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MOVILEROS

Plaza Cagancha: Símbolo de la ciudad nueva

14.07.2011

MONTEVIDEO, 14 Jul (UYPRESS/ Mabel Moreno) - La visión de una antropóloga cultural y social sobre uno de los emblemas urbanos de esta capital a través del servicio de movileros.

Hubo dos factores fundamentales para que en esta plaza no se cumplieran las mejoras que pedía el notorio adelanto urbano de la ciudad y ellos eran el desnivel natural muy pronunciado del terreno que exigía obras más complejas y costosas y la calidad de grandes terratenientes concurrente en la mayoría de los vecinos cuyas propiedades la circundaban.

En la relación de trabajos presentada por la Policía a mediados de 1840, aún con funciones de Policía Municipal, figura una partida de 700 carradas de basura y tierra con destino “al primer zanjón sobre la plaza Cagancha”. De esa forma se fue rellenando las diferencias de terreno y también los pantanos existentes, aún sobre l8 de Julio. La calle Queguay (Paraguay) estaba obstruida por uno de ellos, y luego por la calle Ibicuy cubierta de profundas y peligrosas sinuosidades, que con el tiempo se fueron nivelando, entre otros existentes.

En un largo viaje retrospectivo por la plaza, siguiendo a Fernández Saldaña (1939), comenzando por el terreno de triple frente de l8 de Julio, Queguay y la plaza es la manzana No. 60 y se ubica sobre el S.W. de la misma. Fue propiedad de José Estévez y cedida luego a Samuel Lafone. Más tarde funcionó la ruinosa Barraca de Caprario convertida de barraca en el barracón denominado “Circo San Martín”, que subsistió hasta que en la época de Reus se dio comienzo a la casa de apartamentos, llamada Palacio Jackson, que fuera sede del Palacio Municipal y luego sede del Ministerio de Obras Públicas hasta su demolición. Esta finca fue mandada construir por Francisco Gómez para su residencia particular , quien no llegó a ocuparla. La crisis de 1890 lo encontró cuando el piso bajo apenas llegaba a dos metros. Adquirido en tal estado por A. Heber Jackson, tampoco su nuevo propietario pudo ver el término de la obra. Un día en que lo visitaba y se hallaba en un piso alto, dio un paso en falso, precipitándose hacia el sótano y perdiendo la vida en el accidente. Fue terminado hacia el fin de siglo y conservó hasta su demolición el nombre de “Palacio Jackson”, sustituido por el “ Edificio Torre Libertad. Intermedio” del Arquitecto W. Pintos Risso, 1987.

Siguiendo hacia la esquina Oeste de Ibicuy, había unas grandes cuadras o depósitos techados con teja de canalón, donde tuvo su cuartel la Escolta Presidencial, los que permanecieron en pie hasta que la Caja Internacional Mutua de Pensiones, levantó un edificio de varios pisos, luego ocupado por la empresa O.N.D.A. y hoy perteneciente a la Suprema Corte de Justicia, donde funciona el edificio “Palacio de los Tribunales”, con el bar en planta baja del mismo nombre.

En el ángulo S.E. manzana Nº- 69, donde funcionó el comercio “Kilómetro Cero” , hoy la “Cooperativa ACAC”, en la época en que la plaza era una pista de carreras estuvo instalada la casa de Ignacio Pereyra. Luego, viene la etapa de barracones y casas en mal estado donde funcionó, alrededor de 1940, el Gran Café Ateneo, de los hermanos Gil. Allí siempre había mucha gente, murmullos de asistentes, tangos, donde actuaban no sólo profesionales, sino jóvenes cantores que intentaban hacerse conocer. En el sótano, con mucho humo y olor a tabaco, estaban las mesas de carambola, carolina y casin, ocupadas día y noche. Venía luego el Bowling con cuatro buenas canchas, con entrada por la plaza y por Cuareim, siendo su propietario Turnes. Luego, el edificio de “El País” compartido con “El Plata”, de Juan Andrés Ramírez, ambos con letreros en su frente y ya con el edifico actual. A continuación y con frente a Ibicuy (Pasaje de los Derechos Humanos) se ubicaba el Palacio Piria, sede actualmente de la Suprema Corte de Justicia.

Hacia el Norte, frente al Circo San Martín, rumbo a la rinconada N.W., es la manzana No. 59 (hacia el Mercado de los Artesanos de hoy día) y el local donde el vasco José María Iparraguirre estableció en 1861 su fonda “El Árbol de Guernica” (Guernikako Arbola), fueron demolidas las construcciones a principios del siglo XX y eran las que habían subsistido desde época anterior a la Guerra Grande, hoy ocupada por un edificio de apartamento y en su planta baja el Banco Bandes Uruguay.

Esta manzana fue en un principio propiedad de José Estévez y luego cedida a Samuel Lafone.

