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Indigenismos en el idioma de los uruguayos

Daniel Vidart

11.07.2018

En esta exposición procuraré realizar un sumario recuento de las voces de las lenguas indígenas del área rioplatense, de Meso y de Sudamérica que se han incorporado al idioma de los uruguayos.

Como voy a referirme solamente a las desnudas palabras indígenas que se fueron incorporando con el tiempo y desde diversas latitudes a nuestro idioma, no voy a tener en cuenta, tal cual lo estableciera de Saussure, las diferencias existentes entre idioma, lengua y habla. Me limitaré solamente al léxico, a las palabras provenientes de las lenguas de los pueblos nativos y no originarios como hoy se acostumbra decir.

Y explico por qué me opongo a esta etiqueta. A este doble continente llegaron inmigrantes precolombinos - mongoloides, polinesios, quizá melanesios- y seguramente viajeros chinos cuyos lejanísimos ancestros originarios eran africanos. Es en el África donde deben buscarse los pueblos originarios, ya que allí se halla la cuna de la humanidad. Lo curioso es que como no saben que quiere decir la voz indígena la sustituyen por la de pueblos originarios. Indígena proviene del arcaísmo latino indu, en vez de in, y gignere, engendrar. En consecuencia designa al concebido y nacido en el lugar. Indígenas pues, y no el nombre contestatario de "pueblos originarios", indica la calidad de nativos de aquellos viejos americanos. Por otra parte el término aborigen, o sea desde el origen, proveniente del latin, suple el erróneo designatum propuesto por los indianistas, quienes también desmesuran los valores de las culturas prehispánicas en detrimento de los que provienen de la civilización de Occidente.

Todos los seres humanos pertenecen a una misma especie y a un mismo género. Comparten los defectos y las virtudes, las costumbres y los hábitos que, si bien a veces exhiben notables diferencias en las culturas de distintos pueblos, poseen características que los distinguen del reino animal, al que nosotros pertenecemos desde el punto de vista biológico. Pero la humanidad, y solo la humanidad, ha sido la constructora de culturas y es cultura todo aquel acervo artificial - tomada esta palabra en su verdadero y originario sentido- que no se halla en la Naturaleza.

En este ensayo voy a ofrecer una sumaria noticia acerca de las tribus que, antes y después del arribo de los invasores europeos, en un ir y venir constante, se aposentaban y abandonaban nuestro actual territorio, o partes de él, según sus necesidades de subsistencia, sus conflictos interétnicos y sus choques o alianzas con los españoles, portugueses y padres jesuitas misioneros, los fundadores de las famosas Reducciones. Dichas Reducciones no solamente fueron las guaraníticas dado que las franciscanas, situadas en Santo Domingo de Soriano(1624), a orillas del rio Negro, deben también ser tenidas en cuenta. Pero estas no pudieron retener a los indios chanáes en su sitio de adoctrinamiento y desaparecieron prontamente.

Las Misiones jesuíticas, que duraron casi dos siglos (1605-1767), tuvieron fundamental gravitación económica y política en el Río de la Plata. Hubo un verdadero Imperio jesuítico de espaldas al español y en abierta colisión con él, cuyos pro y contra han dado copioso alimento a los historiadores, ya los apologistas, ya los contestatarios, antes y después de la fecha de su disolución por la Real Pragmática del año 1767 . Esta fue emitida por Carlos III, el monarca español que reinó en la época de la Ilustración o el Iluminismo, como se ha llamado al "Siglo de las Luces" europeo, en el que reinaba la Diosa Razón.
Voy a referirme también a los documentos en los que serios cronistas o simples aficionados recogieron datos dispersos e incompletos de las lenguas correspondientes a los idiomas hablados por los guaraníes, charrúas, chanáes y minuanos.

La minoría charrúa en el siglo XVI

Un reiterado error escolar, fosilizado en mapas estáticos, ubicaba a los charrúas en la casi totalidad del territorio del país, situaba a los chanáes en la desembocadura e islas del río Negro, a los yaros en ambas orillas del río Uruguay medio , a los bohanes en los alrededores del Salto Grande, a los arachanes - cuya existencia nunca fue comprobada como tal- en el este, desde Cerro Largo hacia el sur, y a los guenoas, guinuanes o minuanos, en un doble asiento en territorios situados en las dos Bandas separadas por el rio Uruguay. Pero no se tuvo en cuenta la realidad histórica, visible en los mapas confeccionados por los jesuitas. Según ellos los minuanes o minuanos ocupaban gran parte de nuestro territorio central y oriental y porciones de los países hoy vecinos.

