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Ayestarán

Daniel Vidart

23.09.2018

Cuando se evoca la memoria de los héroes culturales, a los que pertenece Lauro Ayestarán, la cuenta de los años que van desde su nacimiento en el 1913 al de su muerte en el 1966 escapa a la geometría lineal del tiempo, ese andante cronista del espacio.

En efecto, hay otro tiempo distinto al cronológico, un tiempo que se evade del calendario y se hace memoria e historia en el itinerario biográfico de la persona. Se trata del tiempo vivido, del diálogo existencial entre el ánima de la sensibilidad y el animus del espíritu, entre el Yin del afecto y el Yang de la inteligencia. El tiempo del almanaque se congela en los números de los documentos de identidad, en las fechas que pautan una peripecia vital, en la fría evocación de las lápidas. Este otro, el tiempo vivido por los hombres de estatura moral virtuosa y valentía intelectual, dones que caracterizaron a la figura y al genio de Lauro, arde como un fuego sagrado, ilumina los pasos de quienes, como pedía Goethe, procuran ir de lo oscuro a lo claro, transitando desde las tinieblas de lo desconocido a la luz de lo revelado.

Lauro Ayestarán manejó como pocos esa felicidad que se llama poíesis, que en griego significa creación. Fue un músico rigurosamente formado y, sobre todo, un musicólogo de campo, que, movido por una heroica vocación favorecida por la voluntad, viajó por las tres comarcas de la música: la tradicional, la popular y la académica,

No fue Lauro un compositor musical o un instrumentista insigne. Tempranamente se declaró un buscador de tesoros, un taumaturgo que supo arrebatar al olvido las voces perdidas, las melodías marchitas, los cancioneros de la ruralia despreciada. Pionero absoluto, recuperó la música sumergida en las lagunas del folklore, el canto popular de las orillas, las partituras coloniales de grandes y pequeños compositores, las notas de esa mágica urdimbre sonora que la historia, a un tiempo, esconde y muestra. Pero ese rescate supuso una tarea denodada. Cargando grabadores de peso descomunal trilló caminos rurales, visitó pueblos mortecinos, se instaló en los ranchos, patrulló los mundos suburbanos. Allí estaban los guitarreros, los acordeonistas, los viejos decidores de romances viejos, los cantores de voces desentonadas, aguardentosas, casi siempre carcomidas por la vejez. Lauro fotografiaba a los protagonistas de esos arcaicos lirismos, tomaba nota de todo cuanto concernía, desde el punto de vista musicológico y antropológico, y de tal modo iniciaba el rescate de las cifras antiguas, de las vidalas nocturnas, de los cantos de antepasados fogones, donde, entibiados por las brasas, los payadores trenzaban y destrenzaban sus contrapuntos.

La suya fue una labor que desconcierta por lo gigantesca, que sorprende por lo exacta, que conmueve por los sacrificios demandados al recolector incansable. Pero no paró en esos trabajos la tarea autoimpuesta por aquel Hércules intelectual. Fue Lauro un profesor eminente, claro en los conceptos, incisivo en las definiciones, múltiple en su andanza por todos los pisos de la casa pedagógica, desde la planta baja de la enseñanza elemental, mucho más importante de lo que se piensa, al ático de la superior, ejercida en la Universidad o prodigada fuera de fronteras, y reconocida como excepcional en todos los casos. Hurgaba activamente en el pasado. Compró, puntualmente, en la feria de los domingos, todo tipo de partituras, desde los tangos arrabaleros hasta los valsecitos criollos, desde las veloces mazurcas hasta las producciones de los pequeños y los grandes maestros, a veces escondidas en sus amarillentos originales. El edificio musical, para cobrar carácter y sentido, necesita esos ladrillos de la mal llamada artesanía popular: la giga aldeana fue exaltada por Bach y el tango se vistió de lujo en las composiciones de Piazzola.

