Nicolás Maduro dio un golpe de estado

Fernando López D'Alesandro

14.08.2024

Cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) postergó por varias horas la publicación de los resultados el domingo 28 de julio, rompió una larga tradición en las elecciones venezolanas. Desde que se instaló el sistema electrónico, los resultados se conocían a la hora de cerradas las mesas de votación.

De manera escrupulosa, Tibisay Lucena aparecía habilitando las claves en las salas informáticas y al instante estaban los resultados. Sólo una vez Chávez fue derrotado -en el primer plebiscito para habilitar la reelección- y el presidente aceptó el resultado sin más. El 28 de julio pasado la espera resultó sospechosa, y cuando las horas se transformaron en días la sospecha se transformó en certeza; no hubo fraude simplemente; el fraude fue la herramienta para dar un golpe de Estado. Nadie pudo comprobar el supuesto jaqueo al sistema, ni los venezolanos que lo denunciaron sin aportar ninguna prueba, ni los veedores internacionales que negaron su existencia. Pero ese supuesto atentado no alteró el sistema informático y, a tal grado, que se pudieron emitir actas en un alto porcentaje, hasta que con excusas vanas, se detuvo todo el proceso la noche del 28.

Tanto Cristina Fernández de Kirchner como Fernando Esponda, dejaron en claro las falacias políticas y matemáticas que hacen insostenible la farsa. La derrota de Nicolás Maduro no podía existir y, por tanto, el golpe de Estado y la instalación de la dictadura fue el camino que eligió el chavismo. Las consecuencias son históricas y graves.


Del pajarito al demonio y al terror bolivariano

Nicolas Maduro Moro, devenido en dictador, tiene poderes metafísicos. Habla con los pájaros y, ahora, anunció que el demonio maneja la oposición por medio de sectas satánicas, decretando que en Venezuela se está librando la lucha del bien contra el mal (sic). Poco antes, Diosdado Cabello proclamó que se habían terminado las contemplaciones y la tolerancia, que aceptarían las provocaciones y que reprimirían sin más y con toda dureza a la oposición. Anunció, finalmente, que no van a mostrar ninguna acta por más que los presionen. Poco después insultó a Alberto Fernández, a Boric y a Cristina Fernández de Kirchner. La mezcla del deísmo y el terror nunca terminó bien. Si la herramienta para conservar el poder no es el consenso o la hegemonía la represión es inevitable. Y el terror, ya sea rojo, blanco o bolivariano siempre se desboca.

El chavismo dio un paso que niega su historia. El limite fue el propio Hugo Chávez, creador de un movimiento populista intransferible, donde su heredero no es más que una parodia, y la estructura que lo sostiene una troupe de genuflexos, de burócratas y de corruptos. Pero tanto el manejo militar del Arco Minero del Orinoco, como las concesiones petroleras a las transnacionales de los más diversos países, como la crisis económica y las charadas autoritarias de todo tipo, no son más que síntomas de una opción política que hace años perdió el rumbo y que no termina de morir.

 

Las opciones y las izquierdas

El comunismo colapsó y con él terminó una cultura política fundada en la ortodoxia y, en consecuencia, en el autoritarismo y el dogma. Sin embargo, las inercias históricas se mantienen a pesar de que las épocas se terminan. Luego de la caída del Muro de Berlín, las izquierdas resignificaron la democracia, por fin, y los viejos principios que le dieron nacimiento volvieron a la vida. Emilio Frugoni y Alfredo Palacios seguían ganando batallas después de muertos. Así, aquellas banderas de libertad, igualdad, derechos humanos, conciencia cívica, moral pública y tolerancia volvían renovadas, reviviendo el humanismo, buscando un camino mejor para el cambio social. Pero nada es lineal ni tan fácil.