Debemos, pues, desterrar esa errónea afirmación acerca de que el territorio del actual Uruguay estaba ocupado en casi su totalidad por los indígenas charrúas, a los cuales mentes afiebradas le atribuyen un número fabuloso de habitantes o sea mas de 100.000. Y los laderos de esta fantasía, que los hay, afirman que dichos indígenas practicaban la agricultura bajo las copas de los achaparrados y sombríos montes nativos, nada menos, y que la conquista española los obligó a convertirse en nómadas.

La sorpresiva reaparición de los minuanes o minuanos.


Hoy la arqueología y la etnohistoria han echado abajo aquel castillo de naipes. Los actuales estudios de Diego Bracco (Guenoas, 1998; Una degollación de charrúas,1999; Charrúas, Guenoas y Guaraníes, 2004); José M. López Mazz y Diego Bracco ( Minuanos, 2010) dos antropólogos seriamente formados que consultaron documentos hasta ahora no conocidos, a los que se agrega lo expresado en su libro por Juan F, Salaberry ( Los charrúas y Santa Fe , 1926), han demostrado que los charrúas tenían su centro en Santa Fe y se extendían por la Mesopotamia argentina y el norte de la provincia de Buenos Aires. Ocupaban además una pequeña porción del departamento de Colonia y algunos puntos, pocos, en el litoral rioplatense. Tan pocos eran que para luchar contra Ortiz de Zarate y Juan de Garay pidieron auxilio a los guaraníes, los cuales si acudieron, animando a los guerreros - Guaraní significa eso, guerrero- con trompas de guerra que nadie ha encontrado en los yacimientos arqueológicos atribuidos a los charrúas si bien los neocharrúas , a falta de las de madera, soplan grandes caracolas marinas.

Todo ello confirmó, para sobresalto y sorpresa de muchos charruómanos que, en comparación con los tan "numerosos" cuanto "originarios" charrúas, los minuanos eran los indígenas predominantes, desde el punto de vista cronológico, territorial y numérico en la Banda Oriental.

Existen irrefutables documentos donde se establece que la ofensiva española de fines del siglo XVII hizo que los contingentes charrúas asentados en la actual Argentina - habían sitiado a Mendoza en el año 1537 junto con los querandíes y guaraníes en la primer Buenos Aires - y desde allí , expulsados por la gran purga de indígenas desencadenada luego de la Guerra Guaranítica(1750-1756), penetraron en tropel a nuestro territorio a fines del siglo XVII y principios del XVIII. Acá chocaron entonces con los ejércitos enviados por los jesuitas misioneros para defender la Vaqueria del Mar de las predaciones de los cazadores nomádas recién llegados. A ellos se unieron , por las mismas razones, sus por entonces aliados minuanes o minuanos, que manejaban muy bien la cría y el traslado del ganado a los campos de pasturas, según los ritmos estacionales.

La inmensa mayoría de nuestros compatriotas repudia, y yo los acompaño - mi libro El mundo de los Charrúas (l998) así lo confirma - la encerrona y matanza de los raleados remanentes de indios bravos o "infieles" realizadas por Rivera y Lavalle en Salsipuedes, pero callan (o ignoran) un episodio que multiplicó por cinco las bajas del "genocidio" de 1831. Alrededor de cuatrocientos minuanes, aliados con dos mil misioneros armados con "vocas de fuego" y al mando de un Maestre de Campo español, mataron y degollaron en el combate del Yi, acontecido en el 1702, a más de quinientos charrúas y los otros quinientos sobrevivientes - la "chusma" compuesta por mujeres y niños- fueron llevados y distribuidos como esclavos en Buenos Aires entre familias pudientes.


Por otra parte, a partir de los trabajos de Eduardo Acosta y Lara (La guerra de los charrúas, 1961) quedó demostrado con fehacientes datos, para desencanto de los que hacen trepar las cualidades de estos guerreros a la cumbre de la excelencia y los convierten en dueños de una espiritualidad y una moral superiores a las del "hombre blanco", que aquellos indígenas - seres de nuestra especie que compartían con las humanidades de todos los tiempos los defectos y virtudes de nuestra especie- hacían prisioneros de toda laya para venderlos como esclavos a los portugueses, con quienes muy bien se entendían, mientras que los minuanos se aliaban "con" o se distanciaban. Por su lado, según las circunstancias e intereses, los minuanos se aliaban o distanciaban de los españoles y los jesuitas misioneros.


