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Malicia indígena y viveza criolla

Daniel Vidart

28.02.2019

Sería interesante confrontar en un estudio amplio, donde lo histórico, lo sociológico y lo literario caminaran de la mano, las correspondencias y diferencias existentes entre la picardía española, la malicia indígena y la viveza criolla, no sin mentar, cuando sea oportuno, el espíritu entre desencantado y burlón que una aviesa fauna de trasterrados hispánicos desembarcó en el mundo americano.

 

La malicia indígena no es una actitud existencial propia del indio sino una condición atribuida por el español. Califica al Otro, al legítimo dueño de casa que ayer luchó frontalmente contra el invasor europeo y que hoy, sojuzgado, convertido en manso agricultor, forma parte de la humanidad del área denominada sierral en la clasificación de Cooper, un antropólogo estadounidense de mediados de este siglo.

Cooper distinguía tres áreas en las diversas modalidades económicas, y por ende socioculturales, que exhibían los indios sudamericanos.

En el área sierral, esto es, en la cordillera andina y sus estribaciones, se asentaban las "altas" culturas, cuyos logros se expresaron en una desarrollada agricultura hidráulica, en una fina tecnología metalúrgica y en una organización estatal compleja, de tipo despótico y teocrático. No había socialismo entre los incas, como algunos sostienen, sino un sistema semejante al de la colmena, si bien humanizado y perfeccionado por las expresiones políticas, artísticas y militares de una concep­ción imperial del poder.

En el área silval de la cuenca amazónica y el litoral circumcaribe prosperaban las culturas "medias" de plantadores de mandioca y artesanos de la fibra y la madera.

Finalmente, las culturas "bajas" del área marginal comprendían en su seno a los recolectores, cazadores y pescadores nomádicos, cuyo sustento se basaba en la alimentación carnívora y cuyo instrumental derivaba, fundamentalmente, del trabajo de la piedra y el cuero.

El destino histórico de estos tres tipos de culturas es por demás conocido. Los indios bravos y nomádicos de las zonas marginales, muchos de ellos en posesión del caballo, fueron exterminados a lo largo del siglo XVIII y mediados del XIX. Los pocos sobrevivientes, destribalizados y mestizados, se incorporaron a los estratos más pobres de las economías criollas.

Los indios de los santuarios selváticos permanecieron durante tres siglos protegidos por las murallas de un clima malsano y por la virulencia de las enfermedades tropicales, inconvenientes a los que se sumaban las dificultades para adentrarse en el corazón arbóreo de un gigantesco plexo planetario. En la segunda mitad del siglo XX se les comienza a exterminar in situ, y más efectivo que las ropas de variolosos o el napalm, arrojados desde aviones, es el genocidio impuesto por la penetración de los señores de la deforestación, la minería y la tierra arrasada.

Los indios que permanecen en sus hogares montañeses, convertidos en agricul­tores deculturados por la abolición de sus antiguas tradiciones, y a la vez aculturados por la imposición de nuevos usos y costumbres, son los habitantes del área andina.

Estos indios conocieron el despotismo de los viejos y los nuevos patrones. Han sido perpetua y sistemáticamente "pordebajeados" y "ninguneados", como se dice en Colombia y Ecuador para referirse a los perdedores históricos, eternos siervos de la gleba. Vencidos por las armas, fueron condenados a alimentar a los amos residentes en los latifundios o en las ciudades. En consecuencia, debieron cultivar sin descanso sus parcelas minúsculas, plantando papa en las frías comarcas paramunas y sembrando maíz en las vertientes y los valles de media altura. De tal modo son esquilmados, humillados y degradados por los dueños del poder y el saber. Su única defensa es la malicia indígena. Musitar sí, y cumplir a medias. Decir "¡a la orden!" a viva voz -en México la exclamación de acatamiento es "¡mande!"- y buscar en los resquicios de la tarea un espacio para la evasión o un pretexto para la burla sutil.