Es de destacar que, el vasco Iparraguirre era poeta y músico, nacido en Villareal de Urruchúa el 12-8-1820 y muerto en la villa de Gaviria el 6-4-1881, vivió 20 años en Uruguay, en una especie de silencioso y voluntario destierro en tierras de Soriano, convertido de bohemio andariego en criador de ovejas. Dentro de sus múltiples actividades está la puesta del café con un dinero prestado por un compatriota vasco, situado en nuestra plaza, en dicha rinconada y mirando al Este. Fue el centro de una extensa y alegre clientela y de reunión de vascos, que consumía más de lo que pagaba.

Hacia el extremo N.W. se encontraba la fábrica de caños de Ossola, con paredes muy húmedas y con una sola entrada, por un rústico portón por Ibicuy (hoy Rondeau ). En este predio se levantó el magnífico Palacio Golorons, hacia principios del S.XX, el que fue demolido a partir de noviembre de 1947. Éste tuvo un particular papel en la historia edilicia montevideana, por cuanto, completó el cuadro de edificación de nuestra plaza, sustituyendo con su alta fachada, sus torres y balcones, el feo barracón de sucias paredes propiedad de Ossola. Hoy se ubica allí un edificio de apartamentos , encontrándose en planta baja la sucursal del correo privado “Tiempos-Sucursal Pza. Cagancha” y el Pool y Pub “Las Vegas” y el cine Plaza.

Completamos la plaza con la manzana No. 70. Hacia el ángulo N.E. y desde el actual Museo Pedagógico hasta l8 de Julio había y continuó por

un tiempo aún, un conjunto de casas en mal estado, eran de alquiler, con muchas puertas, propiedad de los Montero. En la esquina con l8 de Julio, en la época en que la plaza era Plaza de Frutos, estuvo la casa de Mario Méndez. Luego, allí mismo estuvo el comercio El Volcán, con un gran letrero. Estas casas de los Montero, tal vez por su proximidad a l8 de Julio, ajetreada y espaciosa vía de tránsito, pasaban un tanto desapercibidas su ruinoso estado.

Entre las casas de Montero y el local del Volcán existió una cervecería. Donde fue el local El Volcán y en el predio de los Montero se levantó luego el edificio de Iglesias-Montero, en 1920, en cuya planta baja funcionó el café Sorocabana, inaugurado en 1939 y cuya época de mayor esplendor se ubica en la mitad del siglo XX, con períodos de decadencia y de esplendor. Hoy, la planta baja de este edificio está ocupado por la “Heladería La Cigale” (en la proa) y un bar llamado “La Biennale”, sobre la plaza.

Las fincas ruinosas de los Montero, que daban muy buena renta, especialmente cuando la plaza fue Mercado de Frutos, se habían incendiado varias veces, pero eran luego prontamente reconstruidas y los bomberos estaban cerca, en Queguay y Soriano.

Siguiendo hacia el Norte, en el solar actual del Ateneo, había un recreo con glorietas y enredaderas que se llamó, entre otros, “El Estampido”, era el punto de reunión favorito de los serenos que iban a tomar turno en el Cuartel de Bomberos. Había allí despacho de bebidas al aire libre, con juegos como el del sapo, cartas y otros.

El Ateneo inaugurado el 18-7-1900, pertenece a la lista de hitos de la ciudad en expansión y a 7l años de trazada la ciudad nueva. El proyecto arquitectónico fue realizado por los Arq. Julián Masquelez y José Ma. Claret y hacia l895 el arquitecto español Emilio Boix y Merino realizó importantes trabajos de consolidación del edificio y la nueva fachada.

Con este enorme edificio de líneas severas y llamativa cúpula se saneó también lo restante de ese sector Norte, enfrentado al Palacio Golorons, que en realidad debió ser Palacio Bellmont. Su constructor fue el comerciante catalán Carlos Bellmont Golorons y en atención a que su apellido paterno era Bellmont, debió llamarse así al palacio, pero los montevideanos prefirieron llamarlo Palacio Golorons.

En toda su extensión el Norte de la Plaza conspiró, como ninguno otro, al desarrollo, progreso, estética y hasta la limpieza de la plaza.

La memoria de la Comisión Municipal de Obras Públicas, que presidía Enrique Platero, en 1876-78 lo expresa en forma por demás elocuente:

“La Comisión se preocupa de estudiar los medios que más convengan para hacer desaparecer las paredes levantadas al Norte de la plaza…”.

“Mientras existan en esta forma sirviendo de amparo para ocultar el vaciadero de inmundicias que allí se depositan, el paraje carecerá de las condiciones esenciales para desempeñar el destino de un recreo ameno. Su ornato se afea lastimosamente con ese espectáculo impropio”. Y agrega que para salvar las diferencias de nivel “es indispensable recurrir a la formación de gradas iguales a las que comunican con la calle Ibicuy, que rodearían la plaza por ese costado Norte y extendidas hasta esos dos extremos…”

La tarea de los ediles fue reñida. Hay constancia en los archivos municipales como algunos propietarios del lado Norte, obligados a demoler un cerco que se venía abajo, pleiteó el valor del mismo, el retiro impuesto como línea de edificación y hasta la ochava reglamentaria de la época.