A mayor abundamiento Bracco demostró, además, que Montevideo, la incipiente fortaleza, el "presidio" que defendía las casuchas de una endeble aldea, sobrevivió a un inminente y arrollador ataque minuan gracias a los buenos oficios de los enviados españoles,(no cabe la voz diplomático pues se trataba de gente ruda , de decir seco y directo) , entre los que figuraba el abuelo de Artigas. Más tarde, a principios del siglo XIX, cuando ya definitivamente los minuanos y charrúas eran extranjeros en su tierra, unieron sus destinos y vendieron caras sus vidas en las encerronas de Salsipuedes, Mataojo, Cueva del Tigre y alrededores, allá por el año de 1831.Y no fueron solamente los hombres de Rivera quienes llevaron a cabo la masacre. Sigilosamente convocados, y a tal punto que apenas algún historiador lo recuerda, Lavalle y sus guaraníes se encargaron del trabajo sucio: a costa de muchos muertos acabaron con alrededor de ciento cincuenta - y no miles. como muchos inventan- guerreros charrúas y minuanos. En esa mortífera faena los guaraníes de la vanguardia cayeron como moscas. Un charrúa recogido por mis abuelos en su estancia de Buricayupí, al que le llamaban Tiburcio, les narró estos y otros episodios antes de morir luego de dos años de estar con ellos. Tantos fueron los guaraníes muertos, decía, que los charrúas hacíamos murallas con sus cuerpos para, guarecidos tras ellas, flechar y bolear a los atacantes. Las fuerzas de Rivera sufrieron una sola baja. Ahora andan hablando de dos o tres más. Da lo mismo....

Pocos datos, muchas suposiciones


Sobre los idiomas indígenas hablados en esta tierra hay muy pocos datos. El Sargento Mayor Benito Silva, que vivió entre los charrúas y llegó a comandarlos, y una china del sargento Arias - "china" significa sirvienta en quechua - proporcionaron al Dr. Teodoro Vilardebó un listado de voces charrúas que no llega al centenar, las que, por otra parte, poco o nada ayudan a reconstruir la estructura gramatical de la lengua. Por su parte el Padre Dámaso Larrañaga escribió un Compendio del idioma de la Nación Chaná, que reúne más voces que el cuaderno del Dr. Vilardebó, pero nadie, que yo sepa, puede coser con el hilo de la imaginación las posibles conversaciones con los vocablos de estas lenguas muertas y realizar ceremonias rememorativas con fidelidad antropológica. Los charrúas , no muchos pero si decididos y valerosos defensores de sus cotos de caza estuvieron del lado de Artigas en los duros combates contra los portugueses y acompañaron a Rivera , - el cacique charrúa Piru (mal llamado Vaimaca) integraba el Estado Mayor- en la Conquista de las Misiones en el año 1828

Una identidad nostálgica

La mayoría de los sensatos antropólogos compatriotas - los hay posmodernistas con las cabecitas voladas que lo celebran- desaprueban el revival de quienes dicen ser los actuales "integrantes" de la Nación Charrúa. Estos tan entusiastas como desinformados compatriotas, cuyas inventadas ceremonias revelan un craso desconocimiento de los rituales indígenas , se cumplen dentro del contexto fantasioso de una Charrulandia que carnavaliza la cultura y oscurece la memoria de aquellos bravos guerreros.


Los índices de ADN que ostenta el 30% de los pobladores rurales que habitan al norte del rio Negro, atribuido exclusivamente al ancestro charrúa , son las hojas secas de aquel gran árbol guaranítico que prosperó en nuestros campos luego de la liquidación, en el l767, de la empresa evangelizadora por parte de una Real Pragmática del rey Carlos III. A la Banda Oriental - documentos probatorios mediante- se ha demostrado que llegaron 15.000 emigrados. Si alguna duda tienen, amables amigos, consulten el documentado y más que convincente libro de Susana Rodríguez y Rodolfo González (En busca de los orígenes perdidos. Los guaraníes en la constitución del ser uruguayo, 2010) y verán que me he quedado corto en la censura de este tardío romanticismo, llamemoslo asi per caritá, de dos docenas de criollos laburantes - manuales o mentales- que viven en ciudades, aislados los unos de otros, que son ricos en genes de ascendientes europeos y que han internalizado, a partir de su infancia, los rasgos, pautas y complejos de la civilización occidental. Todos aducen tener un bisabuelo o tatarabuelo charrúa, cacique por añadidura, pero se trata de un aguado rasgo genético de un indigenismo que yo podría ostentar, sacando a luz una antepasada guaraní. Permítanme afimar que me considero un ciudadano sensato y no creo ni en los conceptos de raza o pureza de sangre. Ni en el tironeo étnico de una lejana antepasada guaraní por parte de padre, atropellada por una tropa de vascongados ancestros inmigrantes o la yapa escondida de la "negritud", por parte materna, que podría concederme una bisabuela negra nacida en Brasil.. De proceder como los neo charrúas de hogaño, si apelara a mis apellidos Vidart Bartzabal Althabe también me podría proclamar vasco, y euskaldun por añadidura. Pero el Rio de la Plata es un crisol de cuerpos y de almas, un tubo de ensayo donde se han mezclado los ingredientes genéticos de aquella "raza cósmica"- una poética desmesura de lo que significa la voz trietnia- postulada por el mexicano José Vasconcelos.