Pero este hombre inquieto, curioso, movido por aquel helénico asombro que dio luz a la filosofía de Occidente, era también un investigador de primera agua. Investigare en latín significa seguir las huellas, los pasos, tanto de los hombres como de sus obras. Fruto de esa búsqueda certera, tenaz, practicada con singular puntería, que no se detuvo en lo accesorio, que siempre acertó en el blanco de lo valioso y lo verosímil, fue su producción escrita, recogida en libros imprescindibles en su necesidad e inimitables en la calidad del mensaje y lo exacto de la escritura. Ya había adiestrado como periodista, como temprano poeta, como crítico teatral, cinematográfico y musical, ese ojo de fina mirada, ese estilo de ceñida pulcritud que caracteriza a sus obras. Y de tal modo fueron editadas, a partir de su primer libro, dedicado a Doménico Zípoli, contribuciones muy valiosas acerca de las expresiones, y no solamente musicales, de los indígenas, de los remanentes afro uruguayos, de los obreros y difusores del tango, de las partituras de carácter profano y destino religioso , hijas de oscuros o brillantes compositores residentes en estas latitudes.

Entre toda esa intensa producción se destaca una obra monumental, por momentos increíble, no solo por la amplitud y excelencia de su contenido sino porque su autor era un hombre tironeado por múltiples obligaciones, por exigentes tareas, por compromisos que no pudieron menguar la autoridad de los dichos y la responsable eficacia de los emprendimientos. Me refiero al ciclópeo tomo 1º de La música en elUruguay, que iba a ser continuado por otros dos, que no pudo completar : se les adelantó una muerte madrugadora, fulminante y cobarde. Los héroes mueren jóvenes, y el talento y voluntad de obra de Lauro tenían la frescura de una juventud que se espejaba en sí misma, que no pudo ser vencida por el tránsito fugaz de una criatura sacada a traición del aire del mundo.

En su tiempo fue ampliamente reconocida, dentro y fuera del país, la obra de este hombre ejemplar. Pero quiero detenerme, antes de finalizar esta brevísima semblanza, y por ello injusta para con los merecimientos de Lauro, en el ser moral de aquel querido y admirado amigo y maestro que, como yo, descendía de vascos - él de los del sureño Hegoalde, yo de los del norteño Iparralde- y con quien conversaba a menudo, largamente, en el acogedor ambiente de su biblioteca, una de las consideradas mejores en su género, sobre el pirenaico Euzkadi de los abuelos.

Lauro era un hijo de la verdad. Un hombre puro y duro en su oficio de convivencia auténtica con el otro, en su papel de mentor hogareño, en su darse de camarada leal. Enseñaba con la palabra y el ejemplo. Era insobornable. No separaba la libertad de la justicia. Defendía sus convicciones sin imponerlas. Sabía catalogar con criterio infalible y resignación melancólica a los arribistas y a los farsantes. Era un honesto cristiano, y le gustaba caminar sobre el rocío matinal de los evangelios antes que por los mármoles de la crepuscular, autoritaria y autoproclamada infalibilidad de las cumbres. Tenía la recatada modestia de los que supieron, intrépidamente, internalizar el "conócete a ti mismo" del Oráculo de Delfos. Abusó de su cuerpo y de sus clarividentes facultades mentales, de su arquitectura mortal y de su coraje generoso. Quiso recoger y dar tanto que sobrepasó la humana resistencia. Escogió el martirologio de un trabajo excesivo que al final acabó con uno de los hombres más dignos, más sabios, más desinteresados que yo he conocido en mí ya larga vida.

Y he aquí que de pronto advierto que no estamos rindiendo homenaje a un desaparecido héroe del espíritu, que se nos fue de entre las manos y los corazones. Sabemos, sentimos, que está ahora entre nosotros, clara su mirada, suave su voz, presente aquella actitud cordial que se prodigaba hacia el Otro: el discípulo, el amigo, el ciudadano de a pie. Lauro nos acompaña, nos aprueba, nos agradece, nos abraza y, como antes, vasco confidente y misterioso, nos palmea en la espalda. Nosotros retribuimos su amor con la gratitud una sonrisa y la tristeza de una lágrima.

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