Cuba y el bloqueo como dogma: cuando “la explicación” se vuelve mentira funcional. José W. Legaspi
06.02.2026
Notas críticas sobre la conferencia de prensa del mandatario de Cuba, Miguel Díaz Canel, el 5 de febrero de 2026, ante los medios oficialistas y algunos extranjeros en La Habana, en momentos que la isla vive una de las peores crisis económicas de su historia moderna.
Primero que nada, recomiendo leer las notas de corresponsales amigos de Uypress desde Cuba que pintan de manera inequívoca la realidad de la isla. Me refiero a Cuba: sin alternativas, y Colapso sistemático y la "economía de guerra" en Cuba, para darle contexto a la comparecencia del mencionado dirigente.
En columna anterior me refería a la triste y vergonzosa realidad de la isla, y lo reafirmo ahora después de ver y escuchar a Díaz Canel: "En Cuba, lo que se derrumbó no fue el socialismo: fue el poder popular. El Partido-Estado ocupó su lugar, y luego, cuando ese Partido se vació de contenido, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) ocuparon el suyo. El resultado es el que vemos hoy: una dictadura de clase burocrática, sostenida por la disciplina militar, el control sobre la economía y un discurso revolucionario que se volvió plastificado, intocable, casi religioso".
En este "intercambio" con "periodistas" se confirma que en el discurso el bloqueo ya no es un hecho histórico ni un condicionante económico: es un dogma cerrado, incuestionable, que cumple la misma función que cumplían las verdades reveladas en los regímenes teológicos.
No importa lo que falle: producción, energía, transporte, alimentos, salarios, emigración, legitimidad, adhesión social, la respuesta es siempre la misma, repetida con variantes léxicas: bloqueo, sanciones, guerra no convencional.
Esto no es análisis político: es renuncia consciente a pensar. El poder cubano eligió no pensar su propia crisis, porque pensarla implicaría admitir que el enemigo no explica todo y que, por tanto, el poder es responsable.
A esta altura, el bloqueo no oprime al gobierno: le sirve.
El pueblo como rehén moral del régimen
Díaz-Canel exalta al pueblo con una insistencia casi obscena: heroico, digno, creativo, resistente, ejemplar. Pero esa exaltación es profundamente cínica.
Porque el pueblo: no decide, no gobierna, no controla, no delibera, no elige alternativas reales. El pueblo no es sujeto político, es recurso narrativo. Sirve para legitimar decisiones que no tomó y sacrificios que no eligió.
El mensaje real es este: El pueblo es extraordinario porque soporta lo que ningún pueblo debería soportar.
Eso no es elogio. Es confesión de fracaso estructural.
"Unidad" como eufemismo de clausura política
La palabra "unidad" aparece como valor supremo, casi sagrado. Pero ya no significa articulación popular ni consenso revolucionario.
Unidad significa: silencio, alineamiento, obediencia, disciplina, y ausencia de conflicto visible.
Toda crítica es presentada como: inducida, manipulada, funcional al enemigo, o producto de la debilidad moral.
Este razonamiento no es revolucionario ni socialista. Es autoritario.
Porque un proyecto revolucionario no teme al conflicto interno: lo procesa, lo integra, lo transforma. Un régimen agotado, en cambio, criminaliza la duda, porque la duda pone en riesgo su continuidad.
La disidencia reducida a patología
En el discurso no hay ciudadanos descontentos. No hay trabajadores frustrados. No hay jóvenes que se van porque no ven futuro. No hay madres que no pueden alimentar a sus hijos. Hay: mercenarios, anexionistas, cobardes, débiles, o instrumentos del enemigo.
Esta negación no es ingenua: es funcional al control. Cuando toda disidencia es patológica o traidora: no hay que escucharla, no hay que responderle, no hay que cambiar nada.
El régimen deja de gobernar una sociedad y pasa a administrar una amenaza interna permanente.
Militarización simbólica: gobernar por miedo, no por proyecto
La retórica bélica atraviesa todo el discurso: guerra, asedio, combate, defensa, resistencia, enemigo omnipresente.
Pero esa guerra ya no es externa. Es interna, simbólica y preventiva, y sirve para instalar una lógica simple: en guerra no se discute, se obedece.
Cuando un gobierno necesita vivir en estado de guerra permanente para sostener su legitimidad, lo que está defendiendo ya no es una revolución: es su propio poder.
Energía: tecnicismo para ocultar responsabilidad histórica
El tramo energético es especialmente revelador por lo que no dice. No se explica por qué no se diversificó antes, por qué se llegó a la obsolescencia extrema, por qué la planificación central fracasó en un área estratégica, y por qué no hubo previsión estructural.
Se habla de futuro lejano (2030, 2050) mientras el presente es apagón, colapso y sobrevivencia. El Estado se presenta como víctima de circunstancias, nunca como autor de decisiones fallidas. Eso no es socialismo científico. Es irresponsabilidad histórica.
Economía híbrida sin derechos: lo peor de dos mundos
El discurso admite, de hecho, que el modelo ya no es socialista clásico: mercado, MIPYMES, inversión extranjera, divisas, segmentación monetaria, y desigualdad creciente.
Pero todo eso ocurre sin control popular, sin pluralismo, sin transparencia.
Resultado: mercado sin ciudadanía, Estado sin control, desigualdad sin derechos, y sacrificio sin horizonte.
No es revolucionario. Es deriva burocrática con retórica revolucionaria.
La Revolución convertida en museo moral
La apelación constante a Martí, Fidel, Chávez, Bolívar no construye futuro: lo clausura.
La historia deja de ser herramienta crítica y se vuelve objeto de veneración. Cuando un proyecto político vive del pasado y solo promete resistencia, ya no es proyecto:
es memoria congelada al servicio del poder.
Conclusión final: no hay enemigo externo que explique esto
Después de este discurso, queda una certeza incómoda:
Cuba no está solo bloqueada desde afuera. Está bloqueada políticamente desde adentro. Bloqueada por una elite que no se renueva, un poder que no rinde cuentas, una dirigencia que exige sacrificios que no comparte, una narrativa que ya no convence ni a quienes la repiten.
La Revolución ya no fracasa porque la atacan. Fracasa porque se negó a transformarse cuando aún podía.
Y hoy, el mayor peligro para Cuba no es el imperialismo. Es un poder que confunde resistir con gobernar y obediencia con conciencia y épica con futuro.
Foto: Prensa Latina
José W. Legaspi