El Ejército de Lula y "los guardianes del pensamiento correcto". José W. Legaspi
05.11.2026
Carlos Gadea confunde la defensa de Lula con la obligación de aplaudir a Janones. Su respuesta revela una curiosa intolerancia hacia la crítica que dice defender.
Carlos A. Gadea ha dedicado una extensa columna a demostrar que mi reflexión sobre André Janones y el llamado Ejército de Lula está equivocada. Le agradezco el esfuerzo. No todos los días uno recibe una clase tan minuciosa sobre aquello que supuestamente no comprende.
Según Gadea, mi artículo contiene inexactitudes, revela desconocimiento de la realidad brasileña, incurre en una especie de etnocentrismo ético y, finalmente, solo puede explicarse por la animosidad o el mal humor.
Una conclusión notable. Se comienza discutiendo una estrategia de comunicación política y se termina diagnosticando el estado de ánimo del interlocutor. No sabía que la sociología había incorporado semejante recurso metodológico.
Pero vayamos al fondo del asunto, que es bastante más interesante que mi presunto humor. Mi columna planteaba una cuestión sencilla: ¿puede la izquierda considerar legítimo cualquier procedimiento de comunicación y organización política por el solo hecho de que contribuya a una victoria electoral?
No afirmé que Janones hubiera cometido delitos. No sostuve que los integrantes de su canal fueran autómatas incapaces de pensar. Tampoco cuestioné el derecho de Lula a organizar una campaña digital eficaz. Pregunté si la eficacia electoral puede sustituir la reflexión sobre la ética, la democracia y las formas de participación política.
Gadea responde, esencialmente, que la campaña fue eficaz, que los participantes comprendían el juego y que Lula ganó. Todo eso puede ser cierto. Pero ninguna de esas afirmaciones responde a la pregunta.
Una corrección que no corrige nada
Gadea descubre una inexactitud: no fue Janones quien otorgó a Lula el grado de mariscal, sino el propio Lula quien pidió incorporarse al canal con ese título. Acepto la precisión sin dificultad. La exactitud importa, incluso cuando la corrección no modifica absolutamente nada del argumento central.
Porque si el candidato presidencial decidió participar personalmente de una estructura simbólica integrada por generales, soldados, órdenes y misiones, la pregunta sobre el significado político de esa representación no desaparece. En todo caso, se vuelve más pertinente.
Gadea parece creer que explicar que se trataba de un juego humorístico liquida cualquier interrogante. Es una concepción bastante cómoda del humor político: basta declarar que algo era una broma para que resulte improcedente analizarlo.
Por fortuna, la política no funciona de esa manera. Los símbolos, las palabras y las representaciones colectivas pueden ser humorísticos y, al mismo tiempo, expresar determinadas formas de organización.
Nadie necesita pensar que Lula estaba preparando una invasión militar para preguntarse qué significa construir una movilización política mediante una simbología de mando y obediencia. Aunque, a juzgar por la respuesta de Gadea, quizá convenga aclararlo expresamente.
El sorprendente descubrimiento de las alianzas políticas
Otro de los esfuerzos argumentales de Gadea consiste en explicarme que Janones no fue el único dirigente que abandonó el Partido de los Trabajadores y posteriormente apoyó a Lula. Menciona a Marina Silva, Simone Tebet y Geraldo Alckmin. La información es correcta, aunque difícilmente constituya una revelación para quienes seguimos la política brasileña.
Tampoco comprendo qué pretende refutar. Mencionar la trayectoria partidaria de Janones no significa condenar sus cambios políticos. Mucho menos desconocer la importancia de las alianzas que permitieron construir una mayoría frente al bolsonarismo.
El problema es que Gadea necesita atribuirme esa posición para poder demostrar que estoy equivocado. Es un procedimiento conocido: primero se simplifica el argumento ajeno hasta volverlo irreconocible y después se celebra haberlo derrotado.
La victoria suele ser contundente. El inconveniente es que el adversario derrotado nunca sostuvo aquello que se le atribuye.
La absolución judicial y la absolución intelectual
Gadea también señala que las denuncias presentadas por la candidatura de Flávio Bolsonaro contra el canal de Janones no prosperaron y que algunas fueron formuladas antes de que comenzara la difusión de contenidos.
Si esos son los hechos, corresponde reconocerlos. Una denuncia no demuestra culpabilidad. Mucho menos cuando no existe una resolución que establezca la conducta denunciada. La precisión es importante y debió quedar suficientemente clara en mi artículo original.