Esos indígenas sojuzgados cargan con el trauma de la conquista, con las seculares sevicias impuestas por la prepotencia del amo y las trapisondas de la ley del embudo. Están resentidos; son y se sienten despreciados. Cuando en la conversación corriente del mestizo que se cree blanco, o del blanco que se cree libre de toda culpa histórica y merecedor de un servil acatamiento, se dice indio, es para denigrar al prójimo. Cosas de indios son cosas despreciables, como el mentir, el robar, el disimular. En cambio, quien exalta las virtudes de una persona expresa, aludiendo al color de la epidermis: "¿Cómo no se va a creer en su palabra, si es blanco?". Yo he escuchado más de una vez frases de este tipo durante mi larga residencia en los Andes colombianos.

La malicia indígena constituye un mecanismo de defensa. La malicia es la sagacidad del pobre, el ánimo solapado de quien recurre a la gambeta para cuerpear su triste condición social, el gracejo melancólico de la indiada a la que se negó el derecho al bienestar y a la alegría. Malicia es mala voluntad para obedecer aparentando que se obedece, y de paso es el silencio cómplice del compañero de infortunio que considera como cumplido lo no hecho o frangollado por quien comparte su triste destino.

Trasunta malicia la maldición ininteligible susurrada tras el "sí patrón". Mali­cioso es el que desconfía de la limosna grande, el que lanza la flecha para un blanco y apunta con la intención hacia otro. Se trata al cabo, del recurso de los débiles, de la individual escapatoria mordaz a un largo padecimiento colectivo, de la estrategia de una humanidad condenada a la contención y al disimulo. Maliciar es desconfiar, es creer a medias, es callar o, a lo más, decir las palabras que convienen y no las que corresponden. Pero no olvidemos que la "malicia" proviene del mal, de lo malo, de la zona oscura de la condición humana. Los indios no se sienten ni se piensan como maliciosos: cargan con una cualidad que le atribuyen sus vencedores.

La viveza criolla, que en su etapa rural fue llamada picardía criolla, funciona en otro nivel. Los "españoles de Indias", a quienes se les llamará más tarde criollos, estaban por debajo de los españoles peninsulares. No importaba el pelo o la situación social para que se hicieran merecedores del epíteto. Como sucede con la denigrante voz "hispano", que califica a la más baja estofa de la escala humana vigente en los EE.UU. -lo que hace caer en la volteada a los mexicanos hueros, a los ojizarcos colombianos de Antioquia o a los nietos de gallegos de epidermis blanquísimas procedentes del Río de la Plata-, al decir "criollo" el español motejaba a quien, por haber nacido en las tierras colonizadas de América, exhibía una condición inferior a la suya.

El criollo, por su parte, denigraba al español recién llegado y sentía un sordo rencor hacia los viejos conquistadores. Y ni qué decir del desprecio dispensado a los miembros de la administración colonial, que venían desde el otro lado del Atlántico a ocupar puestos de mando o de supervisión que les estaban vedados a los españoles de Indias.

El funcionario militar recién llegado de la metrópoli imperial cargaba con el fardo peyorativo de los términos "godo", "gachupín" y "chapetón". Al primero se lo endosaban los hijos adoptivos de la tierra, es decir, los criollos. Y digo adoptivos porque los hijos verdaderos del continente americano son los indios propiamente dichos. De los otros calificativos eran responsables los españoles que tenían largos años de residencia en las Indias y habían trajinado intensamente por ellas, adaptándose de tal modo a los factores físicos y humanos reinantes en las costas ardientes, las frías montañas o los húmedos valles.

¿Por qué se les dijo chapetones a los recién llegados, y en particular a los que habían tenido una traumática experiencia en su nuevo hábitat? Los españoles habituados al clima, a la alimentación, a los marcos naturales y a combatir, arma en mano, contra los hijos de la tierra, llamaron inicialmente chapetones a los compa­triotas que, al subir a las ciudades altas, tales como Quito, Potosí o Bogotá, mostraban prontamente unas rosadas "chapetas" en las mejillas. Tales manchas epidérmicas son provocadas por la fuerte radiación solar que afecta a todos los habitantes, indios y blancos, de los altiplanos andinos. Una variante de esta acepción designa como chapetonada al mal de las alturas, el apunamiento o soroche.