Algo mas, que está mas allá de lo anecdótico y roza lo tragicómico. Un distinguido scholar de alto grado, antropólogo por añadidura, en un reportaje publicado en un diario - o "diaria"- montevideano, dijo que, en vista de mi oposición cerrada a las ceremonias de quienes juegan a ser charrúas, la Universidad del Uruguay debía retirarme el preciado título de Doctor Honoris Causa. Por su lado, un grupo charruista, herido en su amor propio y dignidad indígena me, amenazó con desencadenar contra mi persona la ruda venganza de aquellos templados guerreros. Si yo no cesaba de denunciar tan mentiroso fundamentalismo seguramente, como auténticos charrúas que eran, me iban a lancear o a echarme un tiro de bolas. Ese patoterismo callejero, por su desvarío, desmiente el ancestral coraje de los verdaderos y no fraguados charrúas. Juzguen los lectores ambas actitudes, absolutamente descabaladas, como diría Cervantes. .

Voces indígenas supervivientes

¿Cuántas voces en charrúa, chaná. bohan, yaro o minuano guarda la memoria de la gente de tierra adentro o se han incorporado a nuestro idioma hablado o escrito?; ¿cuántos accidentes geográficos, salvo media docena (Betete, Casupá, Carapé, Marmarajá, Bequeló, Mahum -¿cementerio?- , de donde surge el nombre de las asperezas de Mahoma) y algunos dos o tres más de dudoso origen, ostentan nombres minuanos o charrúas?.
No es el momento oportuno para ofrecer el muestrario de esas pocas voces charrúas devoradas por el olvido que sobreviven en el pomposamente llamado Códice Vilardebó, o las que se recopilan en el tercer tomo de las obras completas del Padre Larrañaga, que incorpora una memoria dedicada a un pálido esbozo de la lengua de los mansos chanáes. Encamino a los interesados a los reoertorios que figuran en el libro La nación Charrua, 1957 de Rodolfo Maruca Sosa. O a que escriban en el Google "Lista de las palabras charrúas conocidas y su significado" .Verán que no llegan a sesenta. Pero con tan pobre léxico y sin conocer la sintaxis los charruistas hablan "de corrido" tal lengua, se visten con quillapies de Gran Poder, empuman sus testas, y arman conjuntos orquestales con inverosímiles instrumentos, a tal punto que en un documental por ellos filmado divisé un redoblante de murga. Dicen, si, que interpretan piezas de música charrúa.

Las voces guaraníes sobrevivientes

Voy si, a proporcionar listas incompletas pero significativas de las voces indígenas que sobreviven en nuestro idioma. Descarto las de los accidentes geográficos, fauna y flora, tan abundantes, de origen guaraní. Los guaraníes siempre estuvieron presentes en nuestro actual territorio. Eran muy pocos en el momento de la conquista. Su concentración mayor se hallaba en la tierra de los chandules, en el Delta del Paraná. Restos de su hermosa alfarería han aparecido en las cercanías del rio Santa Lucía. La cerámica de los tapes corona las capas arqueológicas de los Cerritos de los Indios, levantados hace miles de años por los láguidos- los despreciados tapuya- que provenían de los sambaquies de la costa brasileña y se asentaron en el este y noroeste de nuestro territorio, hace mas de 3000 años. 


