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Recordando a Julio Inverso

Marcelo Marchese

17.04.2015

Aunque aún no escribiera, supe que me hallaba frente a un poeta cuando conocí a Julio en el otoño del 86. Su habitación, en un altillo, tenía las cuatro paredes cubiertas de libros, incluyendo la puerta biblioteca que daba a la azotea con vista al mar y al inmenso cielo del barrio Palermo de aquella época.

Adornaban la pieza una cama, una sillita, un pequeño escritorio de metal con un eterno mate apoyado encima y un tocadiscos donde sonaba La pasión según San Mateo o David Byrne. Con los años, al lado del mate y el tabaco se ubicaría una máquina de escribir Olivetti color crema, con la cual escribiría toda su literatura.

No era fácil tener una charla en privado en aquel altillo que recibía constantes visitas de sedientos por algo que nadie podía darles en ningún otro sitio. En una reunión habrá siempre un personaje carismático que de alguna manera ocupe el centro e inspire a los demás. Normalmente es alguien locuaz o divertido. Julio ejercía ese poder casi sin hablar. Al conocerlo, muchos sentían inmediata simpatía por aquel pibe bien raro que no te juzgaba y ante el cual se sentía paz, como si de él emanaba esa paz. Su conversación, de voz suave y apenas ronca como de niño, inevitablemente tendía a temas trascendentales con referencias a la obra de los grandes artistas, los cuales, de alguna manera eran de la familia y participaban de su vida. Aquel hombre no vivía la literatura como los profesores del liceo.

En esos años Julio ya poseía el corpus poético que más tarde exhibiría con inigualable destreza. Debemos suponer que lo había incorporado naturalmente, sin esfuerzo ni método alguno, aunque es preciso señalar que el alma secreta de aquel tejido maravilloso no fuera otra que el hilo negro del sufrimiento. En el principio del poeta se encontraba la vivencia de estar excluido de la gran fiesta. Esta sensación se aunaba a su vasta experiencia artística, aunque más justo sería decir que ese sentimiento de orfandad lo llevaba a buscar las respuestas en los grandes faros de la humanidad.

Mas el sufrimiento y la lectura, por más intensos que fueren, no bastan para crear un poeta. Se necesita también de talento y eso era algo que nuestro amigo prodigaba a manos llenas. Sin estudiar música, sentado al piano improvisaba a su aire. Apenas estudió inglés en el liceo y lo entendía y pronunciaba elegantemente. Tenía especial facilidad para el cine por la fuerza de la imagen y ubicaba en lo más alto del panteón a Tarkovski y su obra más críptica. Cuando muchos se habían partido los dientes con el primer capítulo de Proust, Julio viajaba en las noches por los siete tomos, dejando la lectura al amanecer. El famoso y «difícil» Ulisses era para él un libro divertido y en su cuarto, en los pocos espacios vacíos que dejaran los libros, entre otras frases, en la pared, se leía ésta de Joyce: «Es hermoso coger a una mujer pedorrera, si a cada envestida la sacas un pedo».

Hablamos de un primer período de Julio, en aquellos años de la apertura democrática, cuando terminaba sus estudios de medicina y ya había pasado por el PST, del cual saliera con una aversión a los dogmáticos de todas las escuelas y un odio inveterado al stalinismo en cualquiera de sus múltiples manifestaciones. Los años de apertura lo fueron en muchos sentidos: la calle vivía en agitación, la Cinemateca proveía generosamente, resurgía el rock nacional, gozábamos de nuevos talentos como Darnauchans, Cabrera, Sumo y Los redondos, y comenzaba a masificarse el hierbajo loco. Todo esto reunido, y las constantes visitas al altillo, hicieron que la facultad de medicina quedara cada vez más lejos, cuando sólo le restaba un año para obtener el título. Dos cosas además, incidieron para que abandonara este camino, aspectos que detallaremos por considerarlos cruciales en la vida del poeta.