No todos los lingüistas aceptan dicha etimología. De acuerdo con otra, propues­ta por J. Corominas, chapetón deriva de chapín, un chanclo con suelo de corcho "en el que se andaba incómodamente y metiendo ruido por alusión al andar pesado del que sufre de niguas en los pies, de las cuales solían padecer los inexpertos en la vida tropical". Se ve que el sabio filólogo Corominas nunca había caminado por las selvas de América. Las niguas o piques son unos insectos dípteros cuyas hembras ponen los huevos debajo de las uñas de los dedos del pie, a los que nadie escapa si anda descalzo, sea experto o no en el arte de montear. Por otra parte tanto los machos como las hembras se establecen, preferentemente, entre los dedos de los pies, donde perforan la piel y chupan la sangre del damnificado. De todos modos, sigo creyendo en la primera hipótesis, pero sin desdeñar lo sugerido por Corominas.

Gachupín es la otra voz que, burlonamente, designaba al peninsular reciente­mente desembarcado en las Indias. Su grafía originaria era cachupín, un diminutivo de cachopo, esto es, un tronco hueco y seco, un pedazo de madera ya sin vida, privado de la lozanía y el vigor originarios del vegetal. En consecuencia, cachupín es el sujeto que, a juicio de los ya aclimatados en América y hechos a sus características naturales y culturales, anda como boleado, como perdido, sin hacer pie en las realidades del Nuevo Mundo. En México, particularmente, cachupín se transformó en gachupín para significar que el recién llegado es algo así como un tronco o un zoquete, habida cuenta de su desconocimiento de las gentes y naturaleza de su nuevo escenario.

Muchos autores se han preocupado, en distintas épocas, para establecer el ser y el quehacer de los criollos.

Como se ha visto en otros capítulos de esta obra, la voz es remitida a sus fuentes por el Inca Garcilaso de la Vega quien, en sus famosos Comentarios Reales (1599) expresa que fueron llamados criollos los hijos de africanos nacidos en las Indias. Eso sucedió primeramente en el Brasil, desde donde se propagó el término crioulo.

A partir de esta voz el designatumse expande. La voz créolese instala en el área del Caribe, en particular para distinguir el tipo de cultura, incluyendo el idioma, reinante en las posesiones francesas. En Cuba la voz se transforma, convirtiéndose en "criollo", al par que se inaugura otra palabra que no hizo fortuna en el Río de la Plata. Se trata de "rellollo", utilizada para designar al hijo del criollo nacido en América.

Durante los siglos XVI y XVII se denomina criollos a los descendientes de españoles o africanos, pero los indios y mestizos quedan excluidos. Es muy claro en tal sentido Hernando de Montalvo cuando, en carta dirigida al rey el 15 de noviembre del año 1579 desde la región rioplatense, expresa: "Estas provincias han menester gente española, sobre todo, porque es muy poca, y van cada día en más crecimiento los hijos de la tierra, ansí criollos como mestizos, que de cinco partes de la gente son cuatro de ellos, y van cada día en mayor aumento. Los criollos y mestizos tienen muy poco respeto a la justicia; hacen cada día muchas cosas dignas de castigo y no se castiga ninguna; tienen muy poco respeto a sus padres y mayores; son muy curiosos en las armas, grandes arcabuceros y diestros a pie y a caballo; son fuertes para el trabajo y amigos de la guerra [...] y muy amigos de novedades cada día".