Es en el período histórico que la presencia guaraní se acrecienta y hacia fines del siglo XVIll cubre casi totalmente el norte del río Negro, particularmente Tacuarembó y Paysandú. (En Paysandú nací yo y desciendo por via paterna -lo repito- de una india misionera que tuvo una hija con Artigas, y de una negra brasileña, tatarabuela, por parte de madre.) Año tras año llegaban por cientos los arrieros denominados camiluchos, vigilados y comandados por los padres jesuitas, a la Vaquería del Mar, situada al norte de Maldonado, para arrear vacunos hacia Yapeyú y la Estancia de los Pinares. De continuo hombres y mujeres "reducidos", hartos de la rigidez teológica, política y económica impuestas en aquellas laboriosas colmenas, se desgajaban de la teocracia que imperaba en las Misiones y, escapando de los trabajos fatigantes impuestos por los padres, tal cual narra Anglés y Gortari (Los Jesuitas en el Paraguay, 1769), quien contó hasta 30 negros esclavos al servicio de cada soldado de Cristo, se refugiaban en las tolderías de los charrúas y minuanes, con quienes se mestizaron. Tacuabé -nombre guaraní- y Guyunusa, que quizá no eran charrúas sino refugiados entre ellos, estaban bautizados, como consta, en la Iglesia de Paysandú, núcleo originariamente habitado por guaraníes. Miles de aquellos tapes levantaron las murallas de Montevideo y dieron vida a otros centros poblados en la era colonial. Combatieron, en varias ocasiones, bajo el mando de los españoles, contra los portugueses que habían fundado Colonia. Ello sucedió en los sucesivos sitios que sufrió ese enclave que albergaba muchos marranos, o sea judíos conversos, y aún criptojudíos, que desembarcaron en el 1680 al mando del también posible marrano - el apellido lo dice todo- Manuel de Lobo. A los guaraníes misioneros que levantaron las murallas de Montevideo era tan poco lo que se les pagaba por ese trabajo que sobrevivió el dicho "el salario del tape". Nutridos ejércitos de guaraníes pelearon junto con Artigas, comandados por Andresito, Sití y otros jefes cuando la invasión portuguesa. Pero antes, hacia el 1767, y lo repito para subrayarlo enfáticamente, cuando el rey Carlos III desmanteló las Misiones, emigraron, según el testimonio del padre Nussdorffer, 15 000 guaraníes a la Banda Oriental y otros tantos a la Mesopotamia argentina, donde, el Corrientes aún se habla esta melodiosa lengua.. Tienen, numérica y culturalmente, mucho más influencia que los charrúas en el poblamiento y fisonomía étnica del país rural. Buenos agricultores, también manejaban racionalmente la cría del ganado de las estancias, tenían oficios, eran músicos, escultores y fabricantes de barcos, estaban cristianizados y eurotecnificados por los integrantes de la Compañía de Jesús, y, sobre todo, trataron de mimetizarse con la gente de los nuevos pagos cambiando sus nombres, españolizándolos y mezclándose con los criollos. Falta agregar que al regreso de la campaña de las Misiones, tomadas fulminantemente por Rivera, éste reingresó al pais con grandes contingentes de guaraníes que se asentaron en Belén, Durazno y muchas estancias, formando peonadas que bien conocían las tareas ganaderas.


El contingente demótico de la Patria Vieja debe mucho más a los guaraníes que a todas las tribus nomádicas juntas, incluyendo a los canoeros y ceramistas chaná- beguá. En el lenguaje de tierra adentro subsisten palabras guaraníes por todos conocidas. Voy solamente a ofrecer una pocas denominaciones de los ríos, cerros, sierras y cuchillas ( Arapey, Queguay, Aceguá, Tacuarembó, Daymán, Yacaré-Cururú, Yi, Batoví, etc.), asi como a las de la abundante flora autóctona (sarandí, ñandubay, timbó, ñapindá, viraró, etc.) y los bichos de monte, pradera, aire o agua :( guazubirá, ñacurutú, caburé, ñandú, mangangá, patí, surubí, biguá, saguaipé, etc.)

Dejo de lado las del lenguaje familiar y la diara comunicación, presentes, sobre todo, en los medios rurales..

Presencia del quechua


Pero hay voces de origen muy lejano, hijas del quechua, que ni siquiera se sospecha su lugar de origen. En efecto, desde el Alto Perú los carreteros no traían y llevaban solamente mercaderías de ida y vuelta a la otra Banda: arrearon también decenas de voces altiplánicas, más abundantes aún que las subsistentes del charrúa. Va una lista muy incompleta :queresa, pisingallo, marlo, molle, choclo, lechiguana, locro, quincho, guano, guayaca, garúa, guampa, guacho, guanaco, guasca, chirlo, frangollo, charque, charango, suncho, ñato, vinchuca, caucho, china ( o sea la servidora, la sirvienta) chuza, chicha, chuño, chúcaro, cuzco, cucha, chala, cholo, puma, chaura, poroto, zapallo, achura, chacra, papa, chasque, y aquí me detengo, porque la lista sigue y fatiga.