El chavismo representa muy bien las contradicciones de ese proceso histórico. Llega al poder democráticamente, es reelegido democráticamente, pero mantiene contenidos que recuerdan a la vieja izquierda bolchevique. La época agotó el soviet y la dictadura proletaria, pero mantuvo las viejas mañas en la ortodoxia. No todo es ético si beneficia a "la revolución". Cuando Lenin perdió la elección a la Asamblea Constituyente en 1918 y en vez de acatar la decisión popular optó por dar un golpe y disolverla, marcó a fuego el estilo que seguiría el comunismo y su inmediata consecuencia, el estalinismo. Para estas opciones derivadas del leninismo, no existe una "izquierda ciudadana", existe una "izquierda de clase" o, a lo sumo, una "izquierda popular" que debe vencer, siempre, a la primera y para eso todo vale, porque hay un designio histórico, una profecía marxista que se debe cumplir inevitablemente. Detrás de ese apotegma se han escondido corrupciones, tráficos de influencias y de bienes y males, y un listado infinito de crueldades y crímenes. No mandaba la "clase" mandaba esa burocracia transformada en poder dominante para su propio beneficio. Como enseñaba Trostky, la burocracia iba a preferir volver al capitalismo antes que perder sus privilegios. En la URSS y en China sucedió, en Venezuela alcanzó con no mostrar las actas y dar un golpe de Estado. Detrás del golpe de Maduro no hay "principios" hay intereses y corrupción. Y así sucedió lo que tantas veces Lenin repetía, el poder toma las ideas, las culturas y los símbolos que combate para medrar a su favor. El socialismo del siglo XXI y el chavismo llegó muy rápido a esa etapa, pero con tan poco estilo y nivel que pone en un brete hasta a sus aliados más firmes.

Fraude para el golpe

El Centro Carter avaló todas las elecciones desde 2003, felicitando el sistema electoral venezolano. En la "elección" del 29 de julio también fue convocado y recibido por las más altas autoridades del país, como siempre. Mientras tanto el gobierno evitaba el ingreso de indeseables de todo tipo que venían como observadores autodesignados. Toda la gama de "libertarios", desde ex presidente hasta los dirigentes de las extremas derechas, querían llegar a Maiquetía y no pudieron. Luego, cuando el Centro Carter no sólo no ratificó el fraude sino que lo denunció, pasó a ser un "instrumento" de la USAID. "Admirable lógica" diría Frugoni. Se impide el ingreso de veedores de derecha, pero Maduro le entrega el control de la observación electoral a un centro adherido a una de las principales agencias del imperialismo. O el gobierno venezolano es tonto, cosa que no creo, o la denuncia contra el Centro Carter es mentira, obviamente.

Todo se solucionaría con la presentación de las actas. Pero eso no va a suceder. Ahora un Tribunal Supremo de Justicia genuflexo y oficialista "verificará" el resultado. En la entrega de la solicitud, una "ceremonia" patética, estaban, además del gobierno, tanto el ministro de Defensa, Gral. Padrino López y, para el asombro, el General Hernández Lárez, comandante general del Comando Estratégico Operacional de las Fuerzas Armadas. La opción militar con sus más poderosos personeros, aplaudía la instalación del régimen. Luego, la presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Caryslia Rodríguez, en un discurso tan pobre como tendencioso, dejaba en evidencia que el estudio del recurso y de las elecciones quedaba en familia. Los trapos sucios se lavan en casa.

La izquierda democrática se expresa políticamente desde un sistema, los remedos del estalinismo lo hacen desde un régimen. Los primeros hacemos de la libertad, la igualdad, los derechos, las garantías y la tolerancia aceptando al otro, no sólo una manera de actuar, sino un conjunto de principios inalienables. El régimen impone y dicta, tiene la verdad en un puño, no acepta la diferencia ni la disidencia y sienta así las bases del totalitarismo. Por eso la democracia como la entendemos nosotros les resulta un problema porque tienen que responder por sus acciones. A la larga, todo régimen termina siendo una caricatura de sí mismo, con una farsa principista o moralista de tapadera para el mantenimiento de privilegios y granjerías. Llama la atención la velocidad con que Venezuela hizo ese camino.

El fraude se transformó en pocas horas en un golpe de Estado. Y el golpe, al ratito, instaló la dictadura. Desgraciadamente hay en la izquierda mundial quienes apoyan esta vergüenza y ponen sus talentos intelectuales y su tiempo militante para apoyar el engaño. Algunos lo hacen de buena fe, otros por razones inconfesables.

Brasil, Colombia y México intentan, sin suerte, hacer entrar en razón a la dictadura. No lo lograrán. Ahora proponen convocar a nuevas elecciones para zanjar la situación; un error. Un nuevo fraude, con el entrenamiento reciente, sería más fácil y, para peor, mejor escenificado. Es probable, además, que Maduro por orgullo y fortaleza no acepte una nueva ronda electoral. ¿Para qué?

Las izquierdas, principalmente las latinoamericanas, están en una hora de definiciones, similar a tantas veces antes, como en 1917 o 1963. O democracia y, por tanto, aceptar valores y sistemas, o una dictadura burocrática que expresa un régimen.

 Para nosotros Nicolás Maduro y su elenco, al igual que el sandinismo antes, han dejado hace rato de ser nuestros compañeros o nuestros aliados.  

 

Fernando López D'Alesandro

 

 

 

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2024-08-14T16:05:00

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