En este primer momento, como dice el venezolano Arturo Uslar Pietri en sus Veinticinco ensayos, 1969, "criollos y españoles se distinguieron entre sí de inmediato. No eran lo mismo. Había una diferencia de tono, de actitud, de concepción del mundo. Para el peninsular el criollo parecía un español degene­rado. Muchas patrañas tuvieron curso. Se decía que les amanecía más pronto el entendimiento, pero que también se les apagaba más pronto. Que era raro que el criollo de más de cuarenta años no chochease. Que eran débiles e incapaces de razón [...]. La misma voz criollo es un compendio de desdenes, afirmaciones y resentimentos".

Pero vayamos a los contemporáneos de aquellas generaciones de criollos que con mayor o menor velocidad histórica engrosaban el estrato intermedio de su presencia, situada entre la del indio perseguido y el negro explotado, que les eran inferiores, y la de los españoles viejos y nuevos, que estaban por encima suyo.

Juan de la Puente, un dominico español, escribía en 1612 que tanto los indios como los criollos debían su "inconstancia, lascivia y mentira" a una naturaleza que obraba antes como una madrastra que como madre del género humano. Corneille de Pauw afirma cosas semejantes en el Suplemento de la Enciclopedia Francesa (1776). Perezosos, borrachos, inconscientes, todos los americanos, indígenas o criollos, lo mismo da, son incapaces de ganar y merecer la libertad política. Y cuando fundan Universidades -se refiere a la Cambridge, en Nueva Inglaterra, hoy integrante de los EE.UU.- los jóvenes formados en sus aulas no pueden figurar en el "mundo literario", tanta es la fragilidad de su juicio. Dicha falible criatura es el producto de un clima adverso, "verdadera desgracia" que condena a los nacidos en el Nuevo Mundo a ser menos que los del Viejo.

Tanto el juicio del autor español como el del francés achacan la capitisdiminutiocultural del criollo al clima tórrido, a la humedad del aire, a la lujuriante y desmesurada naturaleza de América. Pero esto de la humedad se convierte en sequedad del clima para quienes, originarios del mundo americano, ven las cosas con otros. ojos.

En efecto, el enigmático autor que se esconde tras el remoquete de Concolorcorvo, en su sabrosa crónica de un viaje (Lazarillo para ciegos caminantes, 1773) que se inició en Buenos Aires para finalizar en Lima, cuenta que los criollos se burlan de la chambonería de los españoles, quienes, a la vez, desprecian la estupidez y fatuidad de los criollos. Para los peninsulares los criollos son poco liberales y, lo que es peor, su juicio se esfuma al llegar a los cincuenta o sesenta años. Se les considera más precoces en cuestiones de ingenio pero incapaces de vencer la botaratería e imbecilidad que los invade en los umbrales de la vejez.

Concolorcorvo, criollo él mismo, se siente aludido por estos despectivos conceptos. Afirma que los criollos "compiten en grandeza" con los españoles, los eternos acaparadores de los puestos administrativos de las tierras de ultramar. En especial los peruleros y los mexicanos, ajuicio del cronista, pueden compararse sin desmedro, en lo que a talentos y virtudes concierne, con los gachupines y chapetones recién llegados y aun con los grandes señores de España. Se trata, claro está, de los criollos que encarnan las virtudes de las clases altas residentes en Lima y México, ciudades cuyos impactos ambientales condicionaban, según su ingenuo determinismo geográfico, la "robustez del cerebro" de las personas. "En México, la sutilidad y sequedad de los aires, y otros influjos, destemplan el cerebro y causan insomnios. Al contrario sucede en Lima, porque sus aires, espesos y húmedos, fortalecen los cerebros, conciliando el sueño, con que dejan las potencias ágiles para continuar las tareas de meditación".

Los criollos limeños a los que se refiere Concolorcorvo ya no son los primerizos, aquellos que se lanzaron a la conquista del ruedo rural y dieron origen a las clases bajas y medias urbanas.