Voces del arahuaco llegadas al Plata


No se detiene aquí la cosa. Llegaron tambien voces del arahuaco, porque, como en el caso del antropolito de Mercedes, una escultura semejante a las del pretiahuanaco, que presenta una depresión en el vientre para quemar paricá, un alucinógeno, los objetos y las palabras caminaban con los nómadas, se aprendían en los parlamentos, se intercambiaban en las entrevistas, se ofrecían en los trueques, pululaban en los mercados. Del arahuaco antillano y costeño del mar Caribe los conquistadores cargaron en su mochila lingüística y las difundieron en muchas regiones de Sudamérica las voces sabana (llanura con altos pastos), batata, colibrí, hamaca, tiburón, canoa, carey, maíz, barbacoa, yuca, bohío, tabaco, cacique, iguana y macana, entre otras. En los diccionarios de voces americanas se dice que macana es un palo para golpear, un garrote pequeño, una "maza contundente de los indios", una especie de azada, una piedra gruesa atada al extremo de un palo, y no abundo en las demás acepciones ( ver Augusto Malaret, Diccionario de Americanismos, 1946) para no fatigar y fastidiar al lector. El Diccionario del Español del Uruguay de nuestra Academia por su parte dice: "Macana (de etimología controvertida).Hecho o situación lamentable. Embarrada .embuste de palabra. arma policíaca de disuasión, que consiste en un palo de 50 cm de largo y 4 cm de grosor." Luego de completar los sentidos de la voz, emparejando la expresión criolla ¡qué macana! con la española ¡"qué crimen"! (sic) se dedica a esclarecer una familia de palabras utilizadas diariamente por los uruguayos: macaneada, macaneador, macaneo, macanudo, si bien esta última no tiene un sentido negativo sino de admiración y aprobación. Pero ninguna de estas atribuciones acierta con el origen del término. En mis viajes por el Departamento colombiano de Boyacá visité la población de El Macanal, una bellísima aldea de la vertiente andina. Pregunté el porqué de su nombre, convencido de que las antiguas indiadas allí residentes usaban macanas para dirimir sus querellas. Nada de eso. La madre del borrego es en este caso un árbol de recia madera que se llama macana. Y de sus ramas salieron los pesados garrotes y con ellos todo el macaneo lexicográfico posterior. Viajando, preguntando y viendo - el ver es profundo; el mirar, superficial- se aprende más que con los libros.

Y como la ocasión convida les cuento a los lectores que por ese entonces, subiendo a los páramos cubiertos de musgos acuíferos y descendiendo a los guaduales de los valles, yo andaba tras la pista de las siembras experimentales que los "narcos" colombianos estaban practicando, en busca de escondites para plantar la amapola. De esta flor se extrae la papaverina, el alcaloide de la "adormidera" que, navegando por los somnolientos ríos del opio y la morfina, desemboca en el maléfico estuario de la heroína. Al fin, bajo la ceja de la montaña, encontré la zona secreta y ¡oh! sorpresa, el científico contratado por los narcos para experimentar con variedades de amapola era un ingeniero agrónomo uruguayo.

Por tierras mexicanas.


A "la región más transparente", como llamaba Carlos Fuentes a la meseta mexicana en su novela homónima - la frase, pronunciada por Guillermo de Humboldt en 1804 "Viajero, has llegado a la región más transparente del aire " fue una frase repetida luego por Alfonso Reyes en su Visión de Anahuac, 1917- se le debe sumar los peladeros de Yucatán. Alli, en la playa cercana al puerto del Carmen, frete a la isla de Cozumel devastada por el español Alvarado, me enteré de una noticia sensacional cuyo informante me confió creyendo que yo era un "gringo", dado mi cabello castaño y mis ojos azules . Luego de unos tequilazos navideños en una playa donde bajo las palmeras leía libros y más libros el insigne pensador y científico argentino Mario Bunge, a quien ya había conocido en Bogotá, y ya "gangoso por la tranca", como decía Martin Fierro, un indígena maya me confió que su familia, cercana a Mérida, guardaba celosamente un códice que pasaba, sigilosamente, de generación en generación. Me pidió guardar el secreto de su nombre y pueblo de residencia y hasta hoy y para siempre cumpliré con mi palabra empeñada, pese a que se trata un tesoro arqueológico incunable (solo sobreviven tres luego de la quemazón española de esas maravillas del saber y el arte) . Merece estar en manos de los descendientes de los antiguos mayas , como una preciosa herencia familiar, y no en el Museo Nacional de Antropología de México, que visité muchas veces y conozco a fondo.(Ríanse: una delegación de expertos extranjeros de la UNESCO me eligió para que oficiara de guía en su visita a ese extraordinario acopio de muertas culturas. Como lo conocía al dedillo, creo que me porté muy bien) 
De esa Mesoamérica manoseada por el turismo que muestra postales y no arqueología- ¿ cuantos viajeros compatriotas ha visitado Malinalco o las pirámides del Valle del Toluca?- , y por ello tan poco conocida en estas latitudes, llegan palabras por demás familiares entre nosotros: tomate, chocolate, chicle, petate, petaca, aguacate, hule, jején, tiza, cacao, cacahuate.