Julio no podía tolerar el ambiente de los médicos, más preocupados por su propia gloria y dignidad que por la salud de los enfermos. Se hacía de amigos en la Facultad, pero aquel ámbito competitivo le resultaba hostil y sus ojos pasaban por los manuales de semiología y patología quirúrgica, de igual manera que uno mira la lluvia golpeando la ventana. A los pocos minutos abandonaba la tarea para tirarse en la cama regocijándose con Dostoievsky, Grillparzer, Kafka y Rimbaud. Cuando un amigo común, también avanzado estudiante de medicina, muriera de sobredosis, Julio afirmó que había muerto por no animarse a dejar una carrera intolerable.

Si un jurado nos obligara a presentar una prueba irrefutable que confirme que Julio estaba armado de pies a cabeza aun antes de escribir, allí tenemos ese pequeño libro llamado «Falsas criaturas». Normalmente (siempre) los críticos encuentran en los artistas una evolución subsidiaria con la idea de progreso. El poeta comenzaría con balbuceos, copiando a su ídolos hasta «conquistar su propio lenguaje». Esto, en verdad, sucede a menudo, pero no siempre e inexorablemente. Suele ocurrir también lo contrario, como en Steinbeck, Wells y Viglietti, cuando el artista cierra sus oídos a la musa en aras de propósitos ajenos al arte. Existen aquellos que van lentamente cumpliendo su destino hasta arribar a su mejor obra, como Goya y Dostoievsky, y otros cuya genialidad se manifiesta en los primeros pasos: los portadores de un fuego inextinguible que terminará devorándolos, tal el caso de Baudelaire y Rimbaud. Mas, para no ser injustos con nuestro poeta afirmando que no pudo superar jamás ese libro llamado Falsas criaturas, precisemos que ningún otro escritor uruguayo después de él ha pretendido siquiera alcanzarlo. En una carrera van detrás suyo, algunos de forma elegante, otros avanzando atropelladamente, pero sin siquiera poder mirarle el número en la espalda.

Esta primer obra hubo de ser editada con el dinero prestado por un amigo, tal como ocurriera con Felisberto, pues ya en aquella época el poeta tenía un pequeño y fanático número de admiradores. Las Falsas criaturas, que estuvieron a punto de llamarse Pequeñas criaturas, sorprendieron a sus lectores con una densidad de imágenes de una audacia envidiable, aunadas a una rara espiritualidad y a un dominio de la palabra que situaba al autor en la categoría de mago.

Julio Inverso por las mañanas, tomando mate y escuchando discos, inexorablemente sentado frente a su máquina de escribir y con la vista en el cielo que estallaba en la ventana, buscaba el momento de inspiración que lo llevara a escribir una alucinada parrafada de un tirón. La experiencia gozosa de la música y de la mañana, y a veces, una frase de una canción que inmediatamente incorporaba como propia, disparaban sus dedos sobre el teclado. Si alguien se diera a investigar las canciones que escuchaba, encontrará allí referencias como estrellas hay en el cielo. Aquellos que además leían los mismos libros se maravillaban de su facilidad para tomar las cosas al vuelo y trasladarlas. Su día no estaba justificado sin una página, o al menos, todos los días buscaba escribir un poema y esto normalmente se lograba con el uso de alguna sustancia. Todo lo que había en la vuelta fue consumido a su turno por el poeta: descontando el mate, el vino y la cerveza: marihuana, cocaína, codeína, talasa, dextrometorfano, anfetas, sal de anfetas, akineton (un veneno), hongos y LSD.

El lector erraría en las sombras si imaginara que buscaba estas experiencias para tener ideas sobre las cuales escribir. El único, sano y exclusivo propósito era pasarla bien, lograr cierto equilibrio, o eventualmente, mitigar el sufrimiento para llegar a ese estado de ánimo sin el cual es imposible inspirarse. Logrado esto, el texto salía como si le fuera dictado por fuerzas extrañas. Conviene aquí insistir en un rasgo de la poética de Julio sumamente curioso. En ocasiones solía maravillarse con un poema sin entenderlo, como si lo fascinara el sonido de las palabras. Sospecho que el encantamiento venía desde un plano inconsciente que entendía de qué iba la cosa, pero fuere como fuese, las palabras lo imantaban y lo llevaban a veces a utilizar expresiones en contextos inverosímiles. Ellas importaban por el sonido y si un personaje como Byron se escuchaba bien, se usaba sin contemplaciones, lo cual ha desnorteado a algún crítico que encuentra referencias en escritores que Julio jamás leyera.

