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Una mañana de abril en dictadura

Jaime Secco

22.04.2019

Para quienes les gustan estas cosas.

    El lunes 22 de abril de 1974 salí de  casa con un ejemplar del diario El Día del día anterior, con marcas en algunos avisos de trabajo y varias cartas manuscritas, como pedían las empresas de búsqueda de personal.

    Uno de mis destinos era una empresa Jacobo Varela, que creo que era medio nueva, que en vez de estar por el Cordón, tenía oficina por bulevar España y Benito Blanco. Después de dejar mi carta, volví a subir por Bvar. España.

    Era un lindo día, pero por si seguía la lluvia, llevaba pilot. Me acuerdo de haber pasado ante la embajada de la URSS y haberme detenido más de lo prudente mirando una gran bandera roja con una hoz y un martillo ondeando ostentosamente sobre un cielo azul. En pleno Montevideo de la dictadura.

    No sé por qué había agarrado por ahí. Mi ómnibus pasaba por avenida Brasil y ese barrio está lleno de calles cortadas. Todavía me pierdo ahí sin un plano. Debo haber doblado por Luis de la Torre. O quizá enrique Muñoz, porque había una curva a la derecha.

    De repente, una camioneta del Ejército tipo "camello" apareció atrás mío a todo lo que da y antes de frenar habían saltado varios que me empujaron contra un muro mientras otros me apuntaban con armas largas. Todo muy brusco, que quién era, qué hacía ahí y no sé qué más.

    Me había sacado el abrigo. No me acuerdo si se cayó, pero sí que de su bolsillo se habían caído los papeles: pedazo de diario, un papel con una lista, cartas. Quise agacharme para mostrarles que venía de ahí, de donde esta vez sí venía y se podía decir, pero más me gritaban cuando me moví.

    Hoy supongo que pensaría que ellos estaban más nerviosos que yo y eso es peligroso. Pero en ese momento, lo que pensaba era: "No puede ser que la venga a caer por ser tan pelotudo de haber mirado la bandera un momento. No puede ser que sí, que lo que había temido aunque sonara fantasioso fuera cierto: tenían a alguien fijándose en todos los que miraban la bandera para mandarles a los perros.

    De repente, todo parecía calmo. Entonces vino otra camioneta igual, igual de rápido, igual de ruidosa al frenar y les gritó: "No, no es ese, ya lo agarraron, vamos." Y se fue igual de rápido. Y los míos también se fueron. Quedé un par de segundos como un zonzo con las manos en la pared, por si había quedado uno atrás, pero no.

    Entonces sucedió una de las cosas impresionantes que he presenciado. Agarré los papeles, me paré de espaldas a bulevar y en todas y cada una de las casas de las dos veredas había una persona mirando. Cuando vieron que las miraba y empezaba a caminar hacia allí, se escondieron todas al mismo tiempo. Es una de esas escenas que un gran director quisiera filmar, por todo lo que decía sobre la naturaleza humana, sobre el miedo, sobre el momento. Pero sería muy difícil de coordinar y el resultado quedaría demasiado coreografiado.

    Me fui caminando sobre una calle soleada y totalmente desierta.

    Al día siguiente no sé si por los diarios o cómo, me enteré que habían matado a tres tupamaras que habían quedado abandonadas y escondidas a un año y medio del fin de su guerra. Laura Raggio y Silvia Reyes tenían 19 años, la última embarazada, y Diana Maidanik, 21. Entraron a la casa disparando y las acribillaron atrás de un armario donde se habían escondido.

    Ahora leo un testimonio de un familiar: Cuando entregaron el departamento, los familiares vieron cómo había quedado: 'Entre un ropero y una pared, donde se habían escondido las gurisas, estaba todo lleno de balas en la pared, pedazos de carne, de pelo, en los techos. Las masacraron. Contaron más de 200 impactos de bala. A mi hermana fue a la única a la que pudimos enterrar a cajón abierto. Pero de la cintura abajo estaba deshecha'".

    Nunca averigüé a quién más buscaban a la mañana siguiente por Pocitos y aparentemente habían encontrado. Si era a Washington Barrios, marido de Reyes -que era a quien habían ido a buscar, no a las muchachas-, no lo habían encontrado y otro se estuvo comiendo un garrón. Peor que el mío, seguramente. Barrios fue detenido y desaparecido en setiembre de ese año en Córdoba.

    En lo sucesivo, cuando pasaba frente a la embajada de la URSS, miré a la vereda de enfrente.

 

Jaime Secco



Jaime Secco

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