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imagen del contenido Leonel Gómez-Sena

Columna de Ciencia y Tecnología

Leonel Gómez-Sena

01.06.2018

Para hacer corta una historia larga se podría decir que así como las diferencias genéticas entre hembras y machos de una especie (mujeres y varones en el caso de la nuestra) producen diferencias morfológicas y funcionales: diferencias endocrinas, órganos sexuales diferentes, otras diferencias corporales, etc. también producen diferencias en el cerebro y en el comportamiento.

Hasta allí estamos diciendo algo bastante incontrovertible, claramente probado y que forma parte de cualquier libro de texto básico de biología. Dicho esto podemos ahondar en los mecanismos por los cuales los genes producen tal o cual resultado en la estructura y función de un organismo. El conjunto de genes de un organismo conforman un sistema bien regulado, responsable de un despliegue progresivo y ordenado de instrucciones que hacen que a partir de una única célula termine conformándose un individuo de la especie con toda su impresionante complejidad anatómica y su enorme variedad de funciones. Los genes hacen su trabajo en interacción con el ambiente y el ambiente afecta la forma en que los genes se "expresan", pero lo hace en formas que de alguna manera están "previstas" por el organismo en desarrollo. Es una interacción reglada, regulada, mantenida dentro de ciertos márgenes tolerables de variación. Esa es la regla general pero los genes pueden codificar también estructuras previstas para variar, capaces de interacciones más abiertas con el entorno. Tal es el caso del sistema nervioso (SN) que regula y controla las relaciones internas y con el medio de la enorme mayoría de los organismos multicelulares del reino animal.

Dependiendo del grupo taxonómico y la especie podemos observar distintos grados de plasticidad en el SN. Algunos sólo admiten pequeñas variaciones en sus esquemas de relacionamiento con el entorno (incluyendo otros organismos de la misma especie o de otras especies) y por lo cual muestran comportamientos muy estereotipados. Otros cuentan con dispositivos cognitivos que habilitan mayores grados de plasticidad: sofisticados sistemas de memorias, diversidad de objetivos conductuales, mecanismos de evaluación y decisión, etc.  Todo lo que denominamos aprendizaje entra dentro de esta categoría: desde el reflejo condicionado pavloviano hasta las reglas gramaticales o de la aritmética. Simplificando podemos decir que en un extremo tenemos mecanismos de regulación conductual moldeados principalmente por la evolución a lo largo de la historia filogenética de la especie y en el otro extremo otros que, sobre la base de esa herencia filogenética, tienen la capacidad de aprender de la experiencia en el curso de la vida.

Las relaciones en el nivel de organización social en distintas especies animales se dan también dentro de un espectro similar: desde relaciones estereotipadas que constituyen sociedades muy regladas y relativamente rígidas (basadas en estructuras neurales poco plásticas) hasta aquellas que, en base a relaciones más flexibles, construyen sociedades más abiertas y variables (basadas en estructuras neurales capaces de aprender y modificarse en base a la experiencia). En un extremo alejado de esta distribución se encuentra nuestra especie cuyas capacidades cognitivas, incluyendo el lenguaje como una función particularmente relevante, nos posibilitan la creación de cultura.

Según la real academia "cultura" es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. De acuerdo con esta definición la cultura constituye un ambiente históricamente cambiante, un ecosistema que evoluciona y en el cual se produce nuestro desarrollo como individuos. La biología nos provee a los humanos los mecanismos para construir sociedades y cultura y, a su vez, la sociedad y la cultura esculpe nuestras estructuras neurales de acuerdo a esos mecanismos de plasticidad antes mencionados. Hay que tener presente que en esta compleja trama de interrelaciones recíprocas e históricamente cambiantes distintos aspectos de nuestra biología imponen sesgos, restricciones, condicionan los caminos posibles para la cultura y ésta, a su vez explota los nichos de mayor variación potencial de nuestra biología.   

Cuando se habla de biología o de las "causas" genéticas del comportamiento no podemos dejar de considerar todas esas mediaciones y relaciones recíprocas ante las cuales el uso de términos tales como determinación, predestinación o condena a un destino inmutable o inevitable por la biología se vuelven claramente inadecuados o directamente erróneos. Esa interacción, mencionada antes, entre la biología sentando las bases y las condiciones de cambio y el medio, la sociedad y la cultura dejando su huella en la estructura biológica a través de los distintos mecanismos de plasticidad neural es clave para pensar y eventualmente entender el tema de la relación entre sexo, cerebro y conducta en contextos socioculturales cambiantes a lo largo de la historia.

