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Carta abierta a veganos, animalistas y afines

Rodolfo Martin Irigoyen

11.12.2018

Carta abierta a veganos, animalistas y afines

 

Empecemos aclarando los tantos para evitar malos entendidos. Respecto a las explicaciones sobre el origen y el desarrollo de la vida en la Tierra, existen dos grandes líneas de pensamiento, el creacionismo y el evolucionismo. Como es sabido, la primera, que constituye una creencia (dado que no reclama ni admite comprobaciones) postula que tanto la materia inerte como los animales y las plantas, fueron originados tal cual son en un acto voluntario de un ser superior, omnipotente y eterno. En cambio la segunda, constituye una teoría científica (que no solo admite, sino que está obligada a probar sus postulados) desarrollada inicialmente por Charles Darwin a mediados del sXIX y que explica el desarrollo de las especies animales y vegetales a través de la evolución, determinada por un proceso natural de selección. Mi posicionamiento personal claramente se inscribe dentro de esta segunda línea interpretativa y con esa perspectiva realizo estos comentarios.

El mundo tal cual lo conocemos, es el resultado de uno de estos dos procesos, el creativo o el evolutivo, aunque con frecuencia se observan mezclas de ambas interpretaciones, en general como resultado del intento de las religiones de aggiornarse ante el imparable avance de la ciencia, que prueba, sin espacio para la duda, que la evolución es un proceso tan innegable como permanente y determinante del estado actual del mundo en el que vivimos. 

El proceso evolutivo se desarrolló sin intervención consciente del hombre desde el inicio de los tiempos hasta hace unos 10 a 12 mil años, cuando los humanos iniciaron el proceso de domesticación de animales y plantas. Empieza así el desarrollo de la agricultura en base a lo que se denomina "selección artificial", proceso por el cual el hombre permite que solo se multipliquen determinados animales y plantas, los más adecuados para la satisfacción de sus necesidades. 

Y esta participación del hombre en los procesos naturales ha sido determinante del desarrollo de estos. No solo en las especies de animales y plantas que domesticó, diversificando y mejorando sus características productivas, sino sobre el conjunto de las especies vivas al ir modificando, con el correr de los siglos, el medio ambiente al que la vida debe adaptarse para seguir existiendo.

La magnitud de estos cambios y su velocidad de procesamiento, es difícil de imaginar. En un período de tiempo equivalente apenas al último 5% de la historia de su evolución como Homo sapiens, los humanos multiplicaron por mil su número sobre la Tierra. Y todo sigue creciendo: la población mundial, que actualmente es de 7.600 millones crecerá, según los modelos poblacionales, hasta unos 9.000 millones, para luego estancarse y posteriormente empezar a decrecer. Pero además, la duración de la vida humana es cada vez mayor: aunque con tasas diferentes, aumenta en los cinco continentes. Y la cantidad y calidad de los servicios de que la humanidad dispone tampoco dejan de multiplicarse en todo el mundo. Mil veces más población, con vida mucho más larga y necesidades infinitamente mejor satisfechas. En tanto las revoluciones tecnológicas y sociales (agrícola, industrial, institucional, informática) que son el motor de todos estos procesos, se suceden y aceleran.

Estos son datos, reales y constatables, no una opinión interesada ni el imaginario actual de alguna creencia. Con independencia de la discusión ambiental que estos procesos conllevan (que merece capítulo aparte) es innegable que en el contexto actual, las invocaciones de "retorno a lo natural", de la "alimentación sana" de "respeto a los animales" y otras por el estilo, nos hunden en un abismo de indeterminaciones solo sostenibles negando los postulados de la evolución, y sustituyéndolos por principios creacionistas que no requieren, o mejor dicho rechazan, cualquier tipo de racionalidad.

Porque ¿a que naturaleza queremos retornar cuando en relación con ella lo único permanente es el cambio? ¿A la de nuestros abuelos, emigrantes que huían del hambre y las pestes? ¿A la antigüedad donde solo se disponía del trabajo esclavo para apenas mantener una población veinte veces menor a la actual? ¿O más atrás, a las cavernas y la lucha con el mastodonte? ¿Dónde poner el límite? 

La visión bucólica de la vida es una ilusión. Quien hoy lo dude, que se interne -sin ir más lejos- en los montes del Río Negro, del Queguay o del Tacuarembó, haga contacto con algunos de los montaraces que viven en y de esos montes, y evalúe esa forma de vida. Porque hacerlo el fin de semana de turismo, con camioneta, conservadora con hielo para comestibles y bebestibles, carpa con mosquitero, motor de luz y la civilización disponible en un rato, es hacerse trampas al solitario.  

