Cuba, la burocracia y el derecho a pensar desde la izquierda. José W. Legaspi
24.05.2026
La respuesta de William Yohai a mi columna sobre Cuba (De la revolución a la tutela militar: Cuba y la contrarrevolución burocrática) tiene un mérito que, en estos tiempos de trincheras automáticas y consignas prefabricadas, no es menor: polemiza políticamente y obliga a profundizar un debate que buena parte de la izquierda latinoamericana y toda la autóctona viene postergando desde hace décadas.
Le agradezco además el tono respetuoso, incluso en el desacuerdo. Porque precisamente de eso debería tratarse una tradición socialista viva: de discutir sin excomuniones, sin obediencias automáticas y sin miedo al pensamiento crítico... dejando pasar la picardía del comienzo de su carta "Alguien que firma José W. Legaspi"...
Ahora bien: Yohai sostiene que mi análisis incurre en "inexactitudes" y que reproduce interpretaciones provenientes de Miami. Creo honestamente que ocurre exactamente lo contrario. Lo que intento discutir no es la legitimidad histórica de la Revolución Cubana -que considero uno de los acontecimientos emancipatorios más importantes del siglo XX- sino el proceso mediante el cual esa revolución terminó cristalizando en una estructura burocrático-militar crecientemente separada de la participación popular.
Y eso no es un argumento de la derecha. Es un debate histórico del marxismo revolucionario.
Reducir toda crítica al aparato estatal cubano a una operación imperial implica cancelar cualquier posibilidad de análisis materialista sobre el devenir concreto de la revolución. Y precisamente el marxismo nació para analizar contradicciones históricas, no para administrar fidelidades emocionales.
Coincido con Yohai en algo esencial: Cuba jamás fue una copia mecánica de la Unión Soviética. La experiencia cubana tuvo rasgos profundamente originales: internacionalismo militante, movilización popular, experimentación económica, producción cultural extraordinaria y una política exterior que desafió muchas veces incluso las prioridades geopolíticas soviéticas.
La influencia de Ernesto Che Guevara en los primeros años fue decisiva precisamente porque expresaba una voluntad de construir un socialismo distinto, basado en la conciencia política, el trabajo voluntario y la creación de un "hombre nuevo" que no reprodujera las lógicas utilitarias del capitalismo.
Todo eso es cierto.
Pero también es cierto que, progresivamente, el proceso revolucionario fue consolidando una estructura estatal cada vez más centralizada, vertical y militarizada.
Y aquí aparece el núcleo del debate.
La cuestión no es si Cuba resistió heroicamente al imperialismo estadounidense. Eso resulta indiscutible. Ningún análisis serio puede ignorar el bloqueo criminal impuesto por Estados Unidos, las agresiones permanentes, la invasión de Playa Girón, las operaciones de sabotaje o el intento histórico de asfixiar económicamente a la isla.
La cuestión es otra: si esa situación de asedio permanente terminó generando una burocracia que comenzó a reproducir intereses propios y a sustituir progresivamente la participación popular por la administración cerrada del poder.
Yohai parece considerar que formular esa pregunta equivale a "enseñarle a los cubanos cómo gobernarse". No lo creo. Creo, por el contrario, que discutir críticamente la experiencia cubana desde la izquierda es una forma de tomarse en serio la historia de la revolución y no convertirla en pieza de museo.
Porque una revolución deja de ser revolucionaria cuando ya no admite discusión. Estimado Yohai, las revoluciones viven de la crítica. Las burocracias viven de administrarla.
En mi artículo señalé que las causas 1 y 2 de 1989 representaron un punto de inflexión histórico. Yohai responde defendiendo la tesis oficial según la cual el caso Ochoa fue esencialmente un problema de narcotráfico y corrupción vinculado a las necesidades materiales impuestas por el bloqueo. Y me invita simpáticamente a leer el libro de Norberto Fuentes, "Dulces guerreros cubanos". Yohai, claro que lo leí, hace años, y a diferencia de "tu interpretación" acerca de que allí Fuentes "relata minuciosamente como funcionaba el núcleo de corrupción que giraba al rededor de los mellizos La Guardia y el general Arnaldo Ochoa" y agregas que "era hombre de confianza de estos y guardaba en su casa 200.000 dólares recibidos por ese grupo a cambio de facilitar el trafico masivo de cocaina a través de territorio cubano", que Fuentes en ese libro denuncia, en realidad la tarea encomendada a los enjuiciados por la más alta dirección del Partido y el Estado (no es necesario dar nombres, verdad?) Y olvidas "un detalle": Norberto Fuentes se alejó del poder en 1989 tras la llamada «Causa Número 1» (un proceso por supuesto tráfico de drogas y corrupción), que terminó con el fusilamiento de su amigo, el coronel del Ministerio del Interior Antonio de la Guardia, y del general Arnaldo Ochoa Sánchez. El mismo Fuentes que en 1993 intentó escapar de la isla en balsa, pero fue detenido y liberado en 1994 después de una huelga de hambre, y que logró salir de Cuba gracias a la intervención directa de Gabriel García Márquez, William Kennedy, Carlos Salinas de Gortari y Felipe González, residiendo desde entonces en Miami y Virginia, Estados Unidos. Desde esos fatídicos años 90, ¿sabes cuántos revolucionarios honestos y valientes como él se asilaron fuera de Cuba? Miles, Yohai. Lamentablemente sigues repitiendo un cliché caduco al referirte al exilio afincado en Miami. Te faltó el inefable "gusanos" para referirte a quienes ya no son como Mas Canosa y los otrora reaccionarios de la calle 8 de Little Havana. Ya que por lo visto te gusta Norberto Fuentes, te recomiendo leer "Narcotráfico y tareas revolucionarias", de 2002, "La autobiografía de Fidel Castro", en dos partes, publicadas en 2004 y 2007, o "El último disidente" de 2008, todos disponibles para descargar en Internet. Y comprobarás que tu interpretación sobre lo dicho por este autor en "Dulces guerreros cubanos" es equivocada. Se ha dedicado a denunciar la corrupción y la traición a los principios revolucionarios de otrora, llevada adelante por Fidel y Raúl, asistidos por la cada vez más fuerte estructura de poder militar.
