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El “servicio sexual” y la seducción de los poderosos

Carlos Pérez Pereira

13.11.2020

Los móviles últimos de los protagonistas de abusos sexuales a menores, las excusas de los traficantes del sexo y la perversión de los sentimientos humanos, que transforman al acto sexual en "servicio" de "trabajadoras sexuales", tienen auditorio aliado y palmas elogiosas.

Sus abogados defensores no están solos, los apoya una recua de pensadores y ejecutores de poderes de seducción, algunos de ellos con fama universal. Gracias al cielo, nuestra Fiscalía no se aviene a pruebas literarias, sino que se ajusta al derecho positivo de la República.

La literatura, así como algunas historias de vidas estelares, proporcionan ejemplos flagrantes de situaciones de abordaje sexual de personas mayores (generalmente hombres) con niñas o niños en condiciones de indefensión y desigualdad, en relatos edulcorados por plumas brillantes y por la destreza del autor de dorarnos la píldora, de modo que los lectores desprevenidos, o sumisos, aceptemos como grandes conquistadores a perpetradores de delitos aberrantes. Podríamos hacer un listado de obras, o de biografías de famosos, donde se relatan estos actos, elevados a la categoría de obras cimeras, pero bastaría con citar a la celebrada "Lolita" de Vladimir Nabokov (llevado al cine en varias versiones), o los relatos de violaciones conjuntas a jóvenes (varones y niñas) contados, con pretensiones de vanguardistas de revoluciones sexuales, por la pareja Sartre-Simone De Beauvoir. Pero como esa no es la pretensión de este artículo, nos quedaremos con el ejemplo, cumbre, del "Fausto" del alemán Johann W. Goethe (1749-1832)     

 En esta conocida obra, el protagonista, Doctor Fausto, profesional prestigioso, hace un pacto con el Diablo (Mefisto) y logra convencer a Margarita, una niña (inocente, ingenua, virgen), para que salga de su mundo opresivo, de pobreza y expectativas frustradas, y se rinda en sus amantes brazos como forma de liberarse de su desgraciada vida. Es un amor entre comillas, aunque Goethe no lo describe como tal. En realidad el Doctor no siente ni siquiera ese "amor" por la niña, a quien cautiva (en realidad compra) con joyas y vestidos caros, proporcionados discretamente por Mefisto, sino que el móvil de su accionar (potenciado con pócimas rejuvenecedoras especiales), es el "desarrollo" de su ego de burgués poderoso, en títulos, en riquezas y en prestigio entre las elites en las que se formó. Recordemos que el laureado autor de la obra provenía de una poderosa familia de la burguesía alemana. No escasean los psicoanalistas irreverentes que ven allí, en el Doctor Fausto a un Alter-ego del propio Goethe. Pero ese no es el tema que nos interesa abordar.

En el capitalismo industrial incipiente del siglo XVIII (en lucha por salir del Medioevo), la poderosa clase que hacía funcionar todos los mecanismos de dominio, facturaba los costos del desarrollo a todos los sectores sometidos a su poder. El Doctor Fausto y su patrocinador, Mefistófeles, se constituyeron en el emblema del modernismo dieciochesco-decimonónico (Goethe escribió esta obra durante 60 años, desde 1770 a 1830), lanzado al siglo XX con la enérgica producción de los sistemas imperialistas globalizadores. En esas condiciones también se potenciaron el Bien y el Mal de la moralidad de raíces religiosas y otros dúos en conflicto dialéctico, promotores del desempeño irrefrenable de las fuerzas productivas y culturales de la modernidad actual.

Fausto es tan diabólico (y tan auto-impune) que no siente culpa ni responsabilidad por llevar a la locura primero (y luego a la muerte) a Margarita, quien cae presa por asesinar a su propio hijo, acosada por la sanción social, inmisericorde con las "putas arrastradas" que ya no les son funcionales. Pena de muerte a la rebeldía contra la pobreza, encauzada por el camino de aceptar promesas de buena vida y viajes por paraísos terrenales. Pena máxima a una niña que, sin tener libertad de elegir, porque la alternativa de seguir siendo pobre no era la mejor, y satisfacción morbosa de una sociedad (la medieval) agonizante, víctima de su propia ineficacia para sobrevivir a los cambios. Goethe no redime a Fausto con su arrepentimiento, por el contrario naturaliza su conducta con su impresionante confesión de impotencia ante la disyuntiva planteada por Mefisto: "¿Y qué podría hacer yo?"-se pregunta, a la vista de la tragedia de Margarita. Fuerzas superiores a sus escrúpulos lo conducen al trágico, pero justificado, desenlace. En esa frase, y en la vivencia individual de un solitario triunfante y a la vez vencido, está la explicación (como una Caverna de Platón) del costo del desarrollo de las fuerzas productivas de avance implacable, a ritmo de topadoras del progreso social. Está toda la doctrina del sacrificio de las víctimas y hasta de la misericordia que claman los victimarios, por su papel de verdugos de otros, de los que sirven de pie y de escalera para su ascenso y el incremento de sus riquezas. Pero victimizar a los victimarios no es el único recurso de la opinión pública. Hay otros peores, que nos negamos a reproducir. Hace un tiempo el número uno de una banda de rock, entre aplausos de sus fanáticos y fanáticas, largó uno que bien podría ser utilizado por defensores de abusadores de menores en los estrados judiciales. O quizás descubramos que ya se utilizó, si sabemos leer las entrelíneas de las noticias.

