidió encuentros ocasionales que con pocas horas le redituaban casi el sueldo de una limpiadora.

En la Terminal, se encontró con Luisa y Laura, que apenas habían pasado los quince y que oficiarían de compañeras de ruta, entablaron el diálogo de siempre, intercambiaron anécdotas y se comprometieron para encontrarse a la noche en la fiesta VIP.

Laura iba a casa de sus padres, una monumental residencia a una cuadra de La Mansa y llevaba a Luisa que había dormido en su casa de Carrasco para embarcar juntas y evitar el viaje desde La Teja a temprana hora de la mañana.

Clara en cambio, galguearía por Gorlero, recorrería el Conrad, matando el tiempo hasta la llegada del encuentro festivo, si no era invitada a un "snack", recurriría a los sándwiches y el agua mineral que llevaba en su mochila.

El plan de Laura y Luisa era sencillo, muchas horas de playa y luego a la fiesta más importante de la temporada.

Ambas parecían del mismo origen, pero Luisa tenía el toque de la calle, picardía, simpatía y un don especial para escuchar a los hombres con atención y demostrando interés aun ante las mayores estupideces.

Así fue que a la noche nuevamente se reunieron las tres, cundo la música y el alcohol se apoderaban de los presentes, Laura con cara picara les dijo, "ven aquel señor que está conversando en la barra, en un momento y muy disimulado me dio esta tarjeta para una fiesta que es más que esta".

¿Y van a ir? le pregunto Clara, si vamos y tú venís también "pero yo soy mayor, ¿me dejaran entrar?" "Venís con nosotras".

El problema dijo Laura, que la mansión es imponente pero está alejada, no tenemos auto para llegar y no podemos llegar caminando, el señor me dijo que nos van a dar mil dólares a cada una, "¿qué les parece si juntamos lo que nos queda y vamos en un remise?".

Al llegar, entraron desenvueltas y dominadoras de la situación, lo agraciado de sus siluetas y la juventud las proyectaba como propietarias de la noche.

El humo, el cambio de luces y la música tenue, disimulaban que sus perfumes y sus maquillajes no calzaban los puntos de las verdaderas anfitrionas.

Y ya casi al comienzo, entre gente que elegantemente departía y compartía un trago, algunos adelantados ya lucían  desnudos, desnudas o semivestidas, bailaban, hombres con hombres, mujeres con mujeres y hombres con mujeres acoplados por acompañantes.

Al final de la madrugada con paso vacilante fueron Laura, Luisa y Clara, atrás, a reclamar los dólares prometidos, pero el hombre les dio mil dólares y le dijo que era para las tres.

Luisa no protesto pero a Laura la alcanzo un berrinche e histérica, pataleo, grito y armo un escándalo.

Terminaron en la carretera tiradas, golpeadas y violadas por los patovicas.

Apuntaron su caminar a las distantes luces de la ciudad con las ropas y las almas maltratadas, lentamente se acercaban a un puntito luminoso, el puntito luminoso era un cigarro detrás del cigarro, una señora entrada en años y en carnes que esperaba con impaciencia que algún auto se detuviera.

"Buenas noches señora", le dijo Luisa "no buenas mija, no hice un peso para comer".

 Quizás tiempo después, estas mujeres al leer la prensa o mirar noticieros, agradecerían a Dios, porque en esos días más lejos, a las orillas de un arroyo, una casi niña encontró la puta muerte.

"Cuentan que un sabio un día, tan solo y mísero estaba que solo se sustentaba de las hierbas que comía, habrá otro para sí decía, más pobre y mísero que yo y la respuesta encontró al volver la cabeza viendo que otro sabio comía las hierbas que el arrojo" Calderón de la Barca - "La vida es sueño".
Juan Pedro Ribas



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