De la pampa araucana

De llanura septentrional de los araucanos que, luego de desalojar a los pampas primitivos, hermanos somaticos de los charrúas, fueron exterminados por el General Roca en la "Campaña del Desierto", parece que proviene la palabra vincha. Sentado, allá por las Sierras Bayas, cercanas al triángulo urbano Olavarría, Azul y Tandil- en la piedra que fuera la "silla de Catriel"- un famoso cacique pampa -araucano, evoqué aquel genocidio que, junto con los de Jackson en los EE.UU. y de Rivera-Lavalle en los campos de Paysandú, acabó con el aire libre , la carne gorda , el cuerpo de costumbres de las tribus nomádicas de las dos Américas y la vida de millones de nativos. ¿Saben cuál era el lema de los rifleros "caras pálidas" de los nacientes EE.UU.? : " el indio bueno es el indio muerto".

Qué significa la voz Uruguay.

Y ahora, para finalizar , voy a referirme al nombre de nuestro país, el Uruguay, una voz guaraní prestidigitada y desvirtuada a mas no poder por etimólogos de postín. Los cronistas y cartógrafos de los siglos XVI y XVII, que mal escucharon y peor entendieron el nombre originario, pronunciado por bocas indígenas, lo escribieron de muy diversas maneras y lo tradujeron al español como les vino la gana. Vamos a pasar revista a la tripulación de esta nave de los locos.
En el mapa del vasco Sebastián Elkano (1523), limitado a nuestras costas y las del sur del Brasil, aparece el nombre Yruguay. Diego Ribeiro, en su mentado Mapamundi de 1529, incluye el " Rº negro de Uruay". El analfabeto navegante portugués residente en Galicia, Diego García, el primero que habló de charruases, a quienes también denominó "chaurrucíes" en la famosa Memoria al Rey, dictada en España (1530 o 1531) a un torpe amanuense, luego de sus viaje al rio de la Plata - y de ahí su lastimosa redacción y pésima ortografía-, registra dos distintos toponímicos: Luriay y Uruay. Barlow, el inglés que vino con Gaboto, le llamó Ornay, y el propio Gaboto, en un mapa dado a luz en 1544, escribió Huruay. Un documento publicado hacia el l970 por nuestro compatriota Rolando Laguardia Trías, cuya fecha se ubica entre 1560 y 1572, registra la voz Huruguay. Hacia 1587 Ortelius, en una célebre carta geográfica lo denomina Urualt y en el mismo año el franciscano Fray Juan de Rivadeneyra lo transforma en Oroy.


El surgimiento de la grafía Uruguay, que ha sobrevivido a este secular desfile de inexactitudes, es consagrado por el arcediano Martín del Barco Centenera, a cuyas chambones versadas (Argentina y conquista del Río de la Plata, 1602) denominé en una de mis libros "Ilíada indiana en tono menor". De idéntico modo escribe dicho toponímico el paraguayo Ruidíaz de Guzmán en su Historia del descubrimiento, conquista y población del Río de la Plata (1612). Pero, a pesar de la coincidencia en el empleo de dicha denominación, cuna genética de la actual y consagrada grafía, el nombre no estaba aún firmemente establecido. En las Cartas Anuas de los padres jesuitas y otros documentos por ellos redactados se vuelve a escribir "Provincia del Uruay"(1613) y se considera, erróneamente, al "Huruay" como "nación copiosísima de gente "(1615). Este variable nomenclátor confirma una vez más el halo de imprecisión que rodea la toponimia indígena incorporada por los exploradores y viajeros de la primera hora en los documentos que utilizamos en nuestros días. Es posible que el término originario no fuera siquiera el de Uruguay, aunque ya no es tiempo para rectificaciones.