En los tiempos finales de la Colonia y los primeros de la Independencia los autodenominados criollos limeños exhiben un relevante matiz aristocrático. Perte­necen a las clases altas y su formación cultural está influida por el legado del Siglo de las Luces, intenso en Francia y menos notorio en España, aunque asumido plenamente por la nobleza y la burguesía esclarecida. En tal sentido se pronuncia Marion Tschopik en su estudio del año 1948 aparecido en Transaction of the New York Academy of Sciences con el título On the concept of creole culture in Peru: "criollo como término cultural debería reservarse más bien para un modo de vida que es muy diferente al de los mestizos y los indios". En efecto, el término criollo "denomina un modo de vida español posterior a la Colonia y que, en esencia, no proviene de la arcaica cultura ibérica ni de la cultura indígena peruana. Más bien se deriva de la cultura española de fines del siglo XVIII y principios del XIX, matizada con fuertes influencias francesas". En la actualidad perdura esta moda­lidad cultural que se conserva "como la cultura de clase de los aristócratas de la Vieja Guardia, en ciudades como Lima y Arequipa, y en forma más acentuada en Trujillo, Piura y Tacna" [...] "En Lima y Arequipa se la llama alta sociedad y en Cuzco la jailé(del inglés highlife)".

Algunos intelectuales de origen criollo, o más bien rellollo, si se prefiere la antigua palabra antillana, más exacta, son quienes han juzgado duramente la mentalidad criolla. Por ejemplo, el venezolano J. M. Briceño Guerrero expresa que "No pueden [los criollos] ser creadores de cultura en un sentido grande del término, como los egipcios, los incas, Gaucaipuru, porque su cultura ya está hecha y lo que les toca es expandirla, transportar los modelos europeos a América, incorporar nuevos pueblos al estilo europeo de vida. No pueden dar nacimiento a una cultura nueva: son portadores e implantadores de una cultura que sólo puede ser superada por sí misma desde sus centros creadores. En París, en Londres, en Madrid, pueden surgir movimientos creadores, pero no en América porque es expansión de Europa y lo que se expande culturalmente es lo ya creado, lo ya constituido, no el origen de la vibración creadora, de la onda genética" (Europa y América en el pensar mantuano. Caracas, 1981). Aclaro a los lectores rioplatenses que el término mantuano designaba en la época colonial a quienes tenían derecho a usar manto, es decir a los miembros de la aristocracia venezolana, muy a menudo mestizos de padre español noble y madre indígena. Es en esta alta cepa criolla donde florece el barroquismo, el gongorismo, el gracianismo del decir ampuloso, de la rizada frase tropical. El citado Uslar Pietri, hombre del Caribe al fin, advierte esta inflexión verbalista que caracteriza a toda una humanidad preocupada por el brillo de la cáscara y no por la sustancia del grano: "Ya el español Juan de Cárdenas señalaba en el siglo XVI el gusto del criollo por el primor del discurso y la ventaja que en esto llevaba al peninsular. Lope de Vega, por su parte, en el gran archivo de su teatro, señala como característica del indiano la afectación de su lenguaje: "Gran jugador del vocablo". Y Suárez de Figueroa en El Pasajero dice de ellos: '¡Qué redundantes, qué ampulosos de palabras!'".

En el siglo XIX lo criollo cobra un nuevo sentido. El término se tiñe de nacionalismo y antiespañolismo. La independencia despierta los sentimientos comarcales, regionales, y criollo equivale entonces a nacional, a nativo, a lo que florece en tierras americanas ya bien sea el hombre criollo, el caballo criollo, el monte criollo, la "agachada", es decir la picardía criolla, etc.

