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Racistas y fiesteros

Soledad Platero

29.01.2013

Primero fue la “marcha de las motas” en repudio a la agresión sufrida por Tania Ramírez. Luego la iniciativa de la Casa de la Cultura Afrouruguaya en pos de que la Real Academia Española “revise la permanencia” de cierta expresión en su diccionario. Ahora el Instituto de Derechos Humanos reclama celeridad de la Justicia y asegura que en el caso de Tania hubo delito de racismo.

Todo esto tiene un correlato, y es la exacerbación de los chistes de humor negro, las parodias y, por qué no decirlo, el liso y llano racismo de algunos que se sienten habilitados para expresarlo.

Por supuesto, y antes de que alguien impugne este texto por sus primeras palabras, sé perfectamente que antes de todo eso hubo siglos de explotación, humillación e injusticia cuyas consecuencias llegan hasta hoy.

El tema ha estado, al menos desde el episodio de la paliza en la puerta de Azabache, circulando en forma permanente en las redes sociales, y seguramente también en conversaciones de boliche, en sobremesas familiares y en las horas muertas del trabajo.

Sobre el pedido a la Real Academia difícilmente se podría agregar algo a lo que ya se ha dicho: que los diccionarios no hacen el lenguaje sino que recogen manifestaciones de su uso; que pedirle algo a la Real Academia de la Lengua Española es, además de ingenuo, improcedente; que pedir que la expresión sea retirada del diccionario equivale a pedir que la historia de la esclavitud, que le dio origen, sea borrada de la memoria colectiva; que proscribir palabras por su supuesto contenido ofensivo equivale a ponerle pañales al David para que no se le vean las partes pudendas, y así hasta reunir cientos de razonables argumentos que tienden a mostrar que la iniciativa es poco feliz, por decirlo suavemente.

Sin embargo, la Casa de la Cultura Afrouruguaya la lleva adelante igual, y no tengo razones para pensar que todos los que la integran o están vinculados a ella ignoran estos argumentos. Y tampoco podría creerse que las figuras públicas que se prestaron generosamente a pedir firmas no hayan pensado ni por un instante en que el planteo era -lo digo sin intención de ofender- bastante superficial y absolutamente inconducente. Eso significa, supongo, que en el hecho de hacerlo hay algo que no tiene que ver con la razonabilidad, sino con el gesto. No se trata de que la cosa tenga sentido, sino de que sirva para visibilizar un asunto (el racismo, en este caso) y para sensibilizar en torno a él. Y ahí es que yo creo, modestamente, que estamos fritos.

No sé cuánto hace que vengo mencionando lo mismo, cuando no por una cosa, por otra. La "visibilización", la "sensibilización" y todos los recursos performativos que se despliegan para transformar en arte (o en publicidad; la línea demarcatoria es casi imperceptible) lo que debería ser tratado como un problema y analizado con las herramientas que nos provee el lenguaje político (y no me refiero al lenguaje partidario, si tal cosa existe) se vuelve mera mostración, gesto, bandera y grito de hinchada. Un recurso efímero, por cierto, y que supone siempre la trivialización de lo que quiere exponer.

La pregunta que me hago, que deberíamos hacernos, es por qué seguimos enganchándonos en eso, en lugar de parar la mano y arriesgar ideas, revisar causas y consecuencias, ligar una cosa con otra y buscar sentido, antes que emoción.

Digamos que yo entiendo que una organización cualquiera que depende de recursos de la cooperación internacional, o de fondos de mecenazgo, o de asignaciones presupuestales, esté obligada a mostrar que hizo algo, que llevó a cabo tales o cuales actividades, que imprimió tantos folletos, que realizó talleres, que llegó con su mensaje a tantas personas, etc. Está obligada, lamentablemente, a presentar cosas, cifras, datos, porque ya ni siquiera la educación se entiende sin eso (y si no me creen, vean las pruebas PISA de la OCDE) y su existencia misma, que es para el bien, depende de poder llenar esas planillas con los abultados números que les garantizarán nuevos fondos.

Digamos que también me doy cuenta de que los dirigentes políticos necesitan vivir en campaña para ser reconocidos, para que la gente los identifique, para poder estar en la arena política que, todos lo sabemos, es despiadada con los débiles.

En ese sentido puedo entender que se lleve adelante una iniciativa cuya única utilidad es gestual, y que se haga en nombre de la visibilización o la sensibilización. Hay una verdad práctica en eso, me guste o no.

La parte que no entiendo es por qué la gente, todos nosotros, los que no somos ni coordinadores de organizaciones, ni líderes políticos, ni nos beneficiamos (legitimamente; nadie vaya a creer que acá hay alguna acusación de otra cosa) de rendir cuentas ante los votantes o los cooperantes, preferimos alegremente sumarnos a cuanta movilización fácil haya en la vuelta (marcha con espectáculo al final, manifestación con d.j. y disfraces, grupo de facebook, performance con más o menos ropa) y dejarnos arrasar por la pasión de hinchada, en lugar de estar dispuestos a correr el riesgo de decir algo antipático pero razonable. Por qué renunciamos ya no al derecho, sino al deber, de ser razonables y de entender, o tratar de entender. Por qué nos viene esa aversión por lo complejo, por lo que no se dirime entre "con gas o sin gas", y evitamos cualquier problematización de los asuntos públicos.

Y se me dirá que en torno a esto del racismo se ha discutido mucho pero, en mi experiencia, la cosa no demora ni diez minutos en derivar hacia sentencias lapidarias del tipo "ustedes porque son blancos" o "eran todas unas terrajas". Y yo, francamente, no le llamo a eso debatir ideas.

Digamos que si queremos hablar de lo que somos como sociedad tal vez deberíamos hablar menos de un hecho puntual, por desgraciado que sea, y más del modo de vida que tenemos, los modelos de éxito que fabricamos, las expectativas de reconocimiento social que se nos crean y también, y quizás especialmente, de lo que estamos dispuestos a perder en aras de una sociedad más justa.

En estos días un amigo colombiano recordaba una frase del escritor John Steinbeck que dice más o menos algo así: "El socialismo nunca echó raíces en Estados Unidos porque los pobres se ven a sí mismos no como un proletariado explotado, sino como millonarios temporalmente puestos en vergüenza." (Socialism never took root in America because the poor see themselves not as an exploited proletariat, but as temporarily embarrassed millionaires).

Y yo me temo que lo que está pasando es algo de eso. Los uruguayos ya no queremos vernos como sujetos de la injusticia o de la explotación, ni entendernos en torno a lo que nos aliena, sino que estamos más en la línea de "quiero todo a lo que tengo derecho", como dicen los brasileros (casi siempre para referirse a las prestaciones de algún servicio, o a comida en un tenedor libre).

Somos millonarios en un mal momento, atravesando una triste situación de vergüenza, pero basta un gesto, una sacudida de la melena, un poco de actitud, para que las cosas cambien y el mundo nos vea avanzar con orgullo y a los taconazos.

Mientras tanto, y porque algo de nuestra saludable conciencia social todavía nos grita desde algún lado, firmamos peticiones absurdas, marchamos vestidos de odalisca o de pitufo y reclamamos del Estado la compra de un cine fundido porque, al fin y al cabo, tenemos derecho también a divertirnos.



Soledad Platero

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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