Una semejante vaguedad invade también el campo de las etimologías, como se comprobará de inmediato. En mis tiempos de escolar, las maestras y los libros de lectura me habían enseñado que, según el dictamen de los poetas Juan Zorrilla de San Martín y Fernán Silva Valdés, que nada sabían del idioma guaraní, el nombre Uruguay significaba " río de los pájaros " o , mejor aún, lirismo fantasioso mediante, "río de los pájaros pintados". En efecto, es posible que alguno de estos compatriotas conociera la interpretación dada por el naturalista y antropólogo alemán Karl von Martius, el cual opinaba que Uruguay quería decir " río de las aves de diversos colores". Pero esta interpretación, como se verá, sacrificaba a la belleza del calificativo la enigmática sustancia del verdadero nombre. Años después, ya metido de lleno en el gran tema de mi vida cual ha sido el de esta tierra y su gente - y lo que dice al oído la geografía , calla la historia y estudia la etnografía- me interesé en conocer el origen y el significado del nombre de la corriente en cuya orilla sanducera yo había nacido. Averigüé entonces que el urú no era un pájaro sino una especie de gallineta y que algunos investigadores preferían la prosaica traducción de dicho término. Entre ellos figuraban Félix de Azara, que lo convirtió en " río del país del urú " ( urú, gua, i ); Deletang, que se inclinaba por el admirativo "¡cuántos urúes hay en esta corriente de agua ! "; Borges Fortes, que lo transformó en " río de la gruta del urú"; Faber Halembek quien, al dar un paso más hacia el divino macaneo, lo traducía como " río de los grandes urúes de grito lastimero", y de nuevo Zorrilla de San Martín, no decidido del todo entre pájaro o gallineta, aunque en este último caso aceptaba que fuera una especie de pava de monte con la condición de que el tal avechucho emitiera un canto melodioso...

El ejercicio de la desconfianza - la duda metódica cartesiana- del que no he dejado de ser tributario desde mis lecturas juveniles y mis posteriores andanzas por el ancho mundo, me llevó luego hacia otras inquisiciones y aprendizajes. Ducho ya en el manejo de libros y documentos, hube de enfrentarme con una criolla Torre de Babel, habitada por un conjunto de encontrados pareceres, algunos quizá más acertados que los que revolotean en el jaulón de las aves que acabo de enumerar. Los jesuitas Nicolás Durán Mastrilli y Antonio Ruiz de Montoya, que conocían bien la lengua de los guaraníes reducidos, afirmaron tempranamente, cada uno por su lado, que Uruguay significaba "río de los caracoles" (uruguá, caracol; i, agua ). Lo acompañaron en este parecer Andrés de Oyárvide, José María Cabrer, Pedro de Angelis, - que no desechaba que pudiera traducirse también como " río de las gallinetas"-, Arsène Isabelle, quien suponía que, en vez de caracoles, a lo mejor se trataba de las abundantes conchas acumuladas en sus orillas, provenientes de los moluscos bivalvos, y el ingeniero geógrafo José María Reyes, que agregó la interpretación de "río de las vueltas", por los bucles que presenta su curso. Como el idioma guaraní es frondoso en metáforas, la traducción correcta sería, " río acaracolado" (Vargas Gómez) o " tortuoso como un caracol" (Mantilla).


Ello nos conduce hacia otro grupo de significados, provenientes de las características del caudal: "río de los remolinos" (Xavier de Oliveira) , o del trazado del curso, " rio de las vueltas " (Juan Manuel de la Sota, quien coincide con la interpretación de José María Reyes). No para aquí el devaneo, cuya reiteración encamina a veces a las oscuras provincias del desatino. Aubin habla de un " agua que brota de la cueva", Luckock, de la "gran agua roja ", Rafael Schiaffino, del " río que nunca es negro " (aunque duda entre esta traducción y la que lo convierte en " tierra de los antepasados"). Paúl Groussac no sabe si conviene llamarlo " río de las juntas " - ¿las confluencias? - o "río de la boca".


Buenaventura Caviglia, que escondía como veinte etimologías en la manga, deja caer la traducción de " río que viene desde lejos". Cúneo Vidal se inclina por la de "río de los guaraníes bajos", en tanto que Faber Halembek alterna su anterior preferencia ornitológica con la de "agua horriblemente podrida" o cosa parecida. Hay todavía más: para Borges Forte se trata del " río de la cola de gallo", Bautista C. de Almeida Nogueira lo convierte en el " río principal"(Yruguay) o " del canal" (Iruguá), confirmando así una antigua variante propuesta por el sabio padre jesuita Ruiz de Montoya : " canal por donde va la madre del río".
Como habrá podido comprobarse hay para todos los gustos y , al cabo, pese a que el erudito Daniel Granada afirmaba que se estaba en lo correcto al traducirlo como "río del caracol" , no podemos sostener con total convicción que los guaraníes lo denominaban Uruguay y que la etimología preferida por el citado autor es la correcta. Siempre merodea la duda; siempre persiste aquella ambigüedad que arranca desde el mismo fondo de la historia. Y aquí dejamos el asunto, para no ahogarnos en las aguas revueltas del etimoloqueo.

 

 





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