El chileno Ernesto Montenegro se ha encargado de caracterizar este nuevo concepto del criollismo, que desborda los límites políticos del área hispanizada de América:

"En su sentido más abarcador el criollismo lo comprende todo, desde la invitación de Emerson a establecer una forma de culto religioso individual en consonancia con el hombre nuevo de América, que ha de adorar a Dios a su modo, hasta el criollismo radical de Thoreau, que se declara por la entrega total del cuerpo a los dictados de la naturaleza americana y la del espíritu a los genios tutelares de la humanidad. Cada pueblo añade así su propio concepto de lo criollo y su manera de expresarlo. En las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma es escepticismo intelectual y tolerancia de las debilidades del prójimo, sensibilidad y refinamiento mundano; en nuestro Pérez Rosales es iniciativa individual sin ilusiones y una filosofía realista del mundo a través del cual le tocó aventurar; en el brasileño Euclvdes da Cunha toma contornos apocalípticos cuando se asoma a los bajos jomu/os de una sociedad primitiva en la que la superstición y la miseria hacen fermentar los más torvos instintos" (Aspectos del criollismo en América, en "El Criollismo", Santiago de Chile, 1956).

Este criollismo infuso -sentimiento inspirado por una cultura del "nosotros" que debe ser distinguido de la criollidad, un ingrediente objetivo de la personalidad de base- es el que inspira el ensayo del argentino Carlos Alberto Erro (Medida del Criollismo, Buenos Aires, 1929) quien expresa que lo criollo es algo que está llegando, una síntesis del gaucho, de la vida de campo, del compadrito y de la herencia de los abuelos [europeos]. El criollismo, para Erro, es advenimiento, libertad creadora, nacionalismo dinámico, es decir, todo lo contrario a lo sostenido por Briceño Guerrero, un empedernido europeizante. "Criolla es la autonconciencia de la propia juventud, la consideración optimista del porvenir, la emoción ante el nuevo perfil de la patria que ha modelado el esfuerzo de las generaciones vivas, el sentimiento del paisaje construido por los espectadores, la gravitación debilísima del pretérito y la aptitud para actuar casi libertado de una carga en otros pueblos inmensa".

Como puede comprobarse ese criollismo está ya lejos del ruedo rural. Se trata de un modo urbano de ver la vida y el mundo desde la axila rioplatense de América.

En páginas juveniles Borges confirma esta tendencia al explicar lo que él entendía por criollidad, habida cuenta de las bases ónticas y estéticas que susten­taban al criollismo: "El criollo, a mi entender, es burlón, suspicaz, desengañado de antemano de todo y tan mal sufridor de la grandiosidad verbal que en poquísimos la perdona y en ninguno la ensalza. El silencio arrimado al fatalismo tuvo eficaz encarnación en dos caudillos mayores que abrazaron el alma de Buenos Aires: en Rozas e Irigoyen [...]. La significación que el pueblo apreció en Rozas [...] y admira en Irigoyen, es el escarnio de la teatralidad o el ejercerla con sentido burlesco. En pueblos de mayor avidez en el vivir, los caudillos famosos se muestran botarates y gesteros, mientras aquí son taciturnos y casi desganados".

¡Cuánta agua corrió entre aquella pesantez en el decir y el hablar y las actuales garrulería y ostentación de los políticos de la patria de Borges! Pero sigamos leyendo las viejas ocurrencias borgeanas, inspiradas por el anacronismo cultural de unos fantasmas que un decir escueto, aunque arrevesado -implosión del barroquis­mo, gracianismo al revés- prestigiaba con más destreza literaria que realidad histórica, pues ya estaban vigentes, y a todo trapo, la estridencia verbal y el ademán ostentoso de la "guaranguería" rioplatense: "Se achaparró la intensidad castella­na, pero en los criollos quedó enhiesto y vivaz ese sonriente fatalismo mediante el cual las dos mejores obras de la literatura castellana son dos ensalzamientos del fracaso: el Quijote en la prosa y la Epístola Moral en verso. La tristura, la inmóvil burlonería, la insinuación irónica: he aquí los únicos sentidos que un arte criollo puede pronunciar sin dejo forastero. Un descreimiento grandioso podría ser nuestra hazaña".