Nuestro poeta se creía el instrumento de una fuerza superior, así como lo creyeron los surrealistas, los románticos y los antiguos. La energía de la humanidad, de la naturaleza, buscaba manifestarse por su instrumento. Nada ni nadie, y mucho menos consideraciones políticas o religiosas, podían interferir en ese dictado, pues el poeta acumulaba y lanzaba belleza, creaba materia y transformaba el mundo. Como ya se dijera tiempo atrás: «los poetas son los legisladores desconocidos del universo». Fue esta concepción la que llevó a la creación de La torre Maledetta.

En aquellos años noventa había lecturas de poesía en unos cuantos boliches, experiencias, normalmente, desafortunadas. Una noche La torre Maledetta se confabuló para actuar en Utopías, un bar situado al lado del cementerio del Buceo. Dirigía el ciclo un poeta reconocido cuya virtud sobresaliente era un nombre muy eufónico, Lauro Marauda, que presentaría a otro poeta reconocido, Gabriel Peveroni, tras lo cual se aceptaba que cualquiera leyera alguna cosita. La función transcurrió en un tono homólogo a aquellas practicadas por la nobleza francesa del siglo XVII, hasta que, finalizada, se alzó uno de La torre Maledetta para leer, más bien con aire de provocación, un manifiesto con toda la agresividad y belleza que pudo aunar con un mismo propósito. El público quedó estupefacto, pero antes que reaccionara, La torre atacó por otro flanco y así de tal manera actuaron hasta lograr la apoteosis.

En aquella ocasión un amigo leyó los textos de Julio. Quien acudiera a su casa era acribillado a lecturas, pero encarar a un público desconocido era otra cosa. Pasó un tiempo antes de que venciera su timidez y se pasara al otro lado no sólo leyendo en las ocasiones propicias, sino acercándose a las mesas para regalar su poesía, vender algún libro y emborracharse. Circulan varias grabaciones que atestiguan que oírlo era una experiencia tierna y conmovedora. 

Cierta Nochebuena Julio destapó una cerveza, colocó suavemente la púa sobre un disco de Mendelssohn, apretó el récord y leyó unos cuantos poemas de Diario de un agonizante y Baile de soñadores. El resultado le satisfizo. Como era muy dado a las ofrendas, ahora se dedicaría a regalar cassettes, así como antes collages y pequeños libros manuscritos confeccionados por Editorial el Mendrugo. El sano y evidente propósito era usualmente conquistar los favores de alguna dama específica, asunto para el cual desbordaba ingenio y talento. Con esta galería de chiquilinas debemos estar infinitamente agradecidos, pues fueron las principales responsables de una poesía lírica desgarrada, existencial y fantástica. Suponemos que un poema de aquellos, llegado al corazón apropiado, abriría todos los candados, cosa que podríamos comprobar si contáramos con el testimonio de alguna de las agraciadas. Lo cierto es que nuestro poeta era un picaflor con tendencia a enamorarse desesperadamente y a utilizar recursos viejísimos o inusuales con tal de salirse con la suya. Invitado a una fiesta acudía allí con un fin deliberado. No le importaba si era un cumpleaños o un casamiento: al entrar fijaba la vista en «ella», la cual pretendía llevarse a su habitación, desdeñando la idea de fiesta colectiva.

