"La ceguera separa a la gente de las cosas, pero la sordera separa a la gente de la gente".

Helen Keller.

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Las repercusiones médicas y sociales de la pérdida de la audición en los adultos mayores

Carlos Vivas; Homero Bagnulo

17.06.2019

"La ceguera separa a la gente de las cosas, pero la sordera separa a la gente de la gente".

Helen Keller.

Una epidemia silenciosa está afectando, posiblemente en todo el mundo, a la población adulta mayor, entendiendo por tales a quienes tienen más de 60 años. Aunque es posible que la misma se esté extendiendo también a las poblaciones de menor edad. Se calcula que en EE.UU. actualmente hay más de 38 millones de adultos con pérdida de la audición. La prevalencia de esta afección además se incrementa con la edad y en los mayores de 70 años, afecta a las dos terceras partes de esa población. Basado en estas estimaciones es que se proyecta un incremento sustancial del problema en los próximos 30 años. Pero aún mucho mas preocupante es que la pérdida de la audición se asocia con otros impactos negativos en la salud de las personas incluyendo el deterioro cognitivo, una mayor incidencia de demencia, caídas, depresión y, por tanto, disminución de la calidad de vida. A pesar de esto, menos del 20% de la población adulta con pérdida de la audición utiliza la tecnología disponible para ayudarlos a mejorar este problema (lo que entre nosotros se conoce como audífonos). La atención sanitaria ha permanecido de espaldas a este importante problema, ignorándolo y por tanto, siendo omisa en el despistaje del mismo y la planificación de las soluciones disponibles. Por todo ello es muy importante el aporte de un grupo de estudio integrado por los Dres. Reed NS; Altan, A; Deal JA; Yeh. C y otros. Estos han publicado varios trabajos en JAMA Otorrinolaringology  Head & Neck Surgery 2018 , Nov y 2019, enero. También  la Dra. Charlotte Yeh ha concedido  una entrevista en abril 9 del 2019 a NEJM Catalyst.  En base a dichas publicaciones y a la entrevista citada es que  destacaremos algunos conceptos que consideramos de enorme importancia.

 

El  estudio retrospectivo  de estos autores se realizó en base a los datos de más de 154.000 pacientes, con un seguimiento promedio de 10 años.  En 4.728 se diagnosticó una pérdida de la audición que no fue tratada. En esta población los autores hallaron un 52% mayor riesgo de demencia, un 41% mayor riesgo de depresión y un 29% de mayor riesgo de caídas. También demostraron que presentaban un 50% más de hospitalizaciones, que también sus estancias en hospital eran más largas y que  tenían un 44% mayor riesgo de ser reingresados al hospital en los 30 días siguientes al egreso. Todo lo cual había determinado un 46% de mayores costos en la atención de su salud (USD 22,434 por paciente de promedio en los 10 años de seguimiento). Ya anteriores estudios habían demostrado que la pérdida de la audición se asocia con la soledad, lo que como se sabe y desarrollaremos en una próxima columna, es un factor agravante de varias afecciones. En Australia y en EE.UU. ( National Institutes of Health) se están llevando a cabo estudios buscando evidencias que permitan sustentar que con dispositivos de ayuda a la audición se puede mitigar en estos pacientes la demencia, las caídas y la depresión. En cuanto a la calidad de vida, el impacto de esta pérdida en los adultos mayores, resultaría mayor que la disminución de calidad de vida que provocan la diabetes, las afecciones articulares y la enfermedad coronariana. Todo lo cual nos lleva a preguntarnos porque las personas no  buscan ayuda frente a esta afección y también porque no hay campañas de despistaje de la misma ya que se ha reconocido que los pacientes habitualmente esperan entre 7 y 10 años antes de buscar una posible ayuda tecnológica. Algunas de las razones de esta situación de acuerdo a estas publicaciones, estaría en:

1-      Como ya dijimos la baja percepción del problema, tanto por los pacientes como por su familia y más grave aún, por los médicos que habitualmente tratan a estos pacientes y que están muy poco advertidos del problema.

2-      Se percibe a la sordera como algo estigmatizante y que lleva implícito una señal de envejecimiento.

3-      Las ayudas técnicamente disponibles para el problema son costosas (entre 2.000 y 5.000 USD, y aún más) y no están cubiertas habitualmente por los sistemas sanitarios.

4-      El proceso de adaptación a estas ayudas es demandante , complicado e interactivo, requiere múltiples visitas para asegurase que se adapta al estilo de vida del paciente.

Las ayudas deben buscarse en forma tempranas ya que se ha demostrado que si se espera mucho, el cerebro va perdiendo sus funciones cognitivas, de tal manera que cuando se empieza a utilizar la tecnología disponible, se dificultará la habilidad de convertir los sonidos en palabras. Como en tantas otras funciones, cuando el cerebro no se utiliza se pierden capacidades adquiridas, por lo que se debe reentrenar lo cual requiere una mucho mayor dedicación. Es por eso que resulta imprescindible:

1-      reconocer la alta prevalencia del problema y el impacto que este tiene en la calidad de vida de la gente.

2-      Insistir en que no se debe perder tiempo, por lo cual es imprescindible el despistaje precoz, por lo que los médicos de familia deben reconocer el mismo y plantearle a los pacientes la necesidad de afrontarlo y tomar las decisiones adecuadas

3-      El desarrollo de la tecnología está ayudando cada vez más  a enfrentar el problema, pero es necesario abatir los costos en un futuro próximo.

4-      Las autoridades sanitarias deben priorizar este problema que está francamente relegado en las agendas. Para lo cual es imprescindible que promuevan campañas de despistaje, fundamentalmente en la población adulta mayor, y que además se disponga de ayudas financieras.

Y por último queremos abordar otro problema muy relacionado con lo que hemos visto: la interferencia que la perdida de la audición genera en la comunicación médico paciente. Muy especialmente con los  adultos mayores. En una revisión de 409 publicaciones sobre comunicación médico- paciente, sólo en 16 estudios se incluyó alguna mención sobre la interferencia que se genera cuando el paciente tiene pérdida de audición. De estos 16, solo 3 examinaron la situación y la pérdida de la calidad de la comunicación que ella provoca, y más grave aún, un único estudio incluyó intervenciones para mitigar la situación. O sea que en menos del 15 % de los estudios en comunicación médico-paciente se menciona a la pérdida de la audición como un problema importante. Por tanto, estamos omitiendo una fuente importante y altamente prevalente de deterioro en la calidad de la comunicación con nuestros pacientes. Es evidente que la academia ha menospreciado el problema. Los hospitales Johns Hopkins están realizando un estudio piloto liderado por su servicio otológico para utilizar altavoces portátiles, disponibles tanto en consultorios como en salas de internación para facilitar la solución al problema planteado.  Además las nurses realizan un despistaje precoz desde la admisión para identificar a los pacientes con déficit de la audición y de acuerdo a ello adaptar estrategias de comunicación, utilizando además recordatorios en las camas de los pacientes y desarrollo de estrategias para mejorar las prácticas de comunicación.

 

En nuestro medio hay una baja percepción de esta problemática y muy pocas instituciones        (Caja de Jubilaciones Profesionales, parcialmente el BPS)   han adoptado medidas buscando apoyar a sus beneficiarios.

Entendemos que es necesario respaldar la difusión de estrategias para que las empresas promuevan el despistaje de la pérdida de audición entre sus empleados, fundamentalmente los mayores de 50 años, ya que se ha visto que  estas actuaciones pueden beneficiar a ambas partes, obteniéndose una mayor productividad y menor número de  posibles accidentes.



Dres. Homero Bagnulo; Carlos Vivas


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