Una complejidad extra respecto a la diferenciación sexual del cerebro, que se suma por el lado de los factores biológicos que esculpen el cerebro en interacción con los factores ambientales y sociales ya mencionados, es que, además de los factores genéticos, intervienen de manera importante, factores hormonales secundarios a la diferenciación gonadal y dónde los efectos dosis dependientes están claramente probados en modelos animales. William C. Young y sus colegas en un artículo icónico, publicado en 1959 usando conejillos de india como modelo, demostraron convincentemente que la administración prenatal de testosterona  era capaz de masculinizar el comportamiento sexual de las hembras en su etapa adulta. Estos resultados llevaron en los años 60 del siglo XX a la teoría que hasta la actualidad organiza conceptualmente este campo de estudio y que postula el papel organizador y activador de las hormonas sexuales. Ellas cumplen el doble rol de moldear el desarrollo del cerebro en la fase perinatal y activar luego de la pubertad conductas específicas a través de acciones directas a nivel cerebral de las hormonas. Este modelo si bien sigue vigente en su esencia está actualmente siendo complementado y complejizado por nuevos hallazgos que muestran la existencia de multiplicidad de vías y señales sexualmente específicas que se entrelazan en la producción de efectos que van desde el comportamiento hasta una diferente vulnerabilidad a distintas patologías entre los sexos. 

La reproducción sexual se estima que apareció en la historia de la vida hace unos 1200 millones de años (el primero de noviembre en el célebre calendario cósmico propuesto por Carl Sagan) como un mecanismo que permite la recombinación del material genético de los predecesores en la descendencia. Está enormemente difundido tanto en las plantas como en los animales y son pocos los ejemplos de especies que secundariamente perdieron la capacidad de la reproducción sexual. Esta predominancia y estabilidad del mecanismo sugiere fuertemente que confiere a los organismos alguna importante ventaja selectiva ya que implica un importante costo adicional respecto a mecanismos más simples de  reproducción. En el caso de nuestra especie la sexualidad, que proviene de esta larga historia evolutiva, ocupa un lugar peculiar en esa encrucijada entre la biología, el cerebro, la sociedad y la cultura. Tiene toda la potencia de un mecanismo ligado a lo más esencial de la vida con toda su carga afectiva, emocional y motivacional y está moldeado por todas las resonancias que adquiere en la trama de las relaciones interpersonales y en la cultura.

Se suma a esta complicada trama de interacciones que definen la naturaleza del "problema" todo el "ruido" que introducen las apasionadas posiciones que mucha gente tiene a priori respecto al tema. En un extremo está el igualitarismo radical que sostiene que cualquier mención a posibles diferencias biológicas lleva implícito un juicio de valor y es una justificación del status quo, la naturalización de la desigualdad no como simple diferencia o variación sino como validación de un lugar desigual con consecuencias en las jerarquías y los roles y por lo tanto una noción fundamentalmente inaceptable. En el otro extremo del espectro están los que esgrimiendo esas diferencias saltan rápidamente a conclusiones infundadas para definir pautas educativas, políticas institucionales o públicas al respecto, a veces validando estereotipos, legitimando prácticas discriminatorias y, en algunos casos, a directamente justificar el ordenamiento social existente como el resultado "natural" de nuestra biología, conjurando los peores temores de los que se ubican en el otro extremo ideológico. Nuestra limitada capacidad para entender problemas donde existen numerosos componentes y niveles que se influyen y condicionan mutuamente nos lleva muchas veces a la tentación maniquea de adherir a alguno de los dos polos de una disyuntiva ficticia.

Existe una enorme cantidad de publicaciones científicas que aportan datos sobre los cerebros y las capacidades cognitivas, actitudinales y afectivo-emocionales de varones y mujeres: la desigual distribución en las distintas profesiones, la subrepresentación de las mujeres en cargos jerárquicos en muchas empresas o instituciones; hallazgos sobre distinto rendimiento en pruebas que miden cosas como la habilidad verbal, el cálculo o la habilidad espacial; mediciones del tamaño de ciertas estructuras neurales o de las conexiones entre ellas. Algunos de esos datos "clásicos" han sido revisados posteriormente a la luz de mejores técnicas y metodologías y otros se han confirmado. Pero los datos por sí sólos no son una explicación sino una descripción de algo que necesita ser explicado. Muchas veces los datos no son neutros sino que se colectan a la luz de preconceptos pero eso no debe ser excusa para desconocerlos o negarlos globalmente. Si la investigación está bien diseñada los datos tienen que ser atendidos y considerados seriamente aunque generan incomodidad dentro de ciertos ambientes ideológicos.