Pero Gadea extrae de ese episodio una conclusión bastante más ambiciosa: como no hubo sanciones, parecería que tampoco existe motivo para cuestionar políticamente el funcionamiento del canal.
Es una curiosa manera de entender la ética. Los tribunales determinan responsabilidades jurídicas. No tienen el monopolio del pensamiento crítico. Una práctica puede ser perfectamente legal y, sin embargo, plantear interrogantes sobre sus consecuencias políticas, su relación con la participación democrática o la concentración de las decisiones.
Confundir la ausencia de sanción con la desaparición de cualquier problema ético constituye una simplificación que resulta especialmente llamativa en alguien que reclama análisis más complejos.
Por lo demás, sería conveniente que la izquierda no adoptara la costumbre de considerar que sus prácticas quedan intelectualmente absueltas cuando un tribunal no encuentra razones para sancionarlas. La democracia merece exigencias algo mayores.
Las redes sociales, explicadas a un supuesto ignorante
Una parte considerable de la columna de Gadea está dedicada a explicarme cómo funcionan las redes sociales. Las burbujas informativas, la circulación de contenidos, la necesidad de alcanzar nuevos públicos, la coordinación de mensajes y la importancia de disputar los espacios digitales dominados por el bolsonarismo.
Le agradezco la clase. Lamento solamente que haya dedicado tanto esfuerzo a explicar algo con lo que estoy sustancialmente de acuerdo. La izquierda necesita comprender las nuevas tecnologías y utilizarlas con inteligencia. Necesita superar su frecuente incapacidad para comunicarse con sectores populares que ya no reciben información a través de los canales tradicionales.
La experiencia de Janones merece estudiarse precisamente por su capacidad para organizar una movilización digital de enorme alcance. Pero una cosa es reconocer la eficacia de un instrumento y otra muy distinta renunciar a examinar sus consecuencias.
Las redes sociales no son espacios neutrales. Sus mecanismos favorecen la velocidad, la simplificación, la repetición y la circulación de mensajes emocionalmente intensos. Pueden servir para ampliar la participación democrática. También pueden convertir la comunicación política en una sucesión de consignas que los participantes reproducen sin intervenir en su elaboración.
No afirmo que esto último haya ocurrido necesariamente con todos los integrantes del Ejército de Lula. Afirmo que es un riesgo que merece ser discutido.
La diferencia debería resultar comprensible. Aunque quizá para algunos resulte más sencillo combatir a un crítico imaginario de las redes sociales que responder a una crítica concreta sobre sus modalidades de utilización.
Janones contradice a su defensor
Llegamos ahora al pasaje más interesante de la columna de Gadea. Y también al más revelador. El propio Gadea relata que Janones, entrevistado por el programa Fantástico, de TV Globo, reconoció que el modelo de funcionamiento del Ejército de Lula no representa plenamente el ideal democrático.
Según esa descripción, Janones lo considera un mecanismo transitorio, justificado por las necesidades de una campaña electoral. Es decir, el protagonista reconoce una tensión entre la eficacia de su organización digital y una concepción más amplia de la democracia.
Exactamente la tensión que planteé en mi artículo. Confieso que no esperaba encontrar una confirmación tan explícita de mi argumento en la columna destinada a refutarlo.
Pero las polémicas tienen esas sorpresas.
Gadea parece considerar que, cuando Janones reconoce las limitaciones democráticas de su propio modelo, demuestra lucidez política. En cambio, cuando yo señalo esas mismas limitaciones, incurro en animosidad, etnocentrismo y desconocimiento de Brasil.
Es una distinción verdaderamente sofisticada. Quizá el problema no sea lo que se dice, sino quién se atreve a decirlo. Además, la explicación del carácter transitorio del modelo abre una discusión todavía más importante. ¿Quién determina cuándo termina la excepcionalidad? ¿En qué momento una estructura organizada alrededor de instrucciones centralizadas deja de funcionar de esa manera? ¿Y qué ocurre cuando el mecanismo creado para ganar una elección se mantiene después para contribuir a la gobernabilidad?
La experiencia histórica enseña que las estructuras concebidas como excepcionales suelen desarrollar una notable vocación de permanencia. No es una acusación contra Janones. Es una advertencia política elemental.
La izquierda no necesita abogados defensores de sus propias contradicciones
Hay una cuestión que atraviesa toda esta polémica y que considero mucho más importante que nuestras discrepancias personales.
