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Ante una medida histórica del presidente Tabaré Vázquez. Regresan las teorías conspirativas.

Carlos Pérez

05.04.2019

Las teorías conspirativas regresan; siempre regresan. Hay gente que necesita encontrarle lógica y coherencia a las cosas, porque todos necesitamos explicaciones y certezas en la vida. Como todo tiene su causa, busquemos las causas de todo, y la encontraremos. Y si no la encontramos, la inventamos, porque algo hay que hacer para entender los sucesos.

Hay explicaciones muy bien armadas, que requieren gran imaginación y esfuerzo, que hasta pueden ser muy creíbles para oídos proclives a confundir la realidad con la ficción. Hablamos de quienes siempre están atentos a la presencia de complotados detrás de acontecimientos importantes y de pública notoriedad. Sostienen que detrás de cada acto humano, personal o colectivo, del orden que sea, hay que encontrar a quién o qué ente, organización, empresa o cerebro más o menos ingenioso, maneja los títeres en el escenario visible. Y  buscan, hasta que encuentran, el hilo conductor que los ata, para perseguir un objetivo preconcebido y sabiamente planificado. Los fabricantes de teorías de conjuras en política tienen dos puntos en común: Primero fijan el objetivo de los conspiradores y luego buscan los acontecimientos que vienen a cuento; o sea: ajustan la realidad a sus ideas. Segundo: sus hacedores, con métodos de jueces celestiales (o infernales), invierten la carga de la prueba a los objetores. Quienes dudan o no aceptan sus afirmaciones, deberán demostrar que sus verdades no son tales. Denuncian el objetivo, juntan los elementos y los atan en un paquete, para demostrar que el objetivo de la conjura se cumple. Y algunos cuentos les salen redonditos.

En el mundo y en nuestro país hay muchas teorías conspirativas que procuran explicar hechos históricos. Por estos lares, es en la historia reciente (pongamos: 1960 en adelante) cuando proliferaron con energía inusitada las tales teorías. Los analistas sociales seguramente le encuentran una explicación científica a este fenómeno. Alguna vez leí que por allí flotaba una especie de sensación de vacío, proveniente de lo reacio que son los poderes (los gobernantes) a informar a la ciudadanía de las cosas que pasan, o pasaron. Puede ser; recordemos la época de la dictadura en nuestro país y el ocultamiento sistemático de cualquier información. Eso condiciona a muchas mentes para la desconfianza. Todos conocemos -en otro plano- lo que demora el gobierno de EEUU en informar sobre algún acontecimiento en el mundo, del cual es protagonista activo. Como no se puede esperar 50 años para saber la verdad, EEUU es hoy el destinatario de cientos de teorías conspirativas anuales (la enumeración sería infinita). Por eso y porque también está demostrado que efectivamente EEUU armó complots para tumbar a gobiernos que no le caían en gracia. O sea que tiene merecida su fama de consuetudinario conspirador contra la democracia y la voluntad de los pueblos, lo cual también estimula a los productores de las teorías de los complots planificados. Pero no está probado que todas las conspiraciones habidas en la caída de gobiernos en el mundo, tengan a la Inteligencia yanqui detrás. Posible es, pero no es probable. Otro ejemplo de teoría conspirativa (nacida en Argentina pero adaptada a nuestra historia reciente), muy conocida por el uso que se hizo de ella -y por las personas y sectores de opinión que la mantuvieron siempre vigente- es la de que el MLN, y su accionar guerrillero, fue producto de una conspiración de los propios militares de la época para justificar un golpe de estado. Tuvo variantes que modificaron detalles de esa ficción, para hacerla más potable y eficiente. Como la famosa "teoría de los dos demonios", en aquello de que "cada uno es funcional al otro, por eso se crean y recrean mutuamente", que superó ampliamente en adhesión a otras variantes. A tal punto que hasta los mismos protagonistas (los demonios del cuento) le tomaron el gustito, lo condimentaron con elementos propios para relatarnos, según su conveniencia, un tramo de la historia del país. Nada más bienvenido para los creadores de la teoría que la aplicación de una profecía que luego se cumple con retroactividad histórica. Quien logra manipular el pasado, puede dominar el futuro.  

