Cuando gobernar no alcanza: la izquierda frente a su propio silencio. José W. Legaspi

09.04.2026

Prometí tener paciencia, y aunque me cuesta y estoy en modo ZEN, no puedo evitar ver y mirar el malestar en la base frenteamplista, ese malestar que ya empieza a mostrar señales preocupantes (no los voto más, la próxima vez anulo el voto, etc.).

 

Y ese malestar no nace solo de la lentitud o de errores de gestión, sino de algo más profundo: la falta de una voz política clara, capaz de dar sentido, conflicto y horizonte al presente.

Decía... prometí tener paciencia, pero hay una incomodidad que empieza a hacerse evidente en el campo de la izquierda uruguaya, y no es menor. No se trata únicamente de si las transformaciones avanzan más rápido o más lento, ni siquiera de si la gestión alcanza estándares técnicos satisfactorios. Lo que está en juego es algo más decisivo: la capacidad de construir una narrativa política propia en el ejercicio del gobierno.

Porque gobernar no es solo administrar. Gobernar, para una fuerza de izquierda, implica interpretar la realidad, tensionarla, disputarla. Supone nombrar a los actores sociales, señalar intereses contrapuestos, establecer prioridades que no son neutras. Sin embargo, lo que se percibe en amplios sectores del electorado frenteamplista es una sensación de vacío discursivo, de falta de una palabra firme que ordene el presente y marque un rumbo reconocible. La política, en ese sentido, aparece reducida a una serie de respuestas puntuales, muchas veces defensivas, ante la coyuntura, como si el gobierno estuviera siempre reaccionando y nunca proponiendo.

Esa tendencia a replegarse en la gestión, a insistir casi exclusivamente en lo hecho o en lo que se está haciendo, termina dejando un flanco abierto. Porque mientras la derecha simplifica, exagera y construye sentido común con notable eficacia -apelando al miedo, a la meritocracia o al orden-, la izquierda parece dudar en asumir el conflicto, en nombrar los privilegios que busca recortar, en decir con claridad hacia dónde quiere empujar la sociedad. Y cuando no se nombra el conflicto, otros lo nombran por uno.

Pero además, esa ausencia de relato no es solo un problema hacia afuera. También erosiona hacia adentro. Una militancia que no encuentra un marco interpretativo claro, que no dispone de argumentos sólidos -incluso polémicos- para dar la discusión cotidiana, se desgasta. Se vuelve más difícil defender, explicar o incluso entusiasmar cuando lo único que se ofrece son datos de gestión o balances técnicos. La política pierde épica, pierde densidad, pierde capacidad de convocar más allá de lo inmediato.

En ese punto, el descontento que muestran distintos sectores del electorado frenteamplista no debería leerse como un simple gesto de impaciencia. Es, en buena medida, una señal de alerta. Porque expresa una distancia creciente entre lo que se hace y lo que se logra significar políticamente. Y sin significación, sin traducción en sentido, incluso los avances concretos pueden volverse invisibles o insuficientes.

El problema, entonces, no es solo comunicacional. Es profundamente político. Sin un relato -en el sentido más robusto del término: una interpretación del país, de sus tensiones y de su destino-, el proyecto pierde espesor, identidad y capacidad de convocatoria. Gobernar sin relato es, en última instancia, administrar sin horizonte.

Postergar esa construcción para los tiempos electorales es un error estratégico de primer orden. Cuando llega la campaña, lo que no se dijo antes difícilmente logre instalarse con credibilidad. Las palabras que aparecen de golpe, sin haber sido trabajadas en el tiempo, suenan vacías o instrumentales. La disputa por el sentido se juega todos los días, en cada decisión, en cada conflicto, en cada intervención pública. No empieza cuando lo indican los calendarios electorales.

La izquierda uruguaya tiene, sin embargo, con qué dar esa pelea. Tiene una tradición densa de pensamiento, de acumulación política, de construcción de mayorías sociales y culturales. Tiene una historia donde supo articular programa, relato y organización. Pero precisamente por eso, el desafío actual es mayor: no se trata de inventar desde cero, sino de reactivar esa capacidad en un contexto distinto, más fragmentado, más exigente, dónde la disputa simbólica es permanente.

Volver a construir una voz propia implica asumir riesgos. Implica incomodar, abrir debates, tensar consensos que a veces se vuelven demasiado cómodos. Implica también abandonar la ilusión de que la buena gestión, por sí sola, ordena el campo político. No lo hace. Nunca lo hizo. La política necesita conflicto, necesita dirección, necesita palabras que organicen.

Porque en definitiva, lo que está en juego no es solo la evaluación de un gobierno, sino la vitalidad de un proyecto histórico. Y ese proyecto no se sostiene únicamente en lo que hace, sino en lo que logra hacer pensar, sentir y esperar. Sin relato, sin tensión, sin horizonte explícito, incluso los logros más concretos corren el riesgo de diluirse en la indiferencia.

Y ahí radica el núcleo del problema: no alcanza con hacer. Hay que decir, explicar, confrontar. Hay que construir sentido. Y hay que hacerlo ahora. No después.

José W. Legaspi
2026-04-09T16:29:00

José W. Legaspi