La izquierda ha construido buena parte de su identidad histórica sobre la crítica al poder, la ampliación de la participación popular y la aspiración de transformar las relaciones sociales existentes. Esa tradición no debería suspenderse cuando quienes gobiernan son dirigentes de izquierda. Tampoco cuando una campaña electoral obtiene una victoria particularmente importante.
El triunfo de Lula frente al bolsonarismo merece ser reconocido en toda su dimensión política. Pero precisamente porque esa victoria fue importante, sus métodos y enseñanzas merecen una reflexión seria. No una ceremonia de aprobación obligatoria.
La izquierda no necesita que sus intelectuales se conviertan en abogados defensores de cada decisión de sus dirigentes. Necesita que conserven la capacidad de pensar críticamente, incluso cuando las conclusiones resulten incómodas.
Una organización política puede necesitar disciplina. Una campaña electoral puede exigir coordinación y rapidez. Una movilización digital puede requerir mensajes compartidos y acciones simultáneas. Nada de eso está en discusión.
Lo que está en discusión es si la organización de la participación debe fortalecer la autonomía política de los ciudadanos o acostumbrarlos a recibir orientaciones cuya elaboración permanece concentrada en unos pocos.
No son cuestiones equivalentes. Y tampoco se resuelven mediante la afirmación tranquilizadora de que todos estaban jugando.
El mal humor como categoría sociológica
Gadea termina su columna asegurando que solamente puede comprender mi artículo desde la animosidad o el mal humor. Es una lástima. Después de tantas explicaciones sobre la complejidad de la política brasileña, el análisis termina reducido a una hipótesis psicológica sobre el autor de una columna.
No se discute ya la relación entre eficacia y democracia. No se examina la tensión reconocida por Janones. No se responde al problema de la concentración de las decisiones comunicacionales. Se concluye que el crítico está de mal humor.
Debo reconocer que el procedimiento tiene ventajas: permite evitar preguntas incómodas sin necesidad de responderlas. Pero tiene también un inconveniente. La atribución de intenciones personales no sustituye la argumentación. Y menos todavía cuando se pretende ejercer una crítica intelectual rigurosa.
Gadea tiene todo el derecho a defender el Ejército de Lula, celebrar su eficacia y considerar que sus métodos fueron adecuados a las circunstancias. Lo que no tiene es la posibilidad de convertir esa interpretación en la única lectura legítima del fenómeno.
Porque entonces la discusión deja de ser sobre Janones y comienza a ser sobre algo bastante más preocupante: la dificultad de algunos sectores de la izquierda para aceptar que sus propias prácticas sean examinadas críticamente.
El derecho a discrepar después de ganar
Quizá la diferencia entre Gadea y yo pueda formularse con bastante sencillez. Él considera que las circunstancias excepcionales de la campaña brasileña explican y justifican el funcionamiento del Ejército de Lula. Yo considero que esas circunstancias ayudan a comprenderlo, pero no eliminan la necesidad de examinarlo.
La diferencia es sustancial. Comprender no equivale a justificar. Explicar la eficacia de un método no significa demostrar su superioridad ética. Y celebrar una victoria electoral no exige considerar que todas las decisiones que contribuyeron a obtenerla fueron necesariamente correctas.
Si la izquierda aspira a representar algo más que una administración diferente del poder, debería conservar una exigencia fundamental: aplicar a sus propias prácticas el mismo rigor crítico que utiliza para cuestionar las de sus adversarios.
De lo contrario, la ética corre el riesgo de convertirse en una herramienta de uso selectivo. Y la democracia, en un principio que se invoca con entusiasmo cuando resulta conveniente, pero que se examina con impaciencia cuando introduce preguntas incómodas.
Agradezco a Carlos Gadea su extensa respuesta. Me ha permitido precisar algunos hechos, reafirmar el sentido de mi reflexión y comprobar que el problema que planteé continúa abierto. Sobre todo, me ha permitido advertir una paradoja que merece quedar registrada. En su empeño por demostrar que el Ejército de Lula no amenaza la autonomía del pensamiento, Gadea parece considerar bastante inconveniente que alguien ejerza esa autonomía para cuestionarlo.
No sé si eso constituye una contradicción sociológica. Pero políticamente resulta bastante ilustrativo. Y para terminar, una aclaración que quizá evite nuevos malentendidos: no tengo nada contra los generales imaginarios, los mariscales de WhatsApp ni los ejércitos que combaten mediante mensajes. Lo que me preocupa es algo mucho más sencillo.
Que una izquierda que ha luchado históricamente para que los ciudadanos no tengan que obedecer sin pensar termine considerando una impertinencia que alguien se atreva a pensar sin obedecer.
José W. Legaspi