Otro que podrías leer, ya que nombraste al comandante Che Guevara, es el libro "Memorias de un soldado cubano" de Dariel "Benigno" Alarcón Ramírez, compañero del Che en la columna revolucionaria que tomó el poder en 1959, además de acompañarlo en el Congo y en Bolivia, exiliado también en 1994 desilusionado de la revolución, en París donde escribió el libro que te recomiendo dónde critica con dureza al gobierno de Fidel. Podría seguir dando recomendaciones, pero sigamos con nuestro tema.
Aun aceptando la existencia real de redes de corrupción -algo que jamás negué- sigue pendiente una pregunta política fundamental: ¿por qué el proceso adquirió la forma de una escenificación disciplinadora transmitida públicamente y dirigida contra figuras de enorme peso dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias?
Lo decisivo no es sólo el delito imputado, sino el mensaje político producido.
Después de 1989 el aparato militar-partidario emergió como núcleo indiscutido del poder cubano. Y tras el derrumbe soviético esa tendencia se profundizó aceleradamente.
Allí aparece precisamente GAESA.
No hablo de una conspiración abstracta ni de un "golpe interno" caricaturesco. Hablo de un proceso histórico concreto mediante el cual las Fuerzas Armadas pasaron a administrar crecientes sectores estratégicos de la economía nacional bajo lógicas de opacidad difíciles de compatibilizar con cualquier ideal socialista de control popular.
Ese es el problema. Porque el socialismo no puede reducirse únicamente a propiedad estatal.
Si las grandes decisiones económicas quedan concentradas en estructuras cerradas, inaccesibles al control democrático de los trabajadores y de la ciudadanía, entonces aparece una contradicción que el marxismo tiene la obligación de pensar.
Y aquí el debate deja de ser exclusivamente cubano.
La experiencia de la Unión Soviética mostró cómo una revolución nacida de la participación obrera y popular podía derivar en un aparato burocrático relativamente autónomo. La discusión sobre burocracia no fue inventada por la CIA ni por Miami. La dieron desde dentro del marxismo figuras muy distintas entre sí.
Antonio Gramsci reflexionó sobre hegemonía y separación entre dirigentes y dirigidos. Nicos Poulantzas analizó cómo el aparato estatal desarrolla autonomías relativas incluso dentro de procesos revolucionarios. Ernest Mandel estudió el fenómeno burocrático como resultado histórico de condiciones materiales específicas.
Y también desde América Latina, Rodney Arismendi advirtió reiteradamente sobre los riesgos del dogmatismo, de la pérdida de vínculo entre partido y masas, y de la cristalización burocrática en los procesos revolucionarios. Arismendi defendió siempre la necesidad de un socialismo profundamente democrático, enraizado en la participación popular y capaz de renovarse críticamente sin perder su horizonte emancipador.
Ninguno de ellos era agente de Washington.
Por eso me parece problemático que parte de la izquierda latinoamericana siga reaccionando frente a Cuba mediante una lógica binaria: o defensa absoluta del gobierno cubano o alineamiento con el imperialismo.
La realidad es más compleja.
Yo no comparto la narrativa liberal que presenta a Cuba como una simple dictadura tropical ni ignoro las conquistas históricas de la revolución: salud pública, alfabetización, internacionalismo médico, soberanía nacional y resistencia antiimperialista.
Pero tampoco creo que defender esas conquistas implique callar frente al agotamiento político del modelo actual.
Porque las revoluciones también pueden burocratizarse. Y pueden hacerlo incluso conservando legitimidad histórica.
Yohai menciona, correctamente, el papel extraordinario de la medicina cubana y de las brigadas internacionalistas. Tiene razón: ese legado merece ser reivindicado. Pero precisamente por eso duele más observar cómo buena parte de aquella épica emancipadora convive hoy con una sociedad marcada por el éxodo juvenil, la apatía política, la desigualdad creciente y la sensación extendida de inmovilidad histórica.
No alcanza con explicar todo mediante el bloqueo.
El bloqueo agrava brutalmente la crisis, sin duda. Pero no explica por sí solo la ausencia de mecanismos democráticos efectivos de deliberación política, ni la concentración económico-militar, ni la incapacidad para renovar la legitimidad revolucionaria entre amplios sectores jóvenes.
Toda revolución enfrenta un problema decisivo: cómo institucionalizarse sin congelarse. Y muchas veces el aparato creado para defender la revolución termina sustituyendo a la revolución misma.
Esa tensión recorre toda la historia del socialismo contemporáneo.
Por eso, insisto y seguiré haciéndolo, que la tarea de la izquierda no consiste en elegir entre Miami y la burocracia. La tarea debería ser más difícil y más honesta: defender la soberanía de Cuba frente al imperialismo estadounidense y al mismo tiempo defender el derecho del propio pueblo cubano a discutir críticamente su presente y su futuro.
Porque el socialismo no puede ser solamente resistencia. También tiene que ser emancipación democrática, participación popular y construcción colectiva de poder.
Y si la izquierda pierde la capacidad de pensar críticamente sus propias experiencias históricas, corre el riesgo de convertirse no en una fuerza transformadora, sino en una administración nostálgica de sus derrotas.
José W. Legaspi