En l877 la Junta Departamental intimó a los propietarios la construcción de las veredas de sus predios por ser “una necesidad apremiante”. Al mismo tiempo, emprendía la Comuna, el enlozado de algunos cuadros interiores en la confianza de que si sobraran piedras de cantería de las provenientes de la demolición del Fuerte San José, se destinarían las suficientes para concluir la parte faltante.

La significación de la Plaza Cagancha

Nos dice José Enrique Rodó: “La ciudad puede ser grande o pequeña, rica o pobre, activa o estática, pero se la reconoce en que tiene un espíritu, en que realiza una idea y en que esa idea y ese espíritu relacionan armoniosamente cuanto en ellas se hace, desde la forma en que se ordenan las piedras hasta el tono en que hablan los hombres ….”

Y lo mismo podemos decir de nuestra Plaza Cagancha. Ella es el resultado de un entramado social armonioso en el que adquieren gran importancia los protagonistas que le dieron y le dan vida -tanto los diferentes gobiernos municipales como los profesionales arquitectos, paisajistas, botánicos y hasta los jardineros y los limpiadores- que van turnándose a lo largo del tiempo para acondicionar su espacio. Pero un espacio y un tiempo sin significado no tienen sentido. Por eso a aquellos se unen los usuarios que son los que la significan diariamente con sus sueños, sensaciones, juegos, percepciones, experiencias y vivencias. Así tenemos su tridimensionalidad: espacio, tiempo y significación, son los componentes de su simbolismo. Ella es el resultado de esas dimensiones de ahí su tridimensionalidad.

Pero la plaza es también un corazón que purifica la sangre arterial de la ciudad, vista desde arriba en una visión panorámica, es ojo que parpadea en el movimiento de sus árboles o en la reverberación de su pavimento.

La plaza no es sólo un lugar público de encuentro, de sociabilidad, de desarrollo de la vida cotidiana, de esparcimiento, un lugar con vocación de reunión, es fundamentalmente un ejemplo de realización colectiva que con sus conquistas la ciudad que la acoge, Montevideo, va tejiendo a través de su historia. Y vaya que sí la plaza es un buen ejemplo de ello.

Nuestra Plaza Cagancha es protagonista por sí misma del desarrollo urbano y su espacio está cargado de la memoria colectiva de casi dos siglos, de quienes por ella pasaron, vivieron y soñaron. Por tanto, es dueña de un patrimonio intangible formidable. Une en sí, en la naturaleza de su espacio, el espíritu y la voluntad de existir y el espíritu de generaciones pasadas.

Ella es centro y símbolo de la Ciudad Nueva, porque nace con ella y porque alberga el espíritu de generaciones pasadas y la idea de un Uruguay muy grande que otras generaciones soñaron, quisieron, trabajaron y que simbolizaron en su estatua de La Paz, saeta que apunta a la profundidad celeste, ubicada cual una aguja en medio del desierto, pero en el lugar más aparente de la cuchilla y lo que es fundamental, en consonancia con su espíritu guardián que determinó su espíritu emprendedor y su esencia.

Esta plaza une en sí el “Espíritu del Lugar” y el “Espíritu del Tiempo”[1] de ahí su armonía. Esto hace de ella no sólo la mejor ubicada, sino también la menos comercial y la más acogedora de las plazas montevideanas, por eso siempre es centro, así sea de festejos, de encuentro de enamorados, de protestas o actos políticos y aún va a más en busca del 2029 para festejar su segundo centenario como antaño, con fiestas, flores, eventos y arcos de triunfo. -


[1] Los conceptos de “Espíritu del Tiempo” y “Espíritu del Lugar” han sido empleados -tanto en el campo filosófico como en el lenguaje cotidiano- para significados distintos a lo largo del tiempo. “Espíritu del tiempo” o “de la época” provienen de la palabra alemana “Zeit” (del tiempo) y “geist” (espíritu) y con ella, Dilthey filósofo alemán con influencias del romanticismo, característico de la filosofía alemana idealista defines del siglo XVIII y principios del XIX y la positivista, consideró que debía investigarse porque es aquello que actúa sobre todos los individuos en una época y se manifiesta en todas las obras de la cultura, constituyendo su rasgo peculiar. “Espíritu del lugar” deriva de la concepción romana del “genius loci” la cual planteaba que cada lugar tenía un espíritu guardián que determinaba sus características y su esencia, de ahí que sea esencial el buen relacionamiento de ambos.

Mabel Montero

Antropologa social y cultural



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