Este vistazo a la región llamada Julio Inverso sería violentamente falsa si no pintáramos un par de aspectos sobresalientes de su personalidad. El primero tiene que ver con sus rarezas. Podía quedarse catatónico subiendo y bajando la perilla de la luz por minutos desesperantes. Si quería rascarse la cara, elevaba la mano derecha por encima de la cabeza y luego descendía para acariciar la mejilla izquierda, en tanto por abajo la zurda se aplicaba a la otra mejilla. Tenía las típicas actitudes que llevan a pensar en el idiota santo, pues el genio en el terreno que fuere, necesariamente debe ser un idiota en alguna otra cosa. En cierta ocasión intenté introducirlo en el negocio del libro. Cargábamos una chata de hierro con una tonelada de material y emprendíamos la difícil subida desde Salto y la Rambla hasta la Universidad de la República, a cuyo costado armábamos nuestro divertido puestito. Lo razonable, para optimizar la secuencia de armado, era colocar en la chata primero los libros y luego la mesa y los caballetes, sin embargo, siempre e invariablemente Julio comenzaba agarrando los livianos caballetes. Le expliqué la lógica del armado y desarmado, pero no había manera, al día siguiente volvía a colocar los caballetes abajo del todo, lo que además generaba una inestabilidad ridícula. No había nacido para los negocios y no logró entender que si no invertía parte de lo ganado, se quedaría sin mercadería. Lo ganado en realidad se invertía en cerveza y cosas parecidas. Así marchó su edición de Alianza de Proust y unos cuantos discos. Si la subida a la loma de 18 era una tarea hercúlea, la bajada era un juego de niños. En ocasiones y este detalle es singularmente ilustrativo, nos lanzábamos arriba de la chata por la bajada de Guayabos. Es de suponer que el ruidaje de los rulemanes girando enloquecidos, y nuestros gritos, habrán advertido a los prudentes conductores que venían en sentido perpendicular al carro de La torre Maledetta, pues salíamos ilesos y con una buena dosis de adrenalina administrada gratuitamente.

Debemos ahora arribar a un detalle sumamente delicado y escabroso: la rara ética del poeta que hacía regalos valiosos, pero se llevaba objetos ajenos subrepticiamente; tenía delicadas atenciones, entremezcladas con maldades aparentemente impropias de la ética defendida en su literatura, y en ocasiones, su pulsión seductora le vedaba considerar que la arrebatadora dama fuera la novia de un amigo. Tales acciones quedaban encubiertas en un halo que llevaba al ofendido a evaluar si el poeta no se hallaba por encima del bien y del mal, cosa que no era cierta, pues interrogado con las defensas bajas reconocía su perfecta consciencia de las cosas. Estas actitudes, que le fueron raleando el número de amigos, debemos tacharlas de suicidas. Lenta y laboriosamente el poeta iba cortando lazos con los seres queridos, proceso que se agudizó a medida que se lumpenizaba, con lo cual las musas ya no serían sensibles estudiantes de medicina, sino punks vestidas de negro dadas a la bebida como cosacos.

Esta progresiva decadencia tiene un punto de aceleración con el primer intento de suicidio, tras el cual fue recluido brevemente en una casa de salud, para comenzar luego un tratamiento psiquiátrico a base a pastillas con resultados desastrosos. Ahora Julio incorporaba una serie de amigos nuevos a la barra, salidos del manicomio, y en la mañana preparaba un mate, abría una cerveza, tomaba algo que le bajara la ansiedad, se mandaba otra cosa que atacara el bajón pegándole para arriba, se tragaba una tercera que no lo hiciera pirar, sobrevenía la angustia y la confusión, se tomaba otro veneno que lo hiciera dormir, se revolvía inquieto en las sábanas sucias y se levantaba y le daba a otra dosis para arriba. A pesar de la licuadora química en que se había convertido su cerebro, escribía páginas inolvidables, y esto, entre todo lo raro que había en él, era lo más sorprendente: los psiquiatras, los manicomios, la falta de dinero, la incomprensión, la envidia, la escuela, las sirenas, las bocinas y el resto de las añagazas del capitalismo no podían matar al poeta que había en él, y en aras de la poesía todo lo demás pasaba a segundo plano.

Por esta sagrada causa había abandonado la facultad y una sinecura en el Jockey Club. Sólo debía asistir los fines de semana y anotar en un pizarrón cada media hora: «Melancólico gana en la sexta, 58 segundos, paga 1/7» y buscar a sus amiguitos para fumar un porro en los entretiempos, mas tampoco pudo tolerar este ambiente y pasó a vivir, eterno adolescente, exclusivamente del dinero otorgado por sus padres. Si alguien le preguntaba por qué no trabajaba, él contestaba con astucia no exenta de sinceridad: «Soy un escritor». Nada podía alejar al poeta incorruptible del destino que había adoptado.