¿Y la alimentación sana consiste en no comer carne, cuando nuestra especie ha evolucionado durante millones de años con ella como base de su alimentación, hasta llegar a ser el omnívoro que somos? ¿Y sin lácteos, siendo mamíferos? ¿Cambiar nuestro mapa genético para satisfacer una moda? ¿Pensamos que el camino a seguir para vivir mejor o incluso sobrevivir como especie es el de imitar al amigo de Liza Simpson que no comía "nada que produjera sombra"? ¿O manifestando contra los transgénicos, indispensables para alimentar a la humanidad? Como dijo un científico norteamericano: "los que se oponen a los transgénicos, deben hacerse responsables de las consecuencias de sus opiniones y definir quienes serían los mil millones de personas que morirían de hambre si esa tecnología no existiera"

Y vinculado con lo anterior, el "respeto" ¿a qué animales? A todos, imposible, porque no pararíamos ni al llegar a los virus. Si se refieren solo a las mascotas, el criterio es demasiado restrictivo, quedarían libradas a su suerte y su eventual desaparición todas las demás especies, desde la abeja a la ballena. Algo parecido ocurriría si solo se "respeta" a las especies de interés económico, hayan sido domesticadas o permanezcan silvestres. Y así podríamos continuar indefinidamente, sin poder ponernos de acuerdo en los límites del colectivo animal al cual dirigir nuestra protección. 

Pero hay algo más grave que esta dificultad logística en relación con el "respeto animal". Se trata del hecho de que las mascotas y demás especies domésticas no son naturales en el sentido de "no hechas por el hombre" sino todo lo contrario. Naturales son los ancestros, pero los que queremos proteger, son "artificiales". Natural es el lobo, pero a los perros que derivan de él los hizo el hombre, desarrollando el olfato para crear al perdiguero, la velocidad para llegar al galgo, el instinto de defensa para el ovejero alemán o el de ataque para el doberman. Entonces, cuando se exige la protección de las especies domésticas o de las mascotas, no se protege lo natural, sino lo artificial, lo creado por el hombre. Y si el  hombre los hizo, el hombre tiene derecho a usarlos con los fines para los cuales los creó.

Que la vaca lechera produzca 30 litros diarios, es producto de la inteligencia, porque el hombre trabajó y trabaja desde hace varios siglos para que ese fenómeno se produzca, y gracias a él la humanidad dispone de leche. Porque la exigencia "natural" para la alimentación del ternero se satisface con la décima parte de esa producción. Y el mismo razonamiento se aplica a infinidad de productos como los diferentes tipos de carnes y demás alimentos, o a la enorme variedad de aptitudes de las diferentes especies animales (y vegetales, dicho sea de paso) desarrolladas por el trabajo y la inteligencia del hombre con el fin de satisfacer los requerimientos de la sociedad humana. Otro asunto es el "como" se realizan esos desarrollos, y en ese sentido enfoques modernos y de creciente actualidad, como el del bienestar animal, también merecen capítulo aparte.

En definitiva, los postulados animalistas como defensores de la naturaleza, no tienen ninguna consistencia. Si solo quedara lo natural, en el sentido de no producido por el hombre, las especies domésticas y de interés económico desaparecerían como tales, conservándose como especies solo con magnitudes equivalentes a una milésima parte de la actual, en forma de relictos ancestrales refugiados en sus áreas geográficas de origen.  Y la misma línea argumental se puede desarrollar para las especies vegetales. 

Asimilar como lo único natural a la forma actual que muestran los seres vivos en el mundo, es un posicionamiento reaccionario, negador de la evolución y el progreso, y que implica aceptar los postulados creacionistas: las cosas son, y deben seguir siendo, tal como dios las creó.

Entonces, muchachos y muchachas que motivan esta carta, por favor un poco de coherencia. Asuman las implicancias de sus creencias, elijan el credo que mejor las represente, y empiecen a ejercitarse en el cumplimiento de sus preceptos. Como todo converso, convendría que, al menos en sus inicios, se mostraran más realistas que el rey, y empezaran eligiendo algún precepto cuyo cumplimiento les resulte particularmente penoso. Por ejemplo, podría ser el de limitar vuestra actividad sexual a los estrictos límites del matrimonio, y, ¡ni que hablar! practicándola exclusivamente con el sexo opuesto. Como es natural. 



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