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Implicancias de la soledad en la salud de los adultos mayores

Carlos Vivas; Homero Bagnulo

10.06.2019

A medida que envejecemos se hace más difícil desarrollar nuevas amistades y también mantener las ya existentes, puesto que el declive funcional dificulta las interrelaciones personales tanto como la concurrencia a eventos sociales.

Esto se ha visto agravado por los cambios tanto demográficos como sociales que están ocurriendo en nuestras sociedades. Nuevos desarrollos tecnológicos, cambios económicos y transformaciones culturales, han determinado la menor concurrencia de las personas a eventos sociales en comparación a anteriores generaciones. Todo lo cual está contribuyendo grandemente a lo que podemos llamar una "Epidemia de Soledad" que afecta a la sociedad occidental.

 

Como ya hemos visto en anteriores columnas, la salud de las personas, fundamentalmente los adultos mayores, está influenciada no solo por factores biomédicos, sino también por condiciones psico-sociales. Desde hace algún tiempo diferentes autores han sostenido la hipótesis de que la soledad puede constituir un factor de riesgo para diferentes afecciones. Así algunos estudios vinculan el número de contactos sociales y la cantidad de actividades comunitarias con los resultados sanitarios: a menores contactos, peores resultancias. La soledad, en una proporción importante de la población, contribuye al sufrimiento y esto parece especialmente importante en la medida que envejecemos. La soledad es el sentimiento subjetivo de aislamiento, de no pertenencia o de falta de compañía. Mientras que algunas personas pueden preferir o adaptarse adecuadamente a la situación de estar solos, la mayoría experimentará síntomas depresivos y sufrimiento. Es necesario reconocer que la soledad es diferente del aislamiento social, ya que algunas personas pueden tener una vida en conjunto (tener familia, estar casados, etc) pese a lo cual reconocerán mediante un adecuado interrogatorio su sensación de soledad. En este caso, la soledad se explicará como la discrepancia entre el relacionamiento que uno desearía y las relaciones   que actualmente se disponen. Por tanto la sensación subjetiva de soledad se trasforma así en una medida del sufrimiento y de la calidad de vida, por lo que tendría una mayor implicancia sobre la salud de las personas que las medidas objetivas de aislamiento social. Si esto fuera efectivamente así y las repercusiones sanitarias son de importancia, la identificación y la mitigación de la soledad en poblaciones seleccionadas, pueden ser objetivos de enorme interés para la mejora de la salud, especialmente en los adultos mayores. Y en ese caso, quienes proveen la atención sanitaria pueden llegar a identificar y posiblemente ayudar a gestionar un importante factor de riesgo para el desarrollo de determinadas afecciones.

Sin embargo son muy pocas las publicaciones que encaran este problema y casi todas ellas son de relativa reciente data; no más allá de los últimos 20 años. Una de dichas publicaciones se cita habitualmente como un referente imprescindible, por lo que será motivo del comentario de esta columna (Loneliness in Older Persons. A Predictor of Functional Decline and Death. C. Perissinotto; I. Stijacic; K. Covinsky. Archives of Internal Medicine, 2012;172:1078.). Estos autores seleccionaron 1064 participantes de un estudio sobre salud y retiro, de nivel nacional, realizado en EE.UU. El seguimiento fue de 6 años, todos ellos mayores de 60 años al iniciar el estudio, con una edad promedio de 71 años. Estudiaron la soledad midiéndola por un cuestionario basado en 3 ítems que podían ser contestados como: "casi nunca", "parte del tiempo" y "frecuentemente". Las preguntas eran:

1-Si se sentían dejados de lado

2- Si se sentían aislados

3- Si les faltaba compañía

Si respondían a alguna de las 3 "parte del tiempo" o " a menudo" eran incluidos en el grupo de soledad (693 participantes) ; mientras que si en las 3 preguntas se registraba "nunca"  o "casi nunca" quedaban fuera de este grupo (911 participantes). Cuando respondían en alguno de los 3 ítems "frecuentemente" se consideraba severamente sólo, mientras que si respondía "parte del tiempo" alguno de ellos se consideró moderadamente solo.

Se correlacionaron los grupos antedichos con  la mortalidad y el tiempo hasta la muerte, y  entre los sobrevivientes, el deterioro funcional a lo largo de los 6 años en 4 medidas diferentes: 1-Aumento en las dificultades en las actividades de la vida diaria: bañarse, vestirse, alimentarse, etc. 2-Dificultades en tareas a realizar con sus miembros superiores: empujar objetos, levantar objetos, transportar pesos, etc. 3- Deterioro en la deambulación (caminar 2 kilómetros, caminar varias cuadras o caminar una sola). 4-Incremento en las dificultades en subir escaleras. También se tuvieron en cuenta si el paciente presentaba hipertensión, diabetes, enfermedad cardíaca, cáncer, cirrosis, etc.

De los participantes el 43% reportó sentirse sólo, al menos parte del tiempo. De ese porcentaje el 30% presentó una de las 3 respuestas positivas, mientras que el 13% respondió que sí a dos o más ítems. Las personas que se sentían solas eran algo mayores, más frecuentemente mujeres y con menor nivel socio-económico. La soledad se asoció con un mayor riesgo de muerte en el período analizado (22.8% vs 14.2%). También se asoció con todas las medidas de deterioro funcional: 1)- 24.8% vs 12.5% para la disminución de las actividades de la vida diaria. 2)- 41.5% vs 28.3% para las dificultades en tareas con los miembros superiores. 3)- 40.8% vs 27.9% para la dificultad en subir escaleras. 4)- 38.1% vs 32.8% para la disminución de la movilidad. Esta última la única que no alcanzó significación estadística. Todas las variables analizadas se incrementaron en correlación con la severidad identificada de la soledad.

La publicación demuestra claramente que el autoreporte de soledad es un factor de riesgo, estadísticamente significativo para pobres resultancias en la salud de los adultos mayores, incluyendo muerte más temprana y múltiples medidas de deterioro funcional. Persiste luego de extraer diferentes factores de confusión como comorbilidades diversas y depresión. Se plantea por lo tanto la necesidad de modificar estos factores que implican un elevado riesgo a las personas. Si bien los mecanismos fisiopatológicos por lo cual eso ocurre no está aclarados, parece indispensable que un mayor número de investigaciones se ocupen de buscarlos. Se ha planteado la probable relación con una peor función motora, peor sueño, peores comportamientos sanitarios incluyendo una escasa adhesión a la medicación, etc. Además es muy posible que la relación entre soledad y deterioro funcional sea bidireccional, es decir que el pobre estado funcional también lleve a un incremento de la soledad, transformándose así en un circuito autoalimentado.

Consideramos que estos hallazgos deberían ser tenidos en cuenta por el personal sanitario, ya que puede ser muy útil identificar a estas personas en situación de soledad, reconociendo que las mismas están mucho más expuestas al deterioro funcional y a la muerte. En estos casos la ayuda no debe pasar por medicarlos, sino por orientarle a desarrollar y mantener relaciones interpersonales más satisfactorias. La interacción del médico con familiares o amigos de estos pacientes, el valioso apoyo de los asistentes sociales, así como una adecuada orientación psicológica pueden aportarnos mejores soluciones. Un programa de ejercicios físicos apoyados, la pesquisa de alteraciones sensoriales (disminución de la visión y de la audición) también pueden propiciar mejoras significativas en la calidad de vida de pacientes añosos en los que hemos pesquisado la soledad como factor de riesgo.



Dres. Homero Bagnulo; Carlos Vivas


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