Se escuchan, públicamente o no, dudas y afirmaciones nada extrañas sobre las víctimas en estos delitos, que salieron a luz recientemente en Uruguay. Algunas como éstas: "Las chicas, aunque menores, eran prostitutas y sabían lo que hacían, vendían su servicio sexual" "Eran trabajadoras, como cualquiera de las que hacen el mismo trabajo. Entonces, si por ser menores tuvieran una habilitación de sus padres para trabajar, nadie podría objetar nada". O ésta: "Lo mejor sería bajar la cantidad de años para alcanzar la mayoría de edad. Hay tanta gente que pide que voten a los 16 y hasta a los 14 años, o que sean imputables a esas edades ¿Por qué no aceptar que ofrezcan servicios sexuales a los 13 o 14 años?"

Pero no se trata solo de ver todo como la prestación, a precio de mercado, de un "servicio sexual", ni tampoco de "trabajo sexual". Cierto es que el rey Midas al revés del Capitalismo envilece todo, transformando hasta los sentimientos en "recursos utilizables" (y no bienes disfrutables) pasibles de asentamientos en libros de Contabilidad. Si transforma a la fuerza de trabajo de los seres humanos en mercancía, a la que le ponen un valor (a veces negociados en Consejos de Salarios) poco ganaríamos con pretender que los "servicios" sexuales de las mujeres (o de hombres) evadieran las reglas del sistema. En tren de mercantilizar a todo lo que se mueve o siente, hacer de las mujeres y el sexo un "servicio", no le duelen prendas. Y nosotros, la izquierda, repetimos, hasta con ingenuidad (porque no quiero calificar de complicidad), esa terminología degradante.

El reino de la necesidad y el reino de la libertad.

El sexo es un componente de la naturaleza de los seres vivos y básicamente tiene una función reproductora como mecanismo eficiente de la preservación de las especies. Eso es lo elemental. En el devenir de los tiempos la cultura humana lo ha integrado a espacios (físicos y espirituales) de bienestar, de satisfacción, de relacionamiento empático entre personas, condimentos tan válidos como cualquiera de otras manifestaciones culturales que producen placer de vivir. El sexo, como todo sentimiento o expresión humana, para ser ejercido libremente, no debe (ría) estar condicionado por la necesidad. No debe (ría) estar impulsado por deformaciones, envilecimientos, alienaciones de mujeres y hombres. Y mucho menos si son niñas o niños con su personalidad en formación. Es decir: no queremos Faustos, pero tampoco Margaritas. Quienes salen a buscar "servicios sexuales", lo hacen por necesidad, no por libertad. Y las trabajadoras también lo ofrecen impulsadas por necesidades económicas, y porque el propio sistema capitalista crea necesidades y luego busca satisfacerlas, aunque sea a costa de la degradación de unos seres por otros. Detrás de esos hombres que salen a buscar "servicios" para atender sus urgencias glandulares, hay toda una historia de privaciones, de deformaciones, de falta de educación sexual, de machismos, de conductas y acciones de relacionamiento inter-pareja con fuertes componentes patriarcales familiares y de tratamiento a otros seres como objetos de deseos y no como sujeto de tales. (¿Nunca escucharon la frase: "quieren hacer con las putas lo que no hacen con sus mujeres en su casa"?) El trabajo en general, en la sociedad capitalista, es el más alienante de los actos en que los y las trabajadoras son sometidas, pero el "trabajo sexual" es doblemente alienante, sobretodo el ejercido por las mujeres.

Hay condiciones en el actual sistema que no permite cambiar de inmediato sus fundamentos, y solo podremos aliviar los efectos deformadores que provocan. El simple trabajo de cualquier trabajador ya es denigrante de su esencia humana, desde que se ve obligado a vender su fuerza de trabajo, enajenar el producto de su actividad y contribuir (objetivamente) a la reproducción del sistema de explotación general. Cambios parciales y aproximaciones a un futuro mejor se logran con las luchas de los y las trabajadoras. Eso es una cosa. Pero el "servicio" vendido por una "trabajadora sexual" es mucho más que una simple explotación laboral, pues además propicia la denigración de la mujer y la peor de las enajenaciones. Como en los casos de la liberación de la prisión del sistema de patriarcado, también debemos liberar a la mujer de aquellas necesidades que surgen de otras necesidades, que la hacen doblemente sometida. Lo que deberemos lograr es que el acto sexual (no el "trabajo") tienda a ser percibido no como un "servicio", sino como el ejercicio libre de una personalidad humana desarrollada, física y mentalmente, porque las condiciones de su calidad de vida mejoran. Y si la calidad general de vida mejora, en los proyectos de la izquierda será para toda la sociedad y desde todos los puntos de vista. En donde los bienes dejarán de ser "recursos" contables, y en la que tenderá a abolirse el "servicio sexual" que transforma a la mujer en objeto, en una doble aplicación del machismo patriarcal. Propugnemos, cada vez más, para que todos y todas podamos vivir cada día con más libertad y no con menos necesidades insatisfechas, sin esperar a que arribe, quién sabe cuándo, la utópica sociedad "del pan y de las rosas" para liquidar con todas las desigualdades. En el "mientras tanto", tratemos de no reproducirlas, porque entonces estaremos contribuyendo a que el camino a recorrer sea más difícil.  

Carlos Pérez Pereira



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