Parecería que la contienda electoral es terreno feraz para que estas ideas se expandan con vitalidad de virus informático. Los profesionales y aficionados de sus puestas en escena, están frenéticos, laburando a destajo, porque en estos días hay elementos interesantes para dar rienda suelta a la creatividad, a la bobada lisa y llana, a la estupidez visceral y hasta a la joda graciosa. Aunque estas vienen contadas en serio y sin pestañar. Aplicando las mismas teorías conspirativas, estoy tentado de decir que algunos se conjuran para banalizar los hechos y sacar los temas del verdadero eje de análisis. Pero no lo haré; trato de ser coherente.

Vía redes sociales (vehículo apropiado) llegan en tropel, las verdades reveladas de conjuras que explican la situación planteada con los militares echados por Tabaré Vázquez. Algunas son originales y hasta seductoras. Las conspiraciones van desde Sanguinetti, quien habría actuado en connivencia con el periodista que publicó el contenido de la sentencia del Tribunal de Honor, para dejar mal parado al gobierno, pasando por el propio Tabaré Vázquez ("¿por qué homologó el fallo y después echó al Ministro?"), y hasta el Pepe Mujica ("nadie se explica por qué está callado, él tan parlanchín"). El ex Comandante en Jefe, Guido Manini Ríos, declara que esto es una conspiración de quienes desprestigian a las FFAA y a su propia candidatura, destinada, como se sabe, a tener un gran destaque en los tiempos que vienen. Otros no descartan la autoría de los militares golpistas, quienes armaron todo el jaleo para poner de rodillas al gobierno, desprestigiarlo, dejarlo en evidencia y buscar un juicio político (pasan por alto que el Presidente no tiene responsabilidades ante el Parlamento; sí el Ministro, pero ya renunció) que termine, por esta vía, con el gobierno del FA. Esta teoría es una de las más rebuscadas: explica cómo esos operadores, desde las sombras, previeron hasta el riesgo y los costos de la empresa (descabezamiento de los mandos, evidencia pública de resquebrajamiento de la famosa "omertá" militar-golpista). Porque- te dicen- los militares siempre son grandes estrategas, para eso estudian. Son tan fríos en sus cálculos para armar conjuras, que no se frenan ni ante la alternativa del suicidio. En llegando a esto, dudo del equilibrio mental de quien maneja una hipótesis como ésta. Pero la escuché.   

No espere el lector que saldré a rebatir cada una de estas bobadas. Es aburrido, intelectualmente cansador, mentalmente insano y políticamente inocuo. Me quedaré únicamente con la explicación de la doctora Mariana Mota: Ante una consulta periodística, de por qué entiende ella que se mantengan archivos militares, con reconocimientos de graves delitos, con implicancias y salpicaduras hacia otros, la ex jueza explica que, a su entender, eso responde, en la interna militar, a la necesidad de mantener el orden y preservar los acuerdos. Y si hay un pacto de silencio, un documento archivado siempre es un resguardo contra cualquier traición futura. Y me queda, al final, la convicción de que el Presidente de los uruguayos se decidió a limpiar el terreno de la vida republicana, podando la maleza donde germinan (en las sombras y a veces a plena luz) brotes peligrosos para la democracia. Y no le tembló el pulso a la hora de hacerlo. Eso debería ser una excelente noticia para todos los orientales honestos, defensores de la democracia, de la República y de sus instituciones. Sobre todo los partidos políticos, sin excepción, deberían aplaudir lo hecho por el Presidente. Y no cambiar el eje de la discusión para temas laterales (no incluimos en esto, las medidas que hay que tomar con quienes, en el mismo círculo de la presidencia no cumplieron con sus obligaciones) comparados con la histórica medida tomada, con la miserable intención de ganar algunos votos más para su espacio político. Será política y electoralmente válido, pero es democrática y republicanamente equivocado. No aporta a lo esencial, que debería, en este caso, ser visible a sus ojos.

Carlos Pérez Pereira



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