Para entender mejor de qué estamos hablando cuando hablamos de datos y sus interpretaciones traigo como ejemplo un estudio reciente (2015) publicado en la prestigiosa revista PNAS cuyas conclusiones son particularmente interesantes. Los autores sostienen que las diferencias documentadas de sexo/género en el cerebro a menudo se toman como apoyo de una visión sexualmente dimórfica de los cerebros humanos ("cerebro femenino" o "cerebro masculino"). Sin embargo, dicen, tal distinción sería posible sólo si las diferencias sexo/género en las características cerebrales fueran altamente dimórficas (es decir, poca superposición entre las formas de estas características en hombres y mujeres) e internamente consistentes (es decir, un cerebro sólo tiene características "masculinas" o sólo características "femeninas"). En el estudio comparan resonancias magnéticas de más de 1.400 cerebros humanos que revelan una gran superposición entre las distribuciones de mujeres y hombres para toda la materia gris, materia blanca y conexiones evaluadas. Además, los análisis de consistencia interna revelan que cerebros con características que sean consistentes con uno de los extremos del continuo "masculinidad-feminidad" son raros. Por el contrario, la mayoría de los cerebros se componen de "mosaicos" de características únicas, dónde algunos de estos patrones son más comunes en las mujeres, algunos más comunes en los hombres y algunos comunes por igual entre mujeres y hombres. Son datos morfológicos cuyos posibles correlatos funcionales son difìciles de visualizar pero sugieren algo bastante más rico y entreverado que dos modos categóricamente diferentes de comportamiento entre los humanos. El tema está abierto en la comunidad académica que se ocupa del tema: esa visión coexiste con otras, igualmente sustentadas en datos empíricos, que sostienen la existencia de formas masculinas y femeninas en el cerebro y en el comportamiento. Como ocurre habitualmente en ciencia, nuevas investigaciones, nuevos métodos, nuevas teorías apoyarán una visión o la otra o generarán nuevas explicaciones y teorías que compatibilicen los datos que hasta ese momento parecían contradictorios .

El largo y sinuoso recorrido del artículo hasta este punto tal vez parezca caprichoso o confuso pero pretende poner en evidencia la densidad y profundidad de raíces de un tema que a menudo se discute desde trincheras ideológicas que invisibilizan su complejidad. En particular las visiones desde las ciencias sociales tienden a ignorar o desestimar los factores biológicos que subyacen al comportamiento, sosteniendo la completa autonomía y autosuficiencia de las explicaciones sociales, culturales o antropológicas. En un lugar intermedio y más disputado están las explicaciones psicológicas dónde existen corrientes que sostienen la total autonomía de la psicología y aquellas que reconocen al cerebro como el órgano que sustenta y hace posible los fenómenos psíquicos y, por lo tanto, integran y asimilan el conocimiento proveniente desde las neurociencias. Este artículo fundamenta la necesidad de superar esas visiones parciales, segmentadas o exclusivistas, favoreciendo la búsqueda de explicaciones integradoras donde todos los factores mencionados se tengan en cuenta.

La diferente biología entre varones y mujeres, el rol diferente en la reproducción y, por lo tanto, en los orígenes de la organización familiar y social, los probables diferentes sesgos cognitivos y emocionales (tal vez producto de presiones selectivas diferenciales), la historia cultural que se entrelaza de diferentes maneras con esos otros elementos, hacen extremadamente difìcil aislar los factores y establecer sus pesos relativos en modelos comprehensivos que expliquen los diferentes comportamientos de varones y mujeres. No obstante esas dificultades (o justamente por ello) debería alentarse el estudio científico del tema, preferiblemente con aproximaciones y métodos multi e interdisciplinarios serios. Tales investigaciones van a sustentar la reflexión dentro de los distintos campos disciplinarios, van a alimentar el debate público y, eventualmente, informar las tomas de decisión respecto a aquellas medidas que tengan que ver con sexo, sexualidad y género. Tal prudencia y responsabilidad es imprescindible debido a las múltiples derivaciones y posibles fuertes impactos en aspectos diversos y sustantivos de la vida de los individuos, en las relaciones sociales y en la cultura de tales decisiones. 

 

 

Leonel Gómez-Sena es médico, realizó como estudios de posgrado una maestría y un doctorado en biología con especialización en neurociencias y se dedica a la investigación de los sistemas sensoriales desde la perspectiva de las neurociencias cognitivas y computacionales. Es Profesor Adjunto del Laboratorio de Neurociencias, Sección Biomatemática del Instituto de Biología de la Facultad de Ciencias, grado 4 del PEDECIBA y nivel uno del Sistema Nacional de Investigadores. Es co-director de Centro Interdisciplinario en Ciencias Cognitivas para la Educación y el Aprendizaje (CICEA).

leonel.gomez@gmail.com

 

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