Lamentablemente ningún editor de periódicos lo descubrió a tiempo, cuestión que hubiese prolongado la vida del poeta. Desde ese punto de vista sólo podemos decir que Inverso hubo de vivir uno de los ambientes mas sádicos y miserables que un poeta haya debido soportar. El efecto que el reconocimiento hubiera obrado en él se puede cuantificar fácilmente si consideramos que los primeros 74 capítulos de la novela «Papeles de un poseído» fueron escritos bajo el efecto de la droga del primer premio de la Intendencia, en cuyo jurado los dioses habían determinado que participara Darnauchans. Esa novela, que comenzaba de manera magistral, decaía a medida que se extinguía el influjo de aquel premio y Julio comenzaba a incorporar textos elaborados en otras ocasiones para muy diversos propósitos. Era para él arduo escribir una obra de largo aliento, pues exigía un grado de estabilidad difícil de alcanzar y eso determinaría en buena medida su nueva sintaxis.

El poeta había desnorteado a los críticos con una poesía que resistía la clasificación. No sabían si aquellos eran relatos poéticos, poesía en prosa o qué, y sabedor del laberinto en que se hallaban perdidas estas gentes, a la hora de presentarse a un concurso debía evaluar muy bien el género a optar. Sus primeros poemas contenían la matriz de su obra, que por un lado permanecería inalterada, de tal manera que «El gran combate» en Más lecciones para transitar por Londres podría estar ubicado en Falsas Criaturas, y por el otro se bifurcaría destilando los elementos primitivos en el verso libre y la narración de cuentos y novelas originales, cuya sóla trama era la aventura existencial del poeta, sus novias y amigos.

Al escribir esto acude a nuestra mente esa manía obsesiva por ubicar al espécimen en una corriente determinada. Nosotros no tendremos la necesidad, y el lector mucho menos, de buscarle una familia y un género a esta mortal rosa blindada que apenas pudo reírse de la categoría «gótico», lo hizo en «Juan Morgan», el primero de sus relatos. Julio era tan gótico como Bukowski y Céline y tan romántico como Rimbaud o Kafka. Ya que hablamos de un desesperado intento por acariciar lo más profundo con la sóla ayuda de un lenguaje de primates, no vemos el beneficio de ubicar en escuelas a Borges, Marosa y Julio, salvo que nuestra racionalidad precise angustiada algún tipo de etiqueta para mantener a raya la cuadrilla de deseos que el poeta pretende anarquizar.

Aparentemente, quienes viven en el desierto olvidan en su literatura nombrar la arena. Temo en esta evocación obviar lo evidente, aquello que no pudo verse por su cercanía, por ser parte de uno. El lector disculpará esta carencia que no es otra cosa que el mejor elogio que podamos hacer de nuestro amigo. Si quieren saber cómo le cantó al amor y la revolución, a la emoción, la muerte y la poesía, ahí tienen sus páginas deslumbrantes. Los mejores textos de Julio Inverso se encuentran entre las más bellas páginas de la historia de la literatura. Podríamos estar disfrutándolo ahora, sorprendiéndonos con un nuevo libro del cual surgieran multitud de imágenes felices y audaces, pero las cosas rodaron de otra manera y la gran trituradora se llevó a uno de nosotros, que no se ha marchado sin dejarnos en su último gesto piedras preciosas alucinantes.

Julio en vida conquistó un primer grupo de adeptos que, como suele suceder, luego se ampliaría en círculos concéntricos de tal manera que ahora podemos contar con toda su obra publicada (incluyendo la que él, acertadamente, hubiese vetado) dadas por Vintén y Estuario. Con el tiempo ingresará a los programas de literatura del liceo y el Estado entonces clavará un monumento en alguna plaza cercada para que en la noche no duerman los parias y borrachos. Así ha transcurrido últimamente la Historia humana, mas las cosas podrían suceder de una manera diferente y en ese caso, satisfecho con una nueva obra realizada, el poeta descorrerá las nubes y nos hará una guiñada desde el cielo.



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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