Cuando escribía Borges estas páginas ya se había producido el gran transvasamiento demótico de la inmigración. El cambio cualitativo venía al hombro del transplante cuantitativo. La herencia espiritual de los vascos, de los gallegos, de los italianos del Norte y los italianos del Sur, por aquéllos despreciados, la suma de otras etnias al meltingpotdel "malón gringo", la maduración y la mezcla de múltiples corrientes civilizadoras, transformaron de modo radical al criollo oriental de la fase republicana recién inaugurada que retratara en 1834 el Cónsul francés Raymond B aradére.

Este, en su informe a su gobierno decía: "La naturaleza no ha sido avara en favores tanto para esta población como para el suelo que habita. Ella ha dotado a los orientales de una constitución física fuerte y de facultades morales bastante notables, pero hacen abuso de la primera y descuidan mucho las otras [...]. Rápidos para captar las primeras nociones de todas las cosas, sin embargo parecen incapaces de profundizar nada...". Como se carece de modelos -y en esto contradice de cuajo a Briceño Guerrero- y la emulación no existe, según el juicio del francés, "de aquí la ignorancia general que no hace sino encontrar iguales por todas partes, lo que no permite la necesidad de saber ni de entender".

Teniendo en cuenta que la tarea diaria -se refiere a las gentes montevideanas­se reduce a cinco o seis horas, que varían según la estación, "el resto del día se consagra a la ociosidad y a los placeres. De aquí, como consecuencia necesaria, las pasiones por el juego y las mujeres, y una desmoralización alarmante".

La vivacidad mental del criollo urbano tiene su contrapartida en la picardía rural. Sentencioso, fatalista, cargado de áspera ironía aderezada por el silencio o el medio decir, el hombre a la jineta, conocedor del medio, diestro en los oficios de la supervivencia, se burla del montevideano, del extranjero, del agricultor que desconoce las artes de la caballería popular. Una cultura con raíces hispánicas, aunque distinta a los de los pícaros retratados por el Lazarillo de Tormes, el Guzmán de Alfaracheo El Buscón, hijos del tránsito de la economía feudal a la burguesía urbana, nadadores entre dos aguas, caracteriza a los paisanos del área ecuestre. La peor de las ignorancias, el baldón que estigmatiza sobre todas las cosas a la mentalidad ciudadana, es el desconocimiento de las cosas y faenas del campo ganadero, que se reputa como el locus criollo por excelencia. Aquel "mozo bien" ridiculizado por los versos de Elías Regules, llama "peto al pretal" y al "cojinillo, felpudo" y por eso, y muchas ignorancias más, se hace acreedor a la burla del poeta, que en definitiva reproduce la mofa del paisano malicioso, con mucho de mestizo en su cuerpo y su alma.

Esta rapidez mental para descubrir el punto flaco del oponente y herirlo con el dardo de la burla, este desdén por el Otro que trae a cuestas un lenguaje distinto -ya por su léxico, ya por sus inflexiones- que desconoce los nombres de las cosas y la parafernalia de la tecnología rural, que no tiene la menor idea de la escala de valores que conceden razón y sentido al modo de vivir y morir en el horizonte ganadero, constituye a la vez un don del espíritu criollo y una defensa de la tradición cultural propia del hombre de campaña.

El paisano "malicea", desconfía, de lo que hacen o cuentan los forasteros. Heredero de la suspicacia indígena subsistente en los campos rioplatenses y la picardía de los holgazanes individualistas, entre estoicos y cínicos, que fueran los Pablos, los Estebanillos, los Rinconetes, los Cortadillos, los Marcos, y tantos más personajes novelescos de aquella singular caterva española, apela a la destreza mental criolla para prevalecer por la burla cuando no podía hacerlo con el cuchillo. Esta rapidez para olfatear al extraño y dispararle el dardo de la chanza o la pedrada verbal del desprecio, transformada a veces en crueldad sonriente, en ridiculización social o en insulto encubierto, fue una característica común entre los "mancebos de la tierra". Así lo advirtieron los cronistas de Indias, quienes los describieron como más diestros, corporal y anímicamente, que los españoles, cuando se trataba de lidiar con las cosas de la estancia o los casos de la vida. En su Teatro Crítico Universal (1777) el Padre Feijoo escribe, en su papel 4uen informador de lo que sucedía del otro lado del Atlántico, los siguientes conceptos: "Muchos han observado que los criollos o hijos de españoles que nacen en aquella tierra son de más viveza o agilidad intelectual que los que produce España, a lo que añaden otros que aquellos ingenios, así como amanecen más temprano, también anoche­cen más presto...".

La situación en las ciudades no era distinta. Un vasto sector de la población, al margen de la economía colonial primero y de la criolla después, recurría a las artes de la germanía peninsular para cuerpear la hereje embestida de la necesidad, mala consejera y peor madrastra.

La picardía rural, ejemplificada, entre otros personajes, por el tahúr Picardía, el hijo del Sargento Cruz, tal cual figura en la Segunda Parte del Martín Fierro, encuentra su correspondiente en la "viveza criolla" que caracteriza a ciertos sectores urbanos.

La "viveza criolla" es una trapacería social, un procedimiento habilidoso para obtener ventajas personales en detrimento del prójimo. Y no solamente en las ciudades rioplatenses, donde el calificativo ha hecho fortuna. "La estimación popular de estas cualidades alcanza su punto máximo cuando su manifestación involucra una ganancia, o cuando se emplea para obtener algún fin con el menor esfuerzo posible. Es natural que esta última forma lleva en sí ese toque de picardía considerado como una marca distintiva del criollismo. Ser más listo que un oponente o vencerlo merced a un ardid de astucia, sea jugando al fútbol, sea en una campaña política, es un ejemplo del talento criollo cuando se pone en juego" [...] "Quien triunfa, mediante un comportamiento hábil, contra una fuerza desigual, es considerado muy criollo". (O.G. Simmonds, Lo criollo en el marco de la cultura de la costa peruana. Ciencias Sociales, n° 32, 1955).

El "vivo" propiamente dicho florece en las ciudades rioplatenses cuando termina el reinado de los "guapos" y los "compadritos". La "viveza", en sus distintas variedades, no aparece entonces como el trasunto festivo del gracejo americano sino como un síntoma de transgresión ética, de envilecimiento moral. Aquella broma juglaresca, que era al cabo una punzante picardía, se convierte en atropello, en irrespeto al semejante. El "vivo" no da la cara; tira la piedra y esconde la mano; "ventajea" al prójimo que se propone burlar, estafándolo o explotándolo. Y en otro plano, el del interés general que fluye por encima de los nimios sucesos de la vida cotidiana, el "vivo", transformado en "avivato", trata de soslayar el orden establecido para disfrutar ganancias ilícitas, obtener posiciones no merecidas o vanagloriarse de méritos inexistentes. La "viveza", así practicada y reiterada, muchas veces se convierte en dolosa mala fe a fuerza de violar las normas de la convivencia social. De tal modo el "colarse", el empujar, el ganarle la "orejeada" al derecho del prójimo, mediante una artimaña, anula toda posibilidad creadora, impide toda reclamada grandeza.

Una república de "vivos" no es ni fiable ni viable. Y en eso andamos...

 

(*) Esta incursión lingüística debe finalizar aquí. La historia de las palabras constituye un buen lazarillo de ciegos caminantes para salir en busca de las relaciones socioeconómicas y culturales existentes entre ganado, peón y estancia. Dichas relaciones y las variables temporales de las mismas han sido ya esquematizadas en los volúmenes anteriores de esta obra y a ellos me remito. Pero considero que las anteriores indagaciones etimológicas no fueron pura anécdota de la filología ni liviana cáscara de una erudición que malgasta su tiempo en menesteres rescindibles. Todo lo contrario: creo que ayudaron a poner las cosas en sus centros, a remover el empedrado de las formas para asomarnos